José Roberto Morales Ochoa, colaborador La Voz de Michoacán Una de las apuestas gruesas de la agenda de exposiciones del Museo Tamayo Arte Contemporáneo, está dedicada a tres de los artistas más importantes de Oaxaca y sin lugar a dudas, uno de los más importantes en la historia del arte mexicano: Tamayo, Toledo y Nieto, tres personajes que dentro de esta exposición inaugurada el pasado 20 de agosto, reúne a casi 100 piezas de estos grandes artistas oaxaqueños que destacaron por su cualidad identitaria, su estética única, pero muy importante para esta exposición, sus momentos en Europa, donde si bien es cierto que no fueron durante la misma época, comparten que para cada cual fue un detonante preponderante en su carrera, proyectándoles a expandir y forjar un arte más universal. Es innegable la marca de Oaxaca como una marca universal y como un punto y aparte en la producción artística del arte de nuestro país. Hoy tenemos estos tres personajes, lidereados por orden de aparición en el mundo, encontrando un camino muy único en el arte; hablamos de un universo que fue forjado en momento de un nacionalismo institucional y fuertemente político, que se esforzó por mostrar y rescatar la memoria de la mexicanidad muy desde una perspectiva consensuada e iniciada por Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco; todos ellos referentes indiscutibles de la memoria visual, de la conformación violenta de nuestra nación a través del muralismo, un movimiento que al día de hoy sigue generando eco como uno de los movimientos más importantes y que dan un lugar a México en el arte. Pero justamente al margen y de manera paralela a este movimiento, es que Rufino Tamayo abriría camino en el país, a través de una producción artística esencialmente propia, que buscaba penetrar en un arte mucho más personal, pero también más exploratorio de una de las raíces más profundas en México: el indigenismo. Por ello es que es imprescindible reconocer el legado de Rufino Tamayo, nacido en el crepúsculo del siglo XIX, inmerso en momentos de espasmos nacionales, quien buscó su camino en una producción preocupada por una idea más poética, libre y auténtica; un nacionalismo a final de cuentas, pero muy alejado de lo establecido y del academicismo, forjándose un estilo que desde el propósito de este artista era más fundamental y metafórico, técnicamente libre y en distancia de normas; esta determinación alejaba de los movimientos sociales y de la política su producción artística, alejándole del poder y acercándole a algo más espiritual. Sin duda, el encuentro con Rufino Tamayo es en todo momento una explosión, es un arte cautivador y primigenio, un pionero que abriría brecha y establecería un nuevo canon, un enorme legado y posibilidades en el arte nacional. En el caso de Francisco Toledo, hoy es reconocible su huella en todo Oaxaca, en la capital se respira su presencia, su vitalidad y sus convicciones. Un artista cosmopolita, con una visión de establecer lo propio en el arte, pero siempre con un quehacer colectivo inigualable, generoso y muy visionario, que estableció una infraestructura cultural para fomentar el desarrollo y crecimiento de su pueblo desde lo independiente, pero con perfecta compatibilidad y apertura a fortalecerse en lo institucional, sin los perjuicios de este último. La fundación del Museo Tamayo Arte Contemporáneo La exposición tiene como sede el Museo Tamayo, un recinto que resume la importancia de Rufino Tamayo para la cultura nacional. Se levanta en el Bosque de Chapultepec, a unos pasos del Museo Nacional de Antropología, y es parada obligada, ya que aquí se muestran algunos los proyectos expositivos más ambiciosos de arte moderno y contemporáneo en México. Tamayo pintó incansablemente toda su vida, pero también coleccionó. Desde finales de los años sesenta reunió, junto con su esposa Olga Flores Rivas, obras de arte internacional del siglo XX con un propósito: donarlas al pueblo de México y seguir impulsando el desarrollo cultural del país. De esa colección nació el museo. El gobierno cedió un fragmento del bosque, donde antes estaba el Campo Azteca de golf. Para diseñar y construir el edificio, se convocó a otros dos grandes, Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky. Entre 1972 y 1979 estudiaron museos de todo el mundo y, de 1979 a 1981, levantaron una obra de concreto, mármol blanco, cristal y madera. La concibieron como una pieza más de la colección. El museo abrió sus puertas en mayo de 1981, con el patrocinio de Grupo Alfa y la Fundación Cultural Televisa, y con Fernando Gamboa como primer director. Fue el primero del país construido y financiado por la iniciativa privada. En 1986 pasó a la administración del INBA y, en 1989, los Tamayo crearon la fundación que garantiza su operación. Los tres grandes oaxaqueños en el plano internacional Rodolfo Nieto A los doce años llegó de Oaxaca a la Ciudad de México y empezó a estudiar en La Esmeralda. Nació el 13 de julio de 1936 y pertenecería a la generación de La Ruptura. Europa lo transformó. Entre viajes y estancias en París, dibujó un bestiario con el que fundió al ser humano con el animal para hablar de miedo, soledad y angustia. Ese mundo se volvió su serie Zoología mental. Frecuentó a Octavio Paz, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Pablo Neruda y a músicos de jazz. Ilustró la edición francesa del Manual de zoología fantástica, de Borges, trabajó litografía en talleres franceses y alemanes, y expuso en Oslo junto a Toledo en 1962. Ganó premios en la Bienal de París en 1964 y 1968. En 1972 volvió a México y presentó en Bellas Artes sus collages Laboratorio en Papel. Murió en 1985, a los 48 años. Francisco Toledo Nació en Juchitán, Oaxaca, el 17 de junio de 1940. A finales de los cincuenta llegó a la Ciudad de México y estudió grabado en el INBA. Ahí, el galerista Antonio Souza le abrió un espacio, lo llevó a exponer a Texas y, tras el éxito, lo animó a viajar a Europa. Con cartas de Souza para Paz y Tamayo, Toledo se instaló en la Maison du Mexique de París. Tamayo, al volver a México, le regaló sus herramientas de trabajo. Rafaela Ussía lo apoyó económicamente y Bona Tibertelli lo encaminó al Atelier 17 de Stanley William Hayter, que reconoció su talento. Expuso con Nieto en Oslo, hizo su primera muestra en Francia en la Galerie Karl Flinker y siguieron exposiciones en Suiza, Alemania e Inglaterra. Volvió a México en 1965, pero siguió regresando a Francia. Murió en Oaxaca el 5 de septiembre de 2019, a los 79 años. Rufino Tamayo Nació el 25 de agosto de 1899 en Oaxaca de Juárez y, siendo muy joven, se fue a la Ciudad de México, donde entró a la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Su primer gran salto llegó en Nueva York, donde vivió quince años y donde alcanzó su primer gran auge creativo. En los cincuenta ya era un artista internacional, con obra en museos y galerías de Estados Unidos. En 1950 cruzó el Atlántico y pasó diez años en París. Ahí la crítica celebró lo mexicano de su pintura, pero no por lo folclórico, sino por la fuerza del color, la síntesis de sus figuras y la dualidad, herencia de las culturas antiguas de México. Aprovechó el clima de posguerra y la Escuela de París para equilibrar tradición y modernidad. Además, trabajó litografías en color e ilustró libros. Murió el 24 de junio de 1991 en la Ciudad de México, a los 91 años. Una exposición enfocada en los años en París Bajo la curaduría de Juan Carlos Pereda y con diseño museográfico de Germen Estudio, la exposición se organiza en tres grandes salones, cada uno identificado por un color dominante: verdes para Tamayo, salmón y naranja para Toledo, azules y morados para Nieto. Es una muestra que no apuesta por la saturación, sino por mantener la atención en los objetos, un cedulario sobrio y discreto, presente principalmente en la introducción, una línea de tiempo que didácticamente narra los sucesos importantes en la vida de cada cual y que muestra algunas fotos históricas de los artistas. La propuesta es leer las obras en cruce. Cada artista forjó un estilo reconocible y con aportes propios, pero los tres comparten su cercanía con la estética prehispánica y el arte popular, y un diálogo constante con las vanguardias internacionales. Los une, además, un espíritu local difícil de definir. Los tres transitaron entre pintura, dibujo, gráfica; prepondera la presencia de la litografía en Tamayo, así como el collage, y esa libertad entre técnicas es otro de los ejes de la exposición. Tamayo ocupa un lugar central. Sin buscarlo, se convirtió en guía e inspiración de varias generaciones de artistas mexicanos que querían pensar por sí mismos e integrarse a la modernidad y a las corrientes internacionales. La reunión de estas obras tiene también una provocación de peso histórico. Al regresar a México, los tres ayudaron a evidenciar un canon nacionalista que dominó la cultura del país durante más de cinco décadas. Pero estos gigantes hicieron algo más: establecieron una nueva forma de producir en la plástica nacional, una estética oaxaqueña. Créditos de fotografías: José Roberto Morales Ochoa José Roberto Morales Ochoa, mexicano, agente cultural, con especialidad en museografía, museos y centros culturales. Instagram: @jrobertomorales Email: imrobertomorales@gmail.com