Oliver Laxe, el cine como sanación del alma

“No me interesa la identidad, me interesa el alma. El alma no tiene patria, no tiene ‘matria’. Es el ser humano en su esencia”, Oliver Laxe

En el quehacer cinematográfico hay tantos estilos como hay cineastas en este mundo. Asumir que ya todo está dicho es un riesgo monumental, ya que hay tantas historias contadas y por contar como lo hay la cantidad de mentes creativas detrás del guion. Es decir, el cerebro humano es tan complejo que sería injusto acotarlo a una realidad colectiva como si todos pensáramos igual; no hay nada más equivocado en eso. A menos, y aquí quiero entrar en otra materia de análisis más escabrosa, que esa colectividad esté regulada por algún tipo de secta, religión, dictadura o cualquier tipo de asociación cuyos objetivos sean los de controlar a las masas y encajonarlas en un solo tipo de pensamiento común.

Hace 11 años fui a la India, y estando ahí, al ver los contrastes sociales, la pobreza extrema en las calles, pero a la vez el derroche de lujos y poder en los hoteles y los espacios asignados para los visitantes, fui testigo, durante mis 15 días de estadía en ese país, de cómo un sistema perfectamente articulado puede controlar a 1,450 millones de habitantes sin el temor de un levantamiento social. En la India hay un caos controlado: vendedores ambulantes ofreciendo cualquier tipo de producto, un tráfico intenso de peatones, motocicletas, automóviles, changos (conocidos como languros grises) y vacas, si, vacas por doquier, caminando entre nosotros como si el territorio les perteneciera. Y para aunarle más ingredientes al desorden, las calles no están asfaltadas, esto con el objetivo de que las pezuñas de los bovinos no se lastimen al andar. Como sabemos, en ese país las vacas son sagradas, ya que el hinduismo las considera como un símbolo de abundancia y fertilidad.

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Pero volviendo al “sistema de control de masas” y tratando de darle sentido e ilación a mi entrega del día de hoy, en la India hay una tradición (convertida en religión) cuyo método se basa en “etiquetar” a las personas dependiendo de su nivel jerárquico. Existen cuatro grupos principales: los Brahmines, que son los sacerdotes, maestros e intelectuales; los Chatrias, guerreros, gobernantes y administradores; los Vaishias, que son todos los comerciantes, artesanos y agricultores; y finalmente, los Shudrás, compuesto por obreros y siervos, encargados de los trabajos manuales y de servicios. Pero, aquí viene el gran “pero” que siempre intento agregar en mis artículos para provocar controversia y generar algún tipo de discusión, existe un quinto grupo que ni siquiera está incluido en ese listado; me refiero a Los Intocables (Dalits) que son todos aquellos que no caben en ninguna de las categorías anteriores, ya que no merecen formar parte de ninguna casta. Este grupo, conformado por más de 200 millones de personas, están ahí, en ese subnivel social, por considerarse impuros y, por lo tanto, son parte de una sociedad oprimida y quebrantada. Los Dalits están excluidos del sistema religioso, es decir, del Orden Divino, y por lo mismo son considerados seres oscuros y despreciables, sin cabida alguna en este régimen controlador de consciencias, ¿será que ese sistema de castas está tan bien diseñado que a todo aquel que no está alineado bajo los reglamentos del régimen lo excluyen como si fueran basura?, ¿o no será más bien que estos “seres indeseables” son personajes sin ataduras de ninguna índole? El método hindú, así como todas las religiones, sectas y grupos controladores de masas, usan el miedo como herramienta de mando. Es decir, te venden una verdad absoluta que si no la respetas te convertirás en un paria.

Haberlos aburrido con esta larga introducción me nace después de haber visto una entrevista con el director franco-gallego Oliver Laxe, en la cual, él se define como un ser libre, sin ataduras, sin un régimen humano que influya en su vida y por lo tanto en su forma de hacer cine. Y a pesar de que él mismo pertenece al Sufismo, el cual es la rama mística del islam, en donde más allá de reglas absurdas e imposiciones divinas, esta variante del islamismo basa sus teorías, por decirlo de manera muy banal, en esquivar a los “intermediarios terrenales” y ser tú mismo el que busque un encuentro directo con Dios, a través del despojo del ego, las posesiones materiales, las ataduras mundanas y el dogmatismo rígido que la mayoría de las religiones imponen. Pues esa libertad se nota en el cine de Oliver. Hablemos de él.

Oliver Laxe (Francia, 1982) es autor de películas como: Todos vosotros sois capitanes (2010), Mimosas (2016), Lo que arde (2019) y su más reciente largometraje Sirat (2025), ganador del premio del jurado en Cannes en el año 2025, entre muchos otros reconocimientos.

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Cuando vi Lo que arde yo no conocía la obra de Laxe. Esta película trata sobre Amador, un exconvicto pirómano acusado de haber ocasionado un incendio en su pueblo natal, quien al salir de prisión regresa a casa para reencontrarse con su madre. Al poco tiempo, un nuevo incendio acontece y por obvias razones, ante los ojos de sus vecinos, él es el responsable directo, y es que, aunque él no lo haya provocado, Amador, ya es, usando como referencia la teoría de las castas, un Dalit, un ser sin remedio, cuyo destino está marcado y no tiene salvación de corregirse.

Es decir, en esta obra, Oliver acusa a los acusadores. Nos muestra de forma magistral pero sumamente simple, que el pasado siempre nos alcanza, y que, aunque queramos redimirnos, no será fácil ya que el juicio humano a veces es tan ciego que se convierte en un lastre en nuestra búsqueda por la libertad. Redundando en el tan ya mentado sistema hindú: tus acciones del pasado marcarán permanentemente las del presente, y es ahí donde el karma muestra su peor rostro, el de recordarte cada mañana que no eres tu propio dueño, que estás atado a un grillete social y moral que determina lo que eres, o al menos eso es lo que nos quieren hacer creer.

Hace unos días por fin tuve la oportunidad de ver Sirat, la cual se exhibió en la pasada edición del Festival Internacional del Cine de Morelia, con la presencia del director. Tenía boletos para acudir a la función, pero por cuestiones de agenda no se pudo. Me frustré, me quedé con las ganas en aquel entonces, pero Mubi me regaló de nuevo esa posibilidad.

A ver, pónganse el cinturón y que comience este vertiginoso recorrido narrativo, que, aunque no será una tarea fácil, trataré de resumir.

Volviendo al inicio de este largo texto, en donde hice énfasis en que hay tantos estilos como los hay cineastas, Oliver Laxe es un ser extraño, raro. Y probablemente lo sea porque no se parece a nadie, porque en su forma de hacer cine no existen esos “lugares comunes” que encontramos en casi todas las películas del planeta.

Sirat narra la desesperada travesía de Luis (Sergi López) y su hijo de 9 años, Esteban (Bruno Núñez) por Marruecos, quienes buscan a Mar, hija de Luis y hermana de Esteban, desaparecida meses atrás en una fiesta rave.

La historia comienza cuando un grupo de jóvenes marginales (por usar de nuevo una analogía: Dalits) instala lenta y metódicamente un equipo de sonido en medio del desierto. Gradualmente se comienza a escuchar música electrónica de fondo y el lugar se llena de personajes atípicos: un manco, un cojo, con sus cuerpos marcados de lo que parecieran heridas de la vida misma; una especie de torre de Babel, pero con un común denominador: todos gozan de una libertad anárquica que los une en ese espacio que, dicho sea de paso, también funge como un personaje más. De hecho, haciendo un paréntesis, Oliver Laxe menciona en entrevistas diversas que para él el paisaje es la base de sus historias, que es lo primero que lo inspira a crear algo y ya después le va agregando a los protagonistas que ahí confluyen.

Al lugar llegan Luis y Esteban quienes, con una fotografía de Mar en mano, le preguntan a uno por uno si la han visto. La respuesta siempre es negativa. La presencia de un señor de 60 años de edad y un niño de 9, es el primer elemento disruptor en la trama ya que no encajan en ese ambiente, pero conforme transcurren los minutos, la delgada línea entre los parias y estos dos visitantes urbanos se disipa y se vuelven parte del mismo entorno. Cuando la fiesta termina (interrumpida por el ejército), comienzan a desmontar todo el equipo y los cientos de asistentes preparan sus vehículos para irse a un nuevo sitio donde habrá otro rave. Luis y su hijo les suplican que los lleven para continuar con su búsqueda; al principio se niegan, pero al verlos desesperados, los incluyen en su travesía. Es aquí donde realmente comienza la película. A partir de ahora se convierte en un “road movie” lleno de aventuras y tragedias, muchas tragedias.

Para no echarles a perder Sirat si no la han visto, no les contaré exactamente lo que sucede, pero sí mi interpretación de lo que ahí acontece. Un grupo de ravers consumiendo drogas casi todo el tiempo, un padre, su hijo y un perrito. Dos caravanas al estilo Mad Max y una camioneta utilitaria en donde viajan Luis y Esteban.

Qué rara combinación. Unos buscando una nueva fiesta y otros buscando a su familiar extraviado. Y aunque todo pintaba para ser un verdadero desastre de convivencia social, no lo es. Conforme pasan los minutos comienzan a congeniar. Los “malos” de la historia sacan a flote su verdadero “yo” y se compadecen de estos seres angustiados. Es decir, borran su propio sistema de castas y se unen a un mismo objetivo: encontrar una razón para seguir viviendo.

En este punto de la trama, todo fluye en armonía, pero el director, sin aviso alguno, nos arrebata esa paz y la transforma en tragedia. Repito, en esta ocasión no les voy a platicar la película (ganas no me faltan, ya que lo que sucede en el minuto 64 es realmente horrible) pero lo que sí les puedo decir es que Oliver Laxe nos grita a todo volumen que somos mortales y que nuestra supuesta plenitud es vulnerable a cada segundo. En esta obra maestra nada es lo que parece, y es que en la vida misma nada es predecible; todo, en cada momento, en cada segundo puede cambiar. Para este director el diálogo sobre la muerte es una constante. Él plantea que entender la propia finitud te ayuda a conectar con tu verdadera esencia.

Finalmente, y tratando de engarzar todo lo aquí dicho y usando de nuevo la teoría de castas y su método de coerción social y poniendo en la misma balanza a todas las religiones que nos empañan la razón, yo en lo personal encontré en el cine de Oliver Laxe una especie de liberación espiritual, que a pesar de ser un cine que te penetra con bisturí (y sin anestesia), te deja un mensaje crudo que te dice sin tapujos: todos vamos a morir.

Tener esto claro te hace más consiente de la vida, pero a la vez te deja una responsabilidad con la cual tienes que lidiar a cada segundo: tú eres tu propio dueño y solo de ti depende el valor que le das a cada respiro de tu existencia.

Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

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