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    Jueves | 5 Nov, 2026, 11:31

    CURIOSIDADES NOVOHISPANAS | La Gaceta de México

    La Gaceta de México desaparece sin previo aviso y sin ningún género de explicaciones tras su sexta entrega mensual, en junio de 1722. Aunque las hipótesis al respecto son diversas, ninguna ha podido arrojar cabal luz sobre el hecho

    Sergio J. Monreal / Colaborador de La Voz de Michoacán

    Juan Ignacio de Castorena desplegó a lo largo de su vida un perfil multifacético dentro de casi todos los ámbitos de la jerarquía religiosa. Nacido en 1668, su nombre completo era Juan Ignacio María de Castorena Ursúa Goyeneche y Villarreal. Proporcional amplitud tiene su currículum, que inicia como estudiante de filosofía en el colegio jesuita de San Ildefonso y culmina como Obispo de Yucatán, reuniendo en el camino blasones tales como el de Doctor en Teología por la Universidad de Ávila, capellán de honor de Carlos II, racionero de la Catedral Metropolitana, rector de la Real y Pontificia Universidad de México, comisario del Tribunal de la Cruzada y calificador de la Inquisición. La gloria futura que el destino le tenía deparada, descansa sin embargo en dos empresas más bien ajenas a su carrera burocrática y pía: por una parte, la edición en Madrid de Fama y obras Pósthumas de Sor Juana Inés de la Cruz (1700), fruto de su admiración por, su defensa de, y su amistad con la célebre monja jerónima; por otra, entre enero y junio de 1722, la primera época de la Gaceta de México.

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    El proyecto de la Gaceta de México se inserta en lo que Iván Escamilla González, Doctor en Historia por la UNAM, identifica como el gradual establecimiento de una opinión pública novohispana a la manera dieciochesca, a través de la controversia, el acceso a la información y la democratización de la nueva sociedad letrada. Aun cuando tales manifestaciones se dieran dentro del margen permitido y la estricta vigilancia de los poderes políticos y eclesiásticos, no deben minimizarse ni su vigor ni su alcance, así como tampoco su importancia como fuentes de las cuales abrevaría a la postre el impulso independentista.

    Resulta claro que ni la corona ni la autoridad virreinal tenían en 1722 demasiado interés por el proyecto de un órgano informativo periódico en tierras novohispanas. La posición y las relaciones de Castorena y Ursúa allanaron el camino para que pudiera echar a andar su proyecto, pero no le granjearon el respaldo oficial que acaso hubiera cabido esperar, indispensable para la rentabilidad y la supervivencia de cualquier gaceta de la época. El experimento duró seis meses.

    Desde una perspectiva actual, la primera Gaceta de México parece a menudo un proyecto orientado más hacia la historia que hacia el periodismo. Su propia idea y diseño apuntan en dicha dirección. Cada número mensual independiente está concebido para después integrarse en un solo volumen como colección completa. Es decir, la noticia no está pensada ahí todavía como un producto de oportunidad para consumirse y desecharse en lo inmediato, sino como testimonio pertinente para memoria y recuento futuros. Característica compartida por toda la prensa mundial del momento, pero que en el caso de México arraigará de manera singular y perdurable. 

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    El aporte de la Gaceta de Castorena para la historia de la literatura nacional poco tiene que ver con los contenidos que incluyó, por completo alejados de las llamadas bellas letras. Los libros enlistados en sus páginas como novedades, fueron prácticamente todos de tema religioso. Su importancia literaria radicó antes bien en sentar las bases primeras de un nuevo enfoque y estilo de escritura, así como en el hecho mismo de su publicación.

    Más allá de los editoriales donde se abundaba en la conveniencia y los méritos de este tipo de medios de información, su contenido estaba íntegramente consagrado a las noticias, agrupadas cronológicamente, sin criterios suplementarios, de acuerdo con el lugar del cual procedieran. Castorena aprovechó y replicó la experiencia de otras gacetas para el acopio y ordenamiento de la información. Tratándose de noticias del virreinato, echaba mano de funcionarios informantes a manera de corresponsales en las diversas demarcaciones eclesiásticas y civiles a su alcance; tratándose de noticias internacionales, se limitaba a replicar materiales aparecidos en otras gacetas, pero también documentos oficiales, correspondencia privada y testimonios orales llegados por barco desde ultramar. Proliferan por supuesto la constancia de nombramientos institucionales de todo tipo, los recuentos de festividades religiosas realizadas y las actividades sociales de los principales personajes de la élite local.

    La Gaceta de México desaparece sin previo aviso y sin ningún género de explicaciones tras su sexta entrega mensual, en junio de 1722. Aunque las hipótesis al respecto son diversas, ninguna ha podido arrojar cabal luz sobre el hecho. Enconadas descalificaciones y crueles burlas emitidas desde el anonimato se habían lanzado contra la publicación durante aquellos meses; la carestía y escasez de papel seguía siendo un mal endémico para la Nueva España; además, debía ser difícil compaginar la diversidad de responsabilidades de Castorena y Ursúa como funcionario eclesiástico con las demandantes exigencias de un proyecto donde era a la vez recopilador, clasificador, editor y redactor.

    La Gaceta de Castorena fue publicada por la imprenta de los herederos de la Viuda de Miguel de Ribera y Calderón, una de las más importantes de México durante el siglo XVII; no parece que fuera de las tareas de composición e impresión tipográfica haya habido de su parte alguna otra clase de participación editorial. Lo cual establece una primera distinción con lo que sería la segunda época de la Gaceta de México. Su impresor inicial, José Bernardo de Hogal, ya había estado reimprimiendo por cuenta propia la Gaceta de Madrid en la capital novohispana a lo largo de 1727, bajo el título Gaceta nueva de Madrid. Luego prologaría los primeros compendios anuales encargados de reunir en volumen los números mensuales de la nueva Gaceta de México, aparecidos a partir de enero de 1728; explicando y ponderando con amplitud el papel de estas publicaciones, aun cuando el editor y responsable propiamente dicho fuera el sacerdote Juan Francisco Sahagún de Arévalo.

    El vínculo y la reversibilidad entre periodismo e historia, propio de la época y ya señalado en el caso de Castorena, se acentuará más todavía bajo Sahagún, quien en 1733 recibe del Cabildo y el Ayuntamiento el nombramiento como primer historiador y cronista de la Ciudad de México. Pero Sahagún conseguirá sobre todo madurar notablemente el oficio periodístico de la Gaceta, en ámbitos que abarcan por igual las tareas que en la época moderna corresponderían respectivamente a las jefaturas de información y redacción. Tomando como base el mismo exacto modelo de Castorena, Sahagún contó con algo de lo que su predecesor no pudo disponer: tiempo. La segunda época de la Gaceta de México se extenderá desde 1728 hasta 1742; con un intervalo de ausencia entre 1740 y 1741 por —otra vez— la carestía del papel. Esa longevidad de más de una década, pudo quizá deberse a una más franca y organizada vinculación con las instancias de poder, aunque sólo hasta su tercera etapa, casi medio siglo después, llegaría a erigirse como una suerte de portavoz de la autoridad virreinal. 

    Transcurriendo ya 1742, es decir el último año de esta segunda etapa, mudado el nombre original del impreso por el de Mercurio de México, a Sahagún se le ocurre rematar cada número con una adivinanza en formato de décima, a la cual denomina “Enigma”. ¿Por qué resulta importante destacar el hecho? Porque se trata de los primeros versos incluidos por una publicación periódica en la historia de nuestro país.

    La Gaceta de Sahagún dejará de publicarse sin que el proyecto vuelva a ser resucitado sino hasta 1784. Apelando a los tópicos inerciales habitualmente asociados en el imaginario colectivo al México virreinal, podríamos pensar que tan dilatado plazo obedeció a algún género de prohibición o de censura. Las experiencias ya relatadas de Juan Ignacio Castorena y Juan Francisco Sahagún, así como las que tocaría a su turno vivir a Manuel Antonio Valdés, sugieren que se debió en cambio a la carencia de estímulos, la dificultad logística y las penalidades materiales que proyectos de esta naturaleza debían arrostrar. A partir de los datos existentes, nada sugiere que en los retrasos, las interrupciones y las súbitas desapariciones de las dos primeras gacetas mexicanas, hayan tenido que ver algo las amonestaciones, las protestas, las intrigas, ni mucho menos la acción directa de ninguna instancia gubernamental o eclesiástica. Los impresos se redactaban desde un acatamiento natural de lo permitido y lo no permitido, se sabían bajo el escrutinio ordinario de los mecanismos de censura, incluían por norma obsequiosas dedicatorias a la autoridad. Y a la alta jerarquía virreinal no tenía por qué desagradarle el rol oficioso que en materia informativa y publicitaria cumplían esas nacientes manifestaciones de la prensa periódica. No haría nada para responsabilizarse de su aparición —siempre sujeta a la iniciativa debidamente autorizada de algún particular—, pero se complacería de cuanto servicio y prestigio pudieran brindarle.

    Hasta que la guerra de independencia viniera a trastocar el orden de las cosas. En 1810, la Gaceta de México será “expropiada” y rebautizada como Gaceta del Gobierno, convirtiéndoseen órgano oficial del bando realista.

    Sergio J. Monreal, escritor galardonado con diversos premios nacionales e internacionales, ha publicado quince volúmenes individuales, en los géneros novela, poesía, cuento, dramaturgia y ensayo.

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