Sergio J. MonrealComencé a seguir los Mundiales de Futbol hacia los siete años. El primer jugador al que veneré, fue si no mal recuerdo Dirceu Guimaraes de Brasil, en Argentina 1978; el último, Luka Modric de Croacia, entre Rusia 2018 y Qatar 2022. En medio de ambos, la lista es harto nutrida. Pero hay una selección de Reyes Magos que se hicieron leyenda durante justas mundialistas previas, a quienes por razones de nacimiento y edad no vi jugar nunca, y cuyos respectivos itinerarios me tocó reconstruir a partir lo mismo de la memoria documental, que de la sustentada devoción mítica, ética y poética. Ellos son los integrantes de esta alineación ideal. 3. FRANZ BECKENBAUER En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, formando parte de la línea defensiva, no podría faltar Franz Beckenbauer. El relativo problema con Franz es que su dilatada longevidad como figura futbolística exitosa puede sobrepoblarnos tanto la evocación visual como el ensueño con otras imágenes posteriores: su papel de entrenador en la banca alemana y de directivo en el Bayern Munich. Hay que borrar meticulosamente esos colofones para poder remontarnos con pureza hasta el incomparable futbolista que fue. Tres estampas imborrables ha dejado Beckenbauer en la memoria mundialista de todos los tiempos. La de la final de 1966 en Wembley, donde según la leyenda él y Bobby Charlton fueron enviados a nulificarse mutuamente; la de la final de 1974, donde halló punto culminante su dilatada rivalidad con Johan Cruyff: ese otro genio, tan distinto y a la vez tan parecido a él. No obstante, por encima de todas, queda la de aquella épica, delirante semifinal de 1970 bautizada para la posteridad como “el partido del siglo", donde la escuadra teutona cayó ante Italia en tiempos extras, con marcador de 4 a 3. En el inconsciente colectivo de la afición mundial, Beckenbauer jugador es sobre todo aquel del brazo en cabestrillo sobre la cancha del estadio Azteca. La preponderancia de dicha imagen no está a discusión. Sin embargo, puede operar negativamente a la hora de tratar de hacernos una idea más completa sobre sus virtudes con el balón en los pies. Porque debido no nada más al proverbial temperamento teutón, sino a sus específicos orígenes proletarios en Munich, Franz fue de principio a fin un carácter, una convicción, una voluntad. El asunto es que lo que le lanzó a otra dimensión respecto de la estrella alemana promedio —abriendo camino a los Rumenigge, Matthaus, Ballack y Kroos por venir— fue su capacidad para conciliar semejante temperamento con la elegancia, la sutileza, el talento, la técnica. Lo primero que sugiere la figura de Beckenbauer en fotos y películas es fragilidad. Sobrepuestos a esa primera impresión, y seducidos ya por esa elegancia suya de pájaro, de garza, de cigüeña, cuesta trabajo hacernos a la idea de que su territorio de vuelo —aun cuando no tuviera por extraña ninguna zona del terreno de juego— correspondía sobre todo a la línea de fondo. Reconozcámoslo: por injusto que parezca, cuesta hacernos a la idea de que un defensa pueda estar considerado como uno de los más grandes jugadores de todos los tiempos. Pero Franz está ahí, para devolvernos el sentido común, o la locura, o quién sabe qué improbable equilibrio entre lógica y delirio. Quizá Franz no sea tanto un ave como un árbol: la raíz, la rama y el follaje que no sólo le posibilita al vuelo pausa, distancia y reposo, sino que ya es principio mismo del acto de volar. Sería excesivo afirmar que Beckenbauer dignificó el oficio defensivo. Yo más bien diría: Beckenbauer le enseñó o le recordó a la dignidad del oficio defensivo que las virtudes del aire también le pertenecen a la tierra. Nombre: FRANZ BECKENBAUER (1945-2024)País: ALEMANIAMundiales: INGLATERRA 1966, MÉXICO 1970, ALEMANIA 1974. 4. BOBBY MOORE En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, la línea defensiva la completa Bobby Moore, líder de la zaga inglesa durante tres mundiales (1962, 1966 y 1970). En palabras de Pelé, se trata del mejor zaguero de cuantos le tocó enfrentar, y eso ya por sí solo sería como para servir de suficiente aval. Los argumentos a favor de su clase y su carácter dentro del campo resultan abrumadores y unánimes. Un maestro de la anticipación, uno de esos defensas que al final no sabes si suplen su falta de velocidad desarrollando una capacidad medio sobrenatural para leer antes que nadie lo que va a pasar en la jugada; o si, por obra de secreta alquimia y diabólico pacto, hacen que el vértigo y la potencia se muden del predecible músculo para irse a vivir a la clarividente intuición. Existe un episodio escandaloso y nunca esclarecido en torno a Bobby Moore. Previo al Mundial de México 1970, fue detenido en Colombia bajo acusación de haber robado un costoso brazalete en una joyería. Las versiones sobre el asunto oscilan entre dos extremos. Por un lado, la descalificación feroz: Moore y su tocayo Charlton —"ladrones lo mismo de brazaletes que de finales de copas del mundo"— se habrían pagado mediante la joya un menage a trois con una costosa prostituta. Por otro, la epifanía moral: Moore —"ese modelo de virtud en que encarnaron los mejores valores del alma inglesa"— habría permitido que las sospechas recayeran sobre él, a fin de cubrir al verdadero responsable, que era uno de sus jóvenes compañeros de selección. A mí, el episodio en sí, incierto, turbio, brumoso como tarde londinense, enigmático como rompecabezas de Sherlock Holmes o Agatha Christie, a partes iguales potencialmente edificante y potencialmente vergonzoso, no puede más que aumentarme la simpatía por Bobby y terminar de pincelármelo plenamente inglés. ¿Fue el asesinato de Christopher Marlowe sangriento colofón para una maratónica juerga homosexual, o cortina de humo urdida por los servicios diplomáticos de la corona para salvarle la vida y permitirle escribir las obras que harían famoso a William Shakespeare? ¿Qué soñaba Lewis Carroll durante sus paseos en barca, acompañado de la pequeña Alice Liddell? ¿Fumaron marihuana los Beatles en los jardines de Palacio, previo al encuentro con Su Majestad la Reina? ¿Entró o no entró aquel gol decisivo en la final de 1966? Bobby Moore en las fotos no parece un lord. Parece a veces miembro de un club de fans de los Yardbirds, y otras marino de novela de Joseph Conrad. Y no ha de ser casual que, aun tratándose del más mítico de los capitanes británicos de todos los tiempos —y pese a haber quedado inmortalizado en la memoria mundial con la copa Jules Rimet en alto—, no haya sido nunca mariscal de las hazañas colonialistas de un Liverpool o un Manchester United, permaneciendo casi toda su vida futbolística al amparo de los colores del West Ham, con el que no llegó a ganar un solo torneo de liga. Dice Joan Manuel Serrat: "todos los piratas tienen atropellos que aclarar, / deudas pendientes y asuntos de los que mejor no hablar". Bobby Moore no fue sólo un capitán pirata. Fue almirante de la más inolvidable nave corsaria en la historia del futbol mundial; aquella que, pese a contar con una tripulación de época, capaz por de alzarse con el título por sí sola y a la buena, no dudó en abusar de su localía mediante impresentables arbitrajes y tendenciosas decisiones a favor. Nada de qué arrepentirse, nada de qué disculparse. Nada qué reclamar, ni por los saldos a favor ni por los saldos en contra: un desastre de carrera como entrenador, un cáncer y una muerte prematura. Seguro estoy que por las noches, en cubierta, ya a solas, encendía la radio y recorría con paciencia una estación tras otra, hasta dar por fin con la voz de Ringo Starr, que interpretaba "With a Little Help from My Friends". Nombre: BOBBY MOORE (1941-1993)País: INGLATERRAMundiales: INGLATERRA 1966, MÉXICO 1970. Sergio J. Monreal escribe de futbol desde 1998, cuando formó parte de la alineación original de La Red, suplemento pionero creado por La Voz de Michoacán para abordar la Copa del Mundo desde la literatura y el periodismo cultural. En esa misma línea ha cubierto siete Mundiales.