Gustavo Ogarrio Fue en agosto de 2020 cuando este susurro de música y palabra comenzó. Nacía “Lugares Comunes. Música y palabra” (SMRTV, sábado 3-5 de la tarde, domingo 2-4 de la tarde). Ahora entiendo que, en medio de la gruta infinita de la pandemia, fue un inconsciente regreso a lo esencial: música y palabras, punk y poesía, psicodelia y novela, crónicas y boleros, todo esto para no enloquecer, para “distraerse” un poco de ese horror fragmentado en esa época aun incomprensible que fue la era del virus. Todas y todos en el túnel de la sobrevivencia. Así nos fuimos volviendo un caleidoscopio de contradicciones cantadas, estupefactas, a veces desbordadas, pero también, por momentos, serenas. Era, sin saberlo del todo, un viaje sin retorno, como todos los viajes verdaderos, como esa canción de los Still Corners que una y otra vez nos anuncia el momento del remanso. O quizás como aquel rock and roll algo psicodélico de Lou Reed. No sabemos cómo, pero una melancolía nueva se instaló en todas las almas, en todos los templos de armonías y tambores. Seis años de canciones legendarias, lugares comunes e imposibles de la música, bateristas muertos que se multiplican en la memoria y en la historia secreta de nuestros deseos. Seis años de evocar las palabras de poetas, narradores y cronistas. La palabra hablada en bifurcación trágica, alegre y a veces melodramática. Seis años que provienen de esos días y meses de fracturas ahora casi invisibles: la pandemia, la sobrevivencia ante el virus, al aplazamiento de la esperanza…Era (es) el peor de los tiempos, el mejor de los tiempos, como afirma Charles Dickens. Quizás este mundo de asaltos a la razón, en el que se despliegan las velas de los buques de guerra, del genocidio en Gaza, de la nueva amenaza colonialista, todas las utopías posibles se rearman, a veces en silencio, a veces con un estruendo de tambores y violines. Quizás es hora de regresar a lo básico, de retomar lo esencial: música y poesía.