Raphaël Laiguillée / Colaborador de La Voz de Michoacán CARTA 1 Mi querido Lázaro, Cuando tomes el avión de México a París, tendrás el privilegio, si viajas con Air France, de ver un corto que detalla las instrucciones de seguridad a bordo y condensa en unos pocos planos lo mejor del apogeo de la quintaesencia del chic a la francesa. Guiado por un auxiliar de vuelo y una azafata, te transportarás desde la Ópera Garnier hasta Versalles, desde el Louvre hasta la Costa Azul. Es una imagen de Francia algo idealizada. A seis meses de las próximas elecciones presidenciales asoma la Rancia. Acabo de ver Notre salut, la película de Emmanuel Marre que fue la revelación del último Festival de Cannes (y que acaba de exibirse en el Festival de Cine de Morelia). En ella se ve cómo un ingeniero ambicioso, a base de intrigas y pequeños favores, consigue hacerse un hueco en la nueva administración del régimen colaboracionista del mariscal Pétain. ¿Sabes quién era Pétain? Uno de los héroes de la Primera Guerra Mundial. Tras la derrota francesa de 1940 frente al ejército alemán, hizo las paces con Hitler. En una famosa alocución radiofónica, proclamó: «Hago a Francia el don de mi persona». También hizo don a los nazis, sin que estos se lo pidieran, de las primeras leyes que excluyeron a los judíos de la comunidad nacional. Otra película reciente, Les Rayons et les ombres, narra la deriva de un periodista, antiguo socialista y promotor de la amistad franco-alemana, hacia la colaboración con el ocupante nazi. Estos últimos meses han surgido películas, libros y obras de teatro que evocan aquella página oscura de la historia francesa. Foto: Manifestación en París en contra de la extrema derecha, el 15 de junio de 2024 «Casualidades del calendario», dicen cautelosos algunos historiadores. Está por ver. Lo que dice el calendario es que el 2 de mayo del año que viene conoceremos el nombre del próximo presidente de la República. Lo que dicen las encuestas es que es muy posible que el próximo presidente sea una presidenta, Marine Le Pen, la figura histórica del partido ultra Rassemblement national. Francia se convertiría en el segundo país de Europa occidental, junto con la Italia de Giorgia Meloni, en ser gobernado por la extrema derecha. Mientras tanto, en Alemania, el partido etno-nacionalista AfD se ha convertido en menos de diez años en la segunda fuerza política del país. En España, Vox empuja a la derecha tradicional a ponerse cada vez más dura con inmigración. En el Reino Unido, Reform UK afianza cada vez más su arraigo local. ¿Qué hago yo para luchar contra la «bestia inmunda»? Intento llegar a fin de mes sin pensar demasiado en el fin del mundo. Perdona que te responda con una broma. Es que, por pura vanidad, preferiría contarte mis gloriosos combates de cuando tenía tu edad. Fíjate que, a los veinte años llevaba una manita amarilla en la solapa de la chaqueta. La manita amarilla era una especie de pin que apareció en otoño de 1984 en los institutos y universidades francesas. Era un pedazo de plástico, amarillo con un borde negro, en forma de mano abierta, como diciendo «basta», en el que se leía «Touche pas à mon pote», «No te metas con mi cuate». Detrás de esta iniciativa estaba una nueva asociación, SOS Racisme, vinculada al Partido Socialista entonces en el poder. Y es que en junio se acababa de desatar una tormenta. Tras una década de existencia marginal, el antecesor del Rassemblement National, el Front National, liderado por un ex paracaidista acusado de haber practicado la tortura durante la guerra de Argelia, Jean-Marie Le Pen (padre de Marine, sí), acababa de obtener un 11% en las elecciones europeas. Un resultado sin precedentes en una democracia occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial (con las salvedades de Italia y Dinamarca). ¿Quiénes eran, pues, esos «cuates» con quienes no había que meterse? Básicamente, los árabes, los hijos de los inmigrantes que habían llegado a Francia en los años cincuenta y sesenta para trabajar en las grandes empresas nacionales de la industria automovilística y de la construcción. Los que no les tenían simpatía los llamaban «ratons». De ahí que organizaran «ratonnades», es decir cacerías contra argelinos y otros magrebíes. Pensándolo bien, no hacía falta un valor excepcional para llevar la manita amarilla en la periférica Facultad de Letras de Nanterre, mi guarida de rojillos y holgazanes. Allí no había fascistas, o, si los había, se escondían muy bien. Los fachas estaban lejos, en Assas, la gran facultad de Derecho de París. Se contaba que los del GUD, su brazo armado, realizaban redadas a golpes de bate de béisbol y puño americano. GUD sonaba gracioso, a medio camino entre lo gutural y lo bárbaro. Gracioso y distante. Me imagino tu cara de consternación. Entiéndenos: llegábamos más de quince años después de la generación de mayo del 68, que, precisamente desde Nanterre, había querido cambiar el mundo y cambiar la vida. ¿Qué gran proyecto teníamos nosotros? Ya no creíamos en la Gran Noche, pero el reformismo no pintaba nada mal. Un presidente socialista, François Mitterrand, elegido en 1981, había cumplido desde el principio sus promesas electorales: abolición de la pena de muerte, jubilación a los 60 años, quinta semana de vacaciones pagadas, semana laboral de 39 horas… Poco nos faltaba para dejarnos llevar por una feliz indolencia. La aparición del Frente Nacional nos despertó y nos proporcionó la causa que nos faltaba: sería el antirracismo. Haríamos que el racismo fuera socialmente vergonzoso y convertiríamos a Le Pen —Jean-Marie— en una reliquia del pasado. Sí, nos lo creíamos. El programa de Marine Le Pen prevé, entre otras cosas, suprimir o restringir en gran medida el derecho de suelo (uno de los principios de la tradición republicana francesa) y facilitar la expulsión de los extranjeros en situación irregular. Recientemente, tras haber acuñado la expresión «Français de souche» –«franceses de pura cepa»–, la extrema derecha ha introducido en el vocabulario del debate público su supuesto antónimo: «franceses de rama». Una rama, huelga decirlo, se puede sacudir con fuerza, hasta que caigan los ciudadanos de segunda. También se puede cortar. Siento abrumarte con malas noticias. Pero no te me desesperes. Como verás en el clip de Air France del que te hablaba más arriba, también hay en Francia gente de buen conformar, siempre dispuesta a echar una mano al vecino para que se coloque bien la mascarilla de oxígeno. Los hay incluso tan alegres que, como si estuvieran en un musical del gran Jacques Demy, hacen bailar las maletas en el aire antes de guardarlas en los compartimentos destinados a tal efecto. Ya ves, no está todo perdido. Te mando un fuerte abrazo. Pórtate mal y pásala bien. Raphaël Raphaël Laiguillée, es un escritor francés. Último libro publicado: Le Bel âge (Gallimard, 2023) raphael.laiguillee@gmail.com