Gustavo Ogarrio Es la ciudad de Santiago de Chile el lugar emblemático del terror del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, un terror que sigue ocurriendo en la memoria de Chile y de toda América Latina. Ahí es donde se va a escenificar el asalto final al gobierno de la Unidad Popular y esa “batalla” de un “pueblo sin armas”, documentada en el cine por Patricio Guzmán; espacio social del bombardeo, de la represión y del asesinato. Otras expresiones culturales darán cuenta también de ese campo de batalla material y simbólico, desde las canciones escritas desde afuera por cantautores de otras regiones de América Latina, por ejemplo: “Santiago de Chile”, de Silvio Rodríguez, o el Santiago ensangrentado de Pablo Milanés en “Yo pisaré las calles nuevamente”, hasta novelas posteriores, in situ, como “Tengo miedo torero”, de Pedro Lemebel y en la que un Santiago de “neumáticos humeando” por sus calles va despertando también de los “relámpagos del apagón”. Es otro Santiago el de 1986 de la novela de Lemebel: “¡Y va a caer!” es el canto popular que se moviliza para derribar a la dictadura de Augusto Pinochet. Todavía se verbalizan las formas autoritarias de la corrección política que censuran la manera de referirse al horror: “Gobierno cívico militar” es el eufemismo para impedir que se le nombre dictadura. La poética de la prosa de Lemebel amplía los márgenes de la poesía misma: la lleva al terreno de la novela y con ello se pueden apreciar en perspectiva histórica y estética las otras poéticas. Tanto en el cine como en la canción popular se escenifican las funciones poéticas que hacen suya la permanencia de una tradición inaugurada por esos poemas y canciones agónicas en plena era del terror inmediatamente posterior al 11 de septiembre de 1973; protesta y lamento que también pueden ser considerados como expresiones de la búsqueda de nuevas pautas de lo poético en condiciones extremas, memoria estética y política, al fin y al cabo.