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    Jueves | 5 Nov, 2026, 12:34

    EL TALLER BLANCO | Apollinaire: el poeta bajo el signo de la aventura

    Hace más de dos lustros, cuando leí «Zona» en aquella edición crítica coordinada por Víctor Manuel Mendiola con la traducción de Marco Antonio Campos, la interrogante sobre la totalidad de su obra se volvió urgente: necesité internarme a fondo en la poesía de este autor tan abrasador como determinante para el devenir del siglo XX

    Miguel Cansino Assens / Colaborador de La Voz de Michoacán

    Para mí, la poesía de Guillaume Apollinaire ha sido siempre una novedad permanente, un deslumbramiento en movimiento y una influencia perdurable. Sin embargo, durante mucho tiempo su presencia en mis lecturas fue más bien periférica o fragmentaria: habitó en las traducciones tutelares de Octavio Paz y Homero Aridjis, o en esa versión memorable de «Zona» vertida por Marco Antonio Campos. El volumen de su Poesía, traducido por Agustí Bartra y publicado por Joaquín Mortiz en 1967 dentro de la colección «Los nuevos clásicos», fue durante años una edición que se me escapaba de las manos. Hallar hoy un tomo de esa estirpe es casi una empresa imposible: se trata de una obra de culto, convertida ya en un clásico bibliográfico que solía desaparecer con suma facilidad de las bibliotecas públicas. Su altísimo valor en el mercado fue la razón principal por la que no lograba acceder a él. Hay que reconocerlo: el deseo de tocar y leer estos volúmenes excepcionales tropieza a menudo con el muro del costo económico, pues los libreros los destinan a coleccionistas con precios prohibitivos. En ese terreno aprendí a cultivar la paciencia, a esperar en calma hasta que un día el ejemplar correcto llegara a mis manos para poder degustar sus páginas con la máxima pasión.

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    Ese día finalmente ha llegado: encontré el libro en la 5.ª Feria Internacional del Libro y la Lectura de Morelia. La sorpresa de esta aproximación ha sido doble. Por un lado, el prólogo de Bartra despliega con maestría el itinerario vital y la personalidad fascinante del poeta; por el otro, el Bestiario o Cortejo de Orfeo aparece ilustrado nada menos que con treinta dibujos de Juan Soriano, convirtiéndose así en una joya editorial de la que no tenía noticia y que resulta una revelación deslumbrante para cualquier bibliófilo. Ver dialogar la ironía sutil y la brevedad zoológica de Apollinaire con el trazo orgánico, libre y casi mitológico de Soriano es asistir a un cruce secreto entre la vanguardia europea y la tradición de la plástica mexicana. Desde sus primeras páginas, el libro se ofrece como una puerta de entrada a esa compleja «tragedia poética» que define la obra del autor francés.

    Quizá deba precisar que, tiempo atrás, recuerdo haber leído poemas deslumbrantes como «El músico de Saint-Merry», «El puente Mirabeau» o «La linda pelirroja» preguntándome siempre a qué zona de aquel laberinto lírico pertenecían: si formaban parte de la arquitectura de Alcoholes, de los despliegues de Caligramas o si eran piezas dispersas en el aire. Abrir este tomo y explorarlo es comprender que toda su obra habita en un vaso comunicante. En Alcoholes, la melancolía no es un peso estático, sino una marea: el río Sena que corre bajo el puente de la memoria mientras las horas pasan y los amores se van, la angustia del hombre moderno que camina por París sintiendo que la antigüedad y el futuro colisionan en la misma calle. Hay allí un lirismo elegíaco que canta a la tristeza, donde Apollinaire se desnuda como el gran caminante del siglo.

    Por su parte, al adentrarme en Caligramas, el poema abandona la línea tradicional para volverse geometría viva, dibujo de voz, constelación o lluvia que cae de forma oblicua sobre la página. Apollinaire no solo escribió sobre la modernidad: la hizo forma, cuerpo tipográfico, artefacto visual. Pero tras la audacia de los caligramas y la invención formal —incluso entre las sombras amargas de la Gran Guerra y el humo de las trincheras—, lo que permanece intacto es la ternura, esa capacidad de cantar al amor desdichado con una delicadeza que estremece. Ese elegante erotismo, entre sensual y provocador, se vuelve llama inagotable en sus versos.

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    Hace más de dos lustros, cuando leí «Zona» en aquella edición crítica coordinada por Víctor Manuel Mendiola con la traducción de Marco Antonio Campos, la interrogante sobre la totalidad de su obra se volvió urgente: necesité internarme a fondo en la poesía de este autor tan abrasador como determinante para el devenir del siglo XX. Entonces comprendí la síntesis que nos propone Campos, quien —desde su madurez como traductor y su profunda conciencia de poeta— nos entrega en «Zona» una clave para volver a pensar el «nuevo espíritu» inaugurado por Apollinaire, invitándonos a emparentarlo con aquellos grandes escritores mexicanos que supieron que lo universal es siempre un lugar pequeño, un instante de luz y una lección inagotable.

    Así que, en este otoño prodigioso, impulsado por la fuerza de una exploración madura, definitiva e integral, me entrego a la lectura de estos poemas. Voy al encuentro de todos aquellos versos que, articulados bajo un mismo rigor y una misma pasión, elevan su tono y sus ritmos hasta afirmar la voz inconfundible de este clásico moderno. Se cumple aquí un hermoso efecto de lectura circular: al colocar al poeta bajo el signo de la aventura, evoco la célebre tensión entre el Orden y la Aventura que Apollinaire inmortalizó en «La linda pelirroja». Al leer este poema en las versiones a mi alcance, prefiguro mi propio itinerario: el deseo que aguarda pacientemente durante años, el hallazgo finalmente encarnado en el volumen recuperado y el regreso enriquecido a la poesía leída en la juventud. El título deja de ser así un mero rótulo para convertirse en el punto de partida y de llegada de una travesía espiritual y estética.

    Para escuchar con plenitud la modulación de esa voz, resulta inevitable invocar la estrofa final de aquel poema testamentario, donde el poeta ruega la benevolencia del futuro frente a la llegada de la madurez:

    Llega ya el verano la estación violenta

    Y mi juventud ha muerto como la primavera

    Oh Sol es el tiempo de la Razón ardiente

    Y espero

    Para seguirla siempre la forma noble y dulce

    En que encarna para que la ame solamente

    Llega y me atrae como el imán al hierro

    Tiene el encantador aspecto

    De una adorable pelirroja

    Diríase que sus cabellos son de oro

    Un bello relámpago que dura

    O bien esas llamas que se pavonean

    En las rosas de té que se marchitan

    Pero burlaos burlaos de mí

    Hombres de todas partes sobre todo la gente de aquí

    Porque hay tantas cosas que no me atrevo a deciros

    Tened piedad de mí

    Esa «Razón ardiente» apollinairiana —que no es la fría lógica evidente, sino la lucidez solar transfigurada por la pasión— inaugura una poética donde la juventud deja paso a la plenitud estival, violenta y fecunda. Antes de adentrarnos en la fuerza directa de estos versos, conviene demorarse en un eco decisivo: «La estación violenta» es ya una referencia canónica en la poesía hispanoamericana. Es el título del libro fundamental que Octavio Paz publica en 1958 (e integra en Libertad bajo palabra en 1960), donde se halla su magistral «Piedra de sol». El cruce no es fortuito: Paz toma de Apollinaire no solo el hallazgo del título, sino la intuición del tiempo como un ciclo de ardor, destrucción y renacimiento. Al igual que el poeta francés ve en los cabellos de la pelirroja «un bello relámpago que dura», Paz buscará la instantánea de lo eterno en el poema circular.

    Así, la lectura de Apollinaire no se agota en su época; reaparece como una herencia viva que cruza el Atlántico para nutrir la tradición crítica y lírica de nuestra lengua. Se confirma que toda verdadera lectura es un diálogo entre tradiciones y generaciones que se reconocen en la distancia. Y es bajo ese deslumbramiento donde cobra pleno sentido releer estos versos en la célebre versión de Agustí Bartra: esta poesía deja en los labios el sabor puro del placer. Por eso celebro la alegría infinita de leer a Apollinaire en este inicio de otoño prodigioso, en sintonía con su estilo natural, con su lluvia de deseo y con esa exploración del lenguaje que nos hace sentir, intacta, la gran presencia de su poesía.

    Miguel Cansino Assens (León, Guanajuato, 1983) es poeta, ensayista y editor. Cofundador de La escritura oblicua. Su poesía y ensayos indagan en el erotismo y la heteronimia; ha publicado en medios locales y nacionales y desarrolla actualmente el proyecto ensayístico y poético El taller blanco.

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