Ramón Sánchez Reyna / Colaborador de La Voz de Michoacán . “Sobre los montes de Michoacán cae la lluvia y el viento arrastra a través de la tenue luz ese arcoíris de color, plumas del ser volando el perfume secreto de adorar más allá de los sueños. Desde hace miles de años sobre esta tierra pasan esas joyas errantes, el colibrí, el quetzal, esas palomas tibias como un seno, ojo del gavilán, de acero y negro, garzas, tucanes, pavos reales, patos que siempre volverán como a un espejo, al lago de Cuitzeo”. Arcoíris plumario. Ludwig Zeller Desde el asentamiento de las grandes culturas mesoamericanas: léase tolteca, maya, tarasca y mexica, las piedras llamadas semipreciosas por el mercado de la joyería: jades, basaltos, turquesas y otros materiales como el ámbar, conchas y caracoles marinos, sus artistas supieron hacer maravillas con ellos, así como con maderas preciosas, los metales como el oro y la plata, sin olvidar las plumas de aves, plumas que, junto con los granos de cacao, constituyeron la moneda de cambio para el mercadeo. Fueron los monjes, conquistadores espirituales, que a su arribo a tierras mexicanas dejaron los primeros registros de las piezas encontradas, lo que ellos denominaron mosaicos de plumas, luego arte plumario y en la actualidad le llamamos: arte plumaria. En territorio michoacano, no sin registrarse altibajos, podemos enumerar tres técnicas precolombinas que llegan a nuestros días: la imaginería en caña de maíz, el maque de Uruapan, Pátzcuaro y Quiroga, y la plumaria. En pocas palabras, la admiración de los conquistadores, religiosos y militares, fue tal que escribieron: son sus obras tan primas, es decir, primorosas que no las hay iguales en el viejo mundo. Los códices prehispánicos, y los elaborados durante los primeros años de la Conquista son fieles testigos del comercio y del valor que se le daba a las plumas, baste citar La Matrícula de Tributos, que muestra talegas y manojos de plumas preciosas que se pagaban como tributos de los pueblos sometidos a los señoríos del valle de México. De igual manera, se pueden ver las representaciones de múltiples dioses ataviados con pecheras, faldellines, penachos y rodelas de brillantes plumas que engalanan códices como el Borgia y el Borbónico. Los españoles al ver el uso ceremonial que se daba a las diversas formas de piezas plumarias, muy pronto idearon que los artistas indígenas elaboraran piezas para el ceremonial de la religión católica, tales como: casullas, estolas mitras, bolsas y paños de corporales y frontales. Por ello es que algunas colecciones y museos en Europa conservan codiciadas joyas de esos mosaicos de plumaria, entre los que podemos mencionar: los Museos Vaticanos, el de América y de Las Descalzas Reales en Madrid, Palacio El Escorial; Museo Etnográfico y Museo de Historia del Arte de Viena; el Museo Estatal de Württemberg, Alemania; Museo Etnográfico de Berlín; Museo Etnográfico y Prehistórico de Roma; Museo Metropolitano de Arte y Colección Sociedad Hispánica de América, de Nueva York. En México son escasas las piezas del momento del contacto de los dos mundos; se pueden ver estas contadas muestras en los museos Nacional de Antropología, Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec, Franz Mayer, Soumaya, Nacional del Virreinato en Tepotzotlán; Museo Mexiquense de las Culturas en Toluca; de Arte Virreinal en Guadalupe, Zacateas, Museo de Arte José Luis Bello y Arzobispado de Puebla. Pero no solo mosaicos se fabricaron, todavía durante el virreinato se tejieron prendas de vestir que llevan, abrazándose a la urdimbre, coloridas plumas que crean motivos florales y grecas, como el llamado Huipil de la Malinche (Museo Nacional de Antropología), que entrelaza también otros materiales como pueden ser las cuentas de cristal, mejor conocidas como chaquiras y que en Pátzcuaro hizo de gran fama al mediar el siglo pasado, la señorita Esperanza Correa. En su testamento el primer obispo de Michoacán, el licenciado Vasco Vázquez, mejor conocido como Vasco de Quiroga, registró algunas piezas decoradas con plumas. Nuestro valioso documento manuscrito conocido como Relación de Michoacán, muestra entre otros objetos, el Bastón de Mando que portaba el Sacerdote principal o Petámuti, Bastón, que estaba ataviado de plumas. Los mismos primeros monjes que arribaron a tierras michoacanas, tuvieron el ingenio de aprovechar la maestría de los artistas locales, lo que se vería reflejado en la Escuela de Altos Estudios de Tiripetío, que desde luego incluía las artes entre las que hay que destacar la plumaria, que estableció en 1540 el agustino fray Alonso de la Veracruz, casi a la par que los franciscanos fundaban la llamada Escuela de Artes de Tlatelolco, que encabezó fray Pedro de Gante. Sí bien es cierto, que no se seguirían haciendo bastones de mando para los sacerdotes indígenas, sí se elaboraron necesariamente, infinidad de mosaicos representando imágenes cristianas, principalmente de vírgenes, cristos, santos y santas, que por lo perecedero y la fragilidad de los materiales, muy pocos han llegado a nosotros. Obra de Yolanda Sereno Importante es resaltar que de esa época, algunos coleccionistas conservan piezas invaluables que de vez en cuando se presentan en exposiciones temporales, tal es el caso de las que llevaron por nombre “El vuelo de las imágenes. Arte plumario en México y Europa” (2011) y “Ángeles. Las huestes celestiales en la Tierra” (2024), ambas en el Museo Nacional de Arte, en la Ciudad de México. No está por demás añadir que, Manuel Romero de Terreros, estudioso de las cosas mexicanas, considera a la plumaria entres las artes aplicadas o artes industriales. Este sabio de las artes mexicanas nos dice que: “en la Nueva, como en la vieja España, las Artes Industriales –según la autorizada clasificación de don Juan Facundo Riaño y Mr. Leonard Williams-, eran: la orfebrería, el hierro forjado, las obras de bronce; las armas, sillas, jaeces y carruajes, la madera tallada, dorada y pintada; la marquetería, el mobiliario eclesiástico y civil, la escultura en marfil, la cerámica, el vidrio, y los tejidos y bordados”. Y desde luego, don Manuel Romero, en su magnífico libro, más adelante referido, incluye: el mosaico de plumas. Virgen Dolorosa de Mario R. Mondragón Hasta aquí un ojo a vuelo de pájaro, por este horizonte que hoy nos ofrecen las brillantes plumas en la muestra: Ecos del arte plumaria, producto del taller Quetzal, que a la fecha coordina la maestra Yolanda Sereno Ayala. Dicho taller inició en el Centro Suchipilli, que dirigió la maestra Cristina Torres, y estuvo establecido en la década de 1990, en el número 150 de la Calzada Madero en Centro Histórico de Morelia; posteriormente tuvo como sede el exconvento de Tiripetío, y a la fecha sigue siendo auspiciado por la Universidad Michoacán de San Nicolás de Hidalgo. La exposición puede ser apreciada en el Museo del Estado. Para conocer más: Revista Artes de México. Ferdinand Anders y otros. Núm. 137, México, 1970. Manuel Romero de terreros. Las artes industriales en la Nueva España. México, Fomento Cultural Banamex, A. C., 1982. Teresa Castelló Yturbide y otros. El arte plumaria en México. México, Fomento Cultural Banamex, A. C., 1993. Marta L. López Luna. Mi collar, mi pequeña pluma. Morelia, Exconvento de Tiripetío/UMSNH, 20027. Alessandra Russo. Gerhard Wole y Diana Fane. El vuelo de las imágenes. Arte plumario en México y Europa. México, Museo Nacional de arte, 2011. Yolanda Sereno Ayala. La magia de las plumas. Morelia, UMSNH-La Voz de Michoacán, 2013. Ramón Sánchez Reyna. Historiador formado en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de algunos textos sobre historia y arte. En el año 2010 editó el suplemento Voces del Bicentenario en este mismo diario.