Comencé a seguir los Mundiales de Futbol hacia los siete años. El primer jugador al que veneré, fue si no mal recuerdo Dirceu Guimaraes de Brasil, en Argentina 1978; el último, Luka Modric de Croacia, entre Rusia 2018 y Qatar 2022. En medio de ambos, la lista es harto nutrida. Pero hay una selección de Reyes Magos que se hicieron leyenda durante justas mundialistas previas, a quienes por razones de nacimiento y edad no vi jugar nunca, y cuyos respectivos itinerarios me tocó reconstruir a partir lo mismo de la memoria documental, que de la sustentada devoción mítica, ética y poética. Ellos son los integrantes de esta alineación ideal. 11. PELÉ. En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, el equipo todo estaría coronado por Pelé; máximo ganador hasta hoy en las Copas del Mundo, tras salir campeón en tres de los cuatro torneos donde participó, siendo durante dos de ellos (1958 y 1970) la máxima figura del evento. Para amar a Pelé, yo recomiendo no ver ninguno de sus goles, sino su no-gol ante Uruguay durante las semifinales del primer Mundial realizado en México. El más hermoso no-gol de todos los tiempos. Todo el misterio, la alegría, la angustia y la descuadrada lógica que consiguen transmutar al futbol en poesía, están en esa jugada. Pelé es y será por siempre el jugador más grande en la historia del futbol profesional. Grandeza sustentada de modo indispensable y esencial en su técnica, su talento, su imaginación, su magia: Pelé estelariza y remite a su imperio la fisonomía toda de un período que identificó como suprema ganadora a la belleza. Pero acaso lo más determinante sea que, a partir de ahí, esa milagrosa opción, ese ideal, ese programa, ese espejismo, esa piadosa mentira, ese mediático fraude o esa franca engañifa —según sea el cristal que elijamos para mirarla— entronizó al balompié como el más popular deporte del orbe, y como uno de los más lucrativos ramos de la poderosa industria del entretenimiento a nivel global. Nótese que he dicho “el jugador más grande”, no “el mejor jugador”. Este último debate me parece estéril y sin sentido. La grosera obsesión por distribuir en puestos de primero, segundo o décimo lugar a jugadores que fueron los mejores en contextos por completo intransferibles e imposibles de intercambiar; impostar a Zinedine Zidane en la era de las canchas de tierra, las botas sin tachones y los balones de cuero, o a Just Fontaine en la era de las camisetas inteligentes, el coaching y el internet. El dato estadístico manipulado sin escrúpulo en beneficio de la apreciación y el gusto personales. El mayoriteo generacional y sus cíclicos reciclajes elevados a dogma. Hace cuatro décadas todas las encuestas las ganaba Diego Armando; hoy parece un absurdo postular a alguien por encima de Lionel; nos vemos en veinte años. Ya durante los primeros días de gloria de Pelé, los mayores aseguraban que habían sido mejores los también brasileños Leónidas o Friedenreich; con Pelé todavía en activo, había quienes consideraban mejor a Di Stéfano; recién retirado Pelé de las canchas, muchos melenudos jóvenes setenteros proclamaban mejor a Johan Cruyff; luego vino la interminable disputa a propósito de Maradona. Hasta llegar a quienes perdieron la juventud, el tipo y la paciencia, disponiendo a Pelé como caduco capítulo suplementario en la telenovela Messi-Cristiano. Me niego a entrar en semejante rebatinga, sugiriendo a Pelé mejor jugador que los ídolos mundiales encargados de antecederle y sucederle. Prefiero reivindicar conjetura la opción de que Pelé, en una de esas, se acercó a ser tan bueno como Messi, Cristiano, Maradona, Cruyff, Di Stéfano, Leónidas y Friedenreich. Y que eso le alcanzó para incidir en la noción, la estructura y el impacto social del futbol profesional, generando para éste un antes y un después tanto en lo deportivo como en lo comercial, con un alcance y una perdurabilidad que sobrepasa por completo a cualquiera de los otros. Por eso es El Rey. Nombre: PELÉ (1940-2022) País: BRASIL Mundiales: SUECIA 1958, CHILE1962, INGLATERRA 1966, MÉXICO 1970. 12. ALFREDO DI STÉFANO. Alfredo Di Stéfano es el rey mago al que no vio nadie en un Mundial de futbol. Por razones diversas, no jugó un solo partido en una Copa del Mundo; cuando por fin parecía llegado el turno de que lo hiciera, vistiendo la playera de la española Furia Roja en Chile 1962, una lesión lo marginó poco antes del debut. Tal vez haya sido mejor así. Es indudable que, en perspectiva, la historia de este genio inmortal de las canchas, considerado al inventariar el siglo XX como uno de los cinco más grandes de todos los tiempos, parece prioritariamente asociada al color merengue. Pero, puestos a debatir el punto, ¿tiene más derecho de sentir como suyo a Di Stéfano un hincha del Real Madrid que un hincha de Millonarios de Bogotá? De acuerdo con todos los testimonios, la Saeta Rubia formó parte en Colombia de uno de los mejores equipos de la época, bautizado por su clase como el “ballet azul”. Recordar algunos pormenores de su llegada a España, puede iluminarnos respecto a la pertinente enseñanza de generosa universalidad que Di Stéfano fue, y sigue todavía representando. Durante varios meses, perteneció simultáneamente al Real Madrid y al Barcelona. Tanto River Plate de Argentina como Millonarios de Bogotá reclamaban para sí los derechos de traspaso del jugador. Real Madrid negoció con Millonarios, Barcelona negoció con River. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, la Federación Española optó por una salomónica y pintoresca decisión: Di Stéfano vestiría dos temporadas la camiseta merengue y dos temporadas la blaugrana, alternadamente. El desenlace de la fábula es de todos conocido. El Barça renunció a sus derechos sobre el jugador, y éste se convirtió en inmortal leyenda del Real Madrid. Esa imposible conjunción fugazmente consumada —así haya sido solamente en el papel— bien puede orientarnos al encarar todas las otras. Di Stéfano fue designado alguna vez el mejor jugador europeo del siglo XX, sin que a nadie pareciese importarle el pequeño detalle de que hubiera nacido en Argentina. Como seleccionado nacional, brilló lo mismo con la albiceleste que con la Furia Roja, pero imposibilitado en ambos casos para hacerlo en un Mundial. Como entrenador hizo campeón lo mismo a River Plate que a Boca Juniors. ¿De aquí o de allá? Dice por ahí Joan Manuel Serrat: “no me siento extranjero en ningún lugar, donde haya lumbre y vino tengo mi hogar”. Si la patria de la literatura es la palabra, la patria del futbol es la pelota. Alfredo Di Stéfano lo entendió tempranamente. Por eso no se sentía extranjero en ningún lugar. Por eso los más acérrimos rivales lo reclaman legítimamente como propio. Por eso él, a la postre sinónimo de Real Madrid, no tuvo ningún problema al declarar un día, ante el prodigioso futbol de los blaugranas bajo la batuta de Josep Guardiola, que no se podía no amar a ese Barcelona. Lo que andamos buscando todos es un poquito de calor en este mundo frío. Alfredo Di Stéfano supo alzar ese hogar de lumbre y vino donde quiera que, balón de por medio, pisó. Y no sólo prodigó calor de sobra; dejó claro el ejemplo para que no se nos olviden las maneras de encenderlo y cuidarlo. Nombre: ALFREDO DI STÉFANO (1926-2014) País: ARGENTINA-ESPAÑA Mundiales: CHILE 1962. Sergio J. Monreal escribe de futbol desde 1998, cuando formó parte de la alineación original de La Red, suplemento pionero creado por La voz de Michoacán para abordar la Copa del Mundo desde la literatura y el periodismo cultural. En esa misma línea ha cubierto siete Mundiales.