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    Jueves | 27 Ago, 2026, 15:20

    “Miiuni” palabra de la lengua purépecha

    De ahí que haya decidido hace tiempo reunir todos mis poemas bajo el título El cuaderno de Miiuni, como un proyecto que nace justamente en esa encrucijada donde la memoria se mide y la alteridad cobra forma

    Miguel Cansino Assens, colaborador La Voz de Michoacán

    Quiero detenerme en un hallazgo mínimo pero profundamente revelador: una sola palabra. No la había oído antes, ni tenía la menor noticia de su existencia en el lenguaje cotidiano: Miiuni. Según encuentro en los registros, su significado se traduce como “conocer el lugar”, y pertenece a la herencia viva de la lengua purépecha. Dicho así, con la rigidez del diccionario, parecería una definición clausurada. Pero no lo es del todo; no basta. Porque Miiuni nombra un concepto que sugiere y desata una experiencia del cuerpo. Algo inmediato y, a la vez, fugitivo: el acto de reconocer un sitio por primera vez, de verlo y entreverlo en la penumbra, de situarse en él sin poseerlo aún. Como si el conocimiento verdadero de su significado no fuera un acto de dominio o conquista, sino apenas un primer contacto, un roce sagrado. En ese sentido, la palabra misma abre una grieta de luz: nombrar no solo un espacio —una ciudad, unas ruinas que resisten al tiempo, un cantar—, sino la relación inicial y misteriosa con ese espacio. Y, en el caso de la cultura purépecha, esa relación remite a un cosmos mucho más amplio: el de los pueblos originarios de México, donde el lenguaje no separa jamás al hombre de su entorno, sino que lo funde con la raíz y la piedra.

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    Para acercarse a las orillas de esta palabra conviene, al menos, rodearla con paciencia y devoción. Pienso en esas obras monumentales que intentaron contener el viento: el Diccionario de la lengua tarasca o de Michoacán de Maturino Gilberti, o el Arte de la lengua de Michoacán, también suyo, así como en el indispensable Arte de la lengua tarasca de Diego de Basalenque. No son solo fuentes de consulta académica ni simples diccionarios antiguos: son intentos tempranos, desvelos de frailes y escribanos que fijaron una lengua que, en realidad, se resiste por naturaleza a quedar inmóvil en el papel.

    Y ahí comienza otra hermosa dificultad —o quizá otra riqueza inagotable—: ¿Cómo entender plenamente el pulso de una palabra fuera de su propio mundo, lejos del lugar de origen y de la noche purépecha? Miiuni parece simple a primera vista, pero no lo es. Su sonido contiene un secreto que la definición occidental no alcanza: una cadencia breve, aérea, casi un destello de luz sobre el agua y el tiempo. Es una palabra rápida, fugaz, como si su sentido total ocurriera únicamente en el instante mismo de pronunciarla, en el aire que la extingue. Y, sin embargo, al callar, deja un eco prolongado. ¿Es entonces conocer? ¿O también es contar? ¿Incluso cantar? La duda no es gratuita ni vana. En muchas lenguas antiguas, el acto de nombrar se acerca íntimamente al de narrar, y este, a su vez, al pulso de cantar; algo que hoy día sucede en la reunión de un poema o de varios. Si Miiuni implica una relación profunda con el lugar, entonces también podría implicar su transmisión sagrada: decirlo a los otros, volverlo memoria colectiva, hacerlo parte implícita y latente de la propia voz —y si es a través del verso, mejor aún—.

    Ahí es donde la palabra se desplaza y se transforma. Deja de ser únicamente una referencia geográfica o un dato lingüístico y comienza a insinuar una forma pura del lenguaje poético. Una forma que posee el roce de lo poético. Por eso, más que fijar o congelar su significado, me interesa habitar su apertura. Pensar en Miiuni como un umbral abierto: entre ver y conocer, entre nombrar y decir, entre el peso del lugar y su resonancia en el alma. Una palabra que no se agota en lo que designa su gramática, sino que apunta siempre hacia algo más alto: la experiencia pura de estar, de ser testigo. Quizá, en ese sentido absoluto, conocer el lugar sea también comenzar a narrarlo desde el silencio. O, mejor aún, aprender a cantarlo.

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    De ahí que haya decidido hace tiempo reunir todos mis poemas bajo el título El cuaderno de Miiuni, como un proyecto que nace justamente en esa encrucijada donde la memoria se mide y la alteridad cobra forma. Al invocar la doble vertiente de la raíz purépecha —el acto de contar como inventario y narrativa, y el de conocer como revelación de este mundo—, este volumen se despliega como una cartografía íntima del tiempo. Escribir bajo este título es registrar los trazos de una existencia paralela, una contabilidad de lo intangible donde cada poema funciona como un cómputo lírico y una vía para nombrar lo habitado. En el cruce entre la raíz ancestral y la voz heterónima, el cuaderno no solo guarda versos: reconoce una vida y mide el peso de su propia memoria. Descubro así que Miiuni se convierte en el acto sagrado de contar para conocer: el instante preciso en que el intelecto y la memoria nombran las cosas para otorgarles existencia, midiendo el tiempo y reconociendo el valor de lo habitado.

    Miguel Cansino Assens (León, Guanajuato, 1983) es poeta, ensayista y editor. Cofundador de La escritura oblicua. Su poesía y ensayos indagan en el erotismo y la heteronimia; ha publicado en medios locales y nacionales y desarrolla actualmente el proyecto ensayístico y poético El taller blanco.

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