Jorge Orozco Flores, colaborador La Voz de Michoacán Mozart y Haydn; Beethoven y su Séptima; Miguel Bernal Jiménez, Gerhart Muench, Tarsicio Medina Reséndiz, Felipe León, Manuel Cerros, Ellen Finks, Helen Wolff, Víctor Martínez, Betsy Pecanins, Kurt Redel; Leonard Gershe, Virgilio Piñera, Ramón María del Valle-Inclán; Arturo Guízar, Mirna Beatriz, Augusto Benedico, Carlos Ancira, Germán Robles, José Manuel Álvarez, José Tamayo, Antonio Jairo, Benjamín Peña; Bienvenido Cid Villa, Bernardo Villarreal, José Clemente Orozco, Luis Palomares, Cha Cházaro, Maya, Alejandro Delgado, Roberto Baltazar, Sergio Frías, Carmen Flores, Joaquín Hernández, Jesús Herrera, José Carlos Herrera, Héctor Gaona: todos ellos, en agosto y septiembre de 1980, cruzaron el umbral de Morelia para dejar su huella, unos con trompetas que desafiaban la noche, otros con esperpentos que deformaban espejos, y muchos más con trazos que ardían o se desvanecían en acuarela. Teatro Ocampo, Casa de la Cultura, auditorio de la Casa de la Cultura, Agora-FONAPAS, Galería de Arte “Picasso” en el jardín Las Rosas, Museo de Arte Contemporáneo, Museo Regional Michoacano, Parque Infantil FONAPAS–Morelia–150: estos fueron los escenarios, modestos y solemnes a la vez, donde la ciudad de aquel verano se permitió el lujo de ser, por unas semanas, un universo de sonidos, palabras y colores que no pedían permiso para entrar, ni cobraban caro por quedarse en la memoria. Morelia respira música En la capital de aquel verano, la música no pedía permiso para entrar. Llegaba puntual, a las ocho y media de la noche, al Teatro Ocampo, o se colaba gratis por las puertas abiertas de la Casa de la Cultura. Era un agosto sin pretensiones, pero con una dignidad callada: la ciudad se daba el lujo de escuchar lo mejor que podía permitirse. El viernes 8, la Orquesta Sinfónica de Michoacán, bajo la dirección de Tarsicio Medina Reséndiz, inauguraba su XIX Temporada de Otoño con un programa que ya olía a exigencia: la obertura “Don Juan” de Mozart abría el telón, seguida del Concierto para trompeta de Haydn con Felipe León como solista —el instrumento brillaba con esa mezcla de nobleza y desafío que solo un buen trompetista puede sostener bajo las luces tenues del teatro—. La segunda parte traía la Sinfonía No. 45, la célebre Farewell de Haydn, esa que despide a los músicos uno a uno hasta dejar solo al director y el silencio. Precios populares: accesibles para el sueldo de maestro, el estudiante y la familia que quería salir de la rutina sin arruinarse. Una semana después, el 15, la misma orquesta y el joven director —Tarsicio Medina Reséndiz, siempre sereno, siempre preciso— volvían al escenario. Esta vez el plato fuerte era la Sinfonía No. 7 en La mayor de Beethoven, esa página que hace vibrar el pecho como pocas. Antes, la obertura “Coriolano” y un Concierto para tuba con Manuel Cerros como solista, un momento poco frecuente que convertía la velada en acontecimiento. Nuevamente, precios populares. La ciudad entendía: la buena música no tenía por qué ser privilegio. Pero no todo era abono ni boleto. La música también llegaba sin pedir nada a cambio. El 5 y el 9 de agosto, en el auditorio de la Casa de la Cultura, la Banda de Música de Policía y Tránsito ofrecía audiciones abiertas al público. Familias enteras, muchachos con jeans y tenis, señoras con rebozo, se sentaban a escuchar marchas, danzones y algún vals que todavía recordaban de otra época. Era la banda de siempre, con sus uniformes impecables y sus instrumentos que habían visto mejores días, pero que tocaban con el orgullo de quien sabe que está sirviendo a su gente. El jueves 14, en el mismo auditorio, dos flautistas estadounidenses —Ellen Finks y Helen Wolff— junto al pianista Víctor Martínez, trajeron un recital íntimo y exigente: Kuhlau, Hindemith, Doppler y el siempre peligroso Berlioz. Entrada libre otra vez. Quienes asistieron recuerdan el aire fresco que entraba por las ventanas entreabiertas y el sonido cristalino de las flautas dialogando como si estuvieran en una sala de Viena, no en el corazón de Michoacán. Y luego estaba el Agora-FONAPAS. El 29 de agosto, a las ocho en punto, Betsy Pecanins —voz cálida, presencia que llenaba el espacio— cantó junto a un conjunto de guitarras y vientos. Música latinoamericana, música nacional. Cooperación: quince pesos. No era mucho. Pero quien pagó sintió que estaba colaborando, no comprando. En medio de todo eso, a finales de agosto, llegó al Teatro Ocampo la Orquesta de Cámara Proarte de Múnich, dirigida por Kurt Redel. El alemán traía consigo los elogios de medio mundo: el Times de Nueva York hablaba de ritmos precisos y virtuosismo de primer orden; en Madrid, el diario “Arriba”, alababa la pureza de estilo en Bach; en París, Claude Rostand se rendía ante la personalidad del maestro y el ambiente que creaba su orquesta. Morelia, que no siempre se sentía centro del universo, esa noche sí lo fue. Así fue agosto en la Morelia de 1980: con sinfonías que se despedían de sus músicos, flautas que hablaban en susurros, trompetas que desafiaban la noche y una ciudad que, sin hacer mucho ruido, se permitía soñar con lo grande a precio de pueblo. La temporada no terminaría sin que dos gigantes locales se encontraran: Miguel Bernal Jiménez y Gerhart Muench. El viernes 12 de septiembre de 1980, el Teatro Ocampo se vistió de gala para acoger el último concierto de la Temporada de Otoño de la Orquesta Sinfónica de Michoacán, bajo la batuta del director titular Tarsicio Medina Reséndiz. A las 20:30 horas, con precios populares que invitaban a todos los morelianos a participar, se desplegó un programa de una profundidad que bien resume el espíritu de esta tierra: sensibilidad europea entrelazada con el pulso mexicano más auténtico. La velada abrió con el melancólico "Vals Triste" de Jean Sibelius, esa pieza que parece susurrar los anhelos de un otoño que nunca termina. Luego vino el momento estelar para el piano: el Concierto para Piano y Orquesta en La Mayor op. 54 de Robert Schumann, interpretado como solista por el maestro Gerhart Muench. Aquel pianista alemán que había hecho de Tacámbaro su refugio y de Morelia un espacio de enseñanza y creación vertió en las teclas toda su maestría y su larga trayectoria, esa que lo había llevado desde los escenarios de Dresde hasta convertirse en uno de los pilares de la interpretación contemporánea en Michoacán. Su presencia en el teclado era un puente vivo entre tradiciones: la precisión germánica y la calidez que había aprendido a amar en esta tierra. Y como cierre, un broche de oro puramente michoacano: la "Sinfonía México" del maestro Miguel Bernal Jiménez. Aquella obra, nacida del nacionalismo que dio vida a piezas como “Tata Vasco” o “Tres Cartas de México”, resonaba en el teatro con la fuerza de quien supo capturar el alma de un país entero en sonidos. Bernal Jiménez, hijo predilecto de esta ciudad que lo vio nacer y formarse, seguía presente en cada nota, recordándonos que su legado no se mide solo en partituras, sino en la manera en que enseñó a generaciones enteras a sentir la música como algo profundo. Aquella noche de septiembre, entre los aplausos que no cesaban y el eco aún vibrante de la orquesta, quedó claro, una vez más, por qué Morelia respira música: porque en su historia se cruzan genios como Muench y Bernal Jiménez, y porque eventos como este, sencillos, siguen recordándonos que la cultura local no es un adorno, sino el latido de la ciudad. Morelia enciende sus tablas Mientras la música aún resonaba en los oídos, el teatro decidió tomar el relevo. No llegó con fanfarrias ni promesas de glamour; llegó con el olor a polvo de escenario, a maquillaje y a madera vieja del Teatro Ocampo. Llegó como quien sabe que la ciudad, entre sus piedras labradas y sus silencios, necesita mirarse en un espejo deformado para reconocerse. El 31 de agosto, a las nueve en punto de la noche, la Compañía de Teatro Clásico de la Casa de la Cultura levantó el telón con “Las Mariposas son Libres” de Leonard Gershe. Una historia sencilla, casi tierna: un joven ciego que quiere volar, una vecina que lo empuja al mundo, una madre que lo ata con amor y miedo. Cooperación de setenta pesos. No era barato, pero en Morelia de entonces setenta pesos compraban la ilusión de que la libertad, aunque frágil como una mariposa, podía posarse en cualquier butaca. Una semana después, el domingo 7 de septiembre, el mismo Teatro Ocampo se llenó de un pánico distinto, más hondo, más absurdo. “Dos Viejos Pánicos”, de Virgilio Piñera —premio Casa de las Américas—, llegó con la Compañía de Teatro de la Casa de la Cultura, dirigida por José Manuel Álvarez. Arturo Guízar y Mirna Beatriz encarnaron a esos dos viejos —Tota y Tabo— que juegan a morir una y otra vez porque la muerte real les da terror. Se disfrazan de cadáveres, ensayan su propia desaparición, ríen con muecas grotescas mientras el miedo les come las entrañas. Funciones a las seis y a las nueve de la noche. Precios: setenta y cuarenta pesos. Los que pagaron los cuarenta se sentaron en las sombras del paraíso; los de setenta, más cerca del abismo que los actores representaban. Y salieron con la sensación de haber visto algo que no se explica fácil: el espejo más cruel que la ciudad podía permitirse. Pero si hubo una noche en que Morelia se sintió esperpéntica, fue el lunes 8 de septiembre. “Luces de Bohemia”, la provocación mayor de Ramón María del Valle-Inclán irrumpió en el Teatro Ocampo con un montaje que parecía imposible: cuarenta actores en escena, bajo la dirección del español José Tamayo. Augusto Benedico, Carlos Ancira y Germán Robles —tres nombres que pesaban en el teatro mexicano— lideraban el desfile de bohemios, mendigos, policías y fantasmas de una España degradada que, de pronto, se parecía demasiado a cualquier calle de México. Funciones a las seis y a las nueve. Boletos: siete y cuarenta pesos. Por esa entrada se podía bajar al infierno del esperpento, ver cómo Max Estrella y Don Latino arrastraban su miseria entre faroles rotos y conversaciones que cortaban como navajas, y salir preguntándose si el mundo no era, en efecto, un enorme espejo cóncavo. No todo quedaba confinado al Ocampo. Un jueves de agosto, en el auditorio de la Casa de la Cultura, el Grupo de Pantomima de FONAPAS, dirigido por Antonio Jairo, trajo silencios elocuentes, cuerpos que hablaban sin palabras. Y el domingo, a mediodía, en el Parque Infantil FONAPAS–Morelia–150, otra pantomima bajo el mismo director, con cooperación de apenas tres pesos. Familias con niños, parejas sin mucho dinero, se sentaban en el pasto a ver cómo el cuerpo contaba historias que las palabras no alcanzaban. Mientras tanto, en el salón anexo al templo de San Francisco de Pátzcuaro, Benjamín Peña debutaba como director con “Los Albañiles” de Vicente Leñero, el 8 de agosto. Un grupo novel, prometedor, que levantó la obra como quien levanta un edificio: capa a capa, revelando las grietas de la corrupción, la culpa y la clase obrera mexicana. Así fue el teatro michoacano de 1980: con viejos que jugaban a morirse de miedo, bohemios que morían de verdad en el espejo del esperpento, mariposas que luchaban por volar y actores locales que, con setenta, cuarenta o apenas siete pesos, recordaban a una ciudad que la cultura no era un lujo, sino una forma digna —y a veces dolorosa— de mirarse a sí misma. Morelia pinta Mientras la música se despedía en acordes y el teatro dejaba ecos de esperpentos en el aire, las artes plásticas tomaron el relevo en silencio, pero con la fuerza de quien sabe que una imagen puede durar más que cualquier nota o montaje. En la Morelia de aquel verano que se resistía a morir, los muros se volvieron lienzos, los pasillos galerías y las salas espejos de un México que aún buscaba su rostro entre lo nuevo y lo eterno. En la Casa de la Cultura, el público entraba gratis y salía con los ojos llenos. “Nuevos valores” traía los pasteles y gises de los alumnos de “La Esmeralda”, trazos espontáneos, casi infantiles, que rebosaban frescura y promesa. Más allá, “Un sentimiento fácil”, los dibujos geométricos de Bienvenido Cid Villa, precisos como un cálculo, y los pirograbados de Bernardo Villarreal, que quemaban la madera para revelar formas vivas. Pero el golpe mayor llegó con las cuarenta obras de José Clemente Orozco: dibujos en tinta china, pasteles, óleos, al carbón, litografías y agua fuerte. Un despliegue vasto de un gigante que seguía hablando con voz de trueno. Sus figuras dolientes, sus mensajes sociales que no necesitaban explicación, llenaron las salas de 10 de la mañana a 8 de la noche. Entrada libre. Y la gente iba, volvía, se detenía largo rato frente a cada pieza, como si el muralista les recordara que el arte verdadero no pide permiso para herir. El Museo de Arte Contemporáneo abrió sus puertas también sin cobrar un peso. El grupo “Puente” mostraba estilos personales en dibujos y pinturas; luego, el viernes 15 de agosto a las ocho de la noche, tres inauguraciones que marcaron la quincena. Luis Palomares, con sus 25 paisajes llamados “Inquietudes”, geométricos y llenos de color, un michoacano de Huaniqueo que había aprendido en la Escuela Popular de Bellas Artes. Cha Cházaro traía 25 fotografías a color, grafistas de alto contraste e infrarrojo, una visión alterada de lo cotidiano que obligaba a mirar dos veces. Y el grupo “Expectro”, con 80 fotografías de Sergio Frías, Carmen Flores, Alejandro Delgado, Joaquín Hernández, Jesús Herrera, José Carlos Herrera y Héctor Gaona: temas variados, pero unidos por una calidad que no perdonaba mediocridad. En la Galería de Arte “Picasso”, en el jardín de Las Rosas, Maya —la suiza que había estudiado arquitectura en Zúrich y la técnica del batik— desplegaba sus tapices desde el 1º de agosto. Texturas, colores que fluían como el río Limmat, con un cariño evidente por el país que la había adoptado. Entrada libre. Más adelante, el 14, Alejandro Delgado mostraba 18 dibujos: “Contrafiguraciones”, cuerpos desnudos donde la geometría del fondo dialogaba con la carne viva, sensibilidad que rozaba lo erótico sin caer en lo fácil. En el Museo Regional Michoacano, la novedad era una nueva sala permanente del siglo XVI: pinturas, códices que completaban la visión colonial junto a las del XVII y XVIII, muebles, objetos, la vida misma de la antigua Valladolid. La sala de arqueología purépecha seguía impresionando. Acuarelas de Roberto Baltazar —paisajes michoacanos, no los espectaculares, sino los parajes olvidados, abandonados— cerraban el círculo. Así fue aquel verano plástico: con Orozco recordando que el arte puede ser un puñetazo social, con jóvenes explorando geometrías y cuerpos, con fotógrafos que reinventaban la mirada, con una ciudad que, entrada libre o con unos cuantos pesos, se permitía el lujo de contemplar lo que sus propios hijos —y los gigantes prestados— eran capaces de crear. En este tiempo, cuando miramos atrás, esas exposiciones siguen ahí, intactas en la memoria. Baja el telón del tiempo Y así, entre tubas que resonaban graves como despedidas, flautas que competían con el aire fresco, guitarras que acompañaban voces cálidas, cortinajes ansiosos, maquillaje que corría entre muecas grotescas, faroles rotos de esperpento, cuerpos mudos de pantomima, pasteles que se deshacían en los dedos, gises que rayaban la espontaneidad, pirograbados que olían a madera quemada, tintas chinas que sangraban en el papel, acuarelas que se diluían en paisajes olvidados, buriles que arañaban el cobre y litografías que multiplicaban el dolor social. Así, Morelia de 1980 se permitió ser, por unas semanas, un milagro accesible: quienes lo crearon con trompetas que cortaban la noche y lienzos que ardían, quienes lo acogieron con bolsillos modestos y curiosidad intacta, se sentaron en la butaca, en el pasto o frente al muro, salieron transformados —sin saber que cuarenta y cinco años después, creadores y público por igual, los que dieron y los que recibieron por siete pesos, quince o nada, perviven en el eco exacto de esa música, esas palabras y esos trazos que no se desvanecen. Jorge Orozco Flores, editó “Coloquio de circunstancias con Gaspar Aguilera” de Raúl Mejía, Morelia, 2018.