Escribir sobre monstruos siempre provoca ganas de escuchar. Hay algo en el miedo que nos llama de manera automática. Todos tenemos una disposición a sorprendernos, a escuchar aquello que sentimos, pero que muchas veces no nos atrevemos a decir. Escribir sobre el miedo es escribir sobre cosas extraordinarias: algunas reales, otras imaginadas. Pero también creo que escribir sobre el miedo puede ser uno de los actos más valientes que alguien puede hacer, porque no fuimos educados para mostrarnos vulnerables. En la naturaleza hay muchos ejemplos de esto. A veces, en un nido, el más débil puede caer y no necesariamente lo van a rescatar. En una camada de perros, el cachorro más débil quizá no alcance suficiente leche y puede no sobrevivir. La naturaleza muchas veces parece enseñarnos que la debilidad es peligrosa. Pero los seres humanos tenemos algo distinto. Tal vez nuestra cualidad más importante. Más incluso que la fuerza. Y creo que ahí está el verdadero motor de la sobrevivencia: el cuidado. Primero, cuidarse uno mismo. Me cuido de que no me pique un alacrán. Me cuido de no insolarme. Me cuido de no hacer algo que ponga en riesgo mi vida. Incluso aprendemos a comportarnos de cierta manera porque entendemos las consecuencias. Pero el verdadero acto cultural no es solamente cuidarse uno mismo. El verdadero acto cultural es cuidar del otro. Cuidar a tu hijo, a tu hija, a tu mamá, a tu papá, a tus hermanos, a tus amigos. Eso es profundamente humano. Y quizá por eso nos gustan tanto las historias de miedo. Porque las historias de terror, en el fondo, hablan del cuidado. Había un monstruo en la casa… y yo me escondía debajo de las cobijas. Aquí quizá no tenemos sótanos, pero sí tenemos azoteas, cuartos oscuros al fondo de la casa, patios silenciosos, pasillos largos, casonas antiguas, colonias cargadas de historias. Existe una arquitectura del miedo. Las historias de miedo son universales porque todos compartimos algo: el deseo de protegernos. Pero yo me pregunté algo: ¿qué sucedería si una noche aparece un monstruo en la habitación de un niño que dice “los monstruos no existen”… y en lugar de pelear, se ponen a platicar? Ahí sucede algo muy importante. Sucede la cultura. ¿Y qué es la cultura para mí? La escucha. Porque escuchar es el primer acto cultural. Cuando dejamos de escucharnos, cuando solamente discutimos, cuando se rompe la comunicación, aparece la sombra de lo monstruoso. Pero cuando vuelve la conversación, cuando escuchamos las razones de quien no conocemos y a quien le tenemos miedo, entonces lo monstruoso empieza a desaparecer. Este libro, Los monstruos no existen… ¿o sí?, nace de una historia muy personal y familiar. Mi familia está integrada por Marta, mi pareja, y Jade, mi hija biológica. Llevamos más de doce años juntos. Marta y Jade vienen de una familia del campo, del Estado de México, y yo crecí también en un contexto rural aquí en Morelia. Aunque había muchas diferencias, encontramos algo muy parecido: las historias de miedo. En mi caso, las historias de terror que se contaban en la huerta me fascinaban. Eran misteriosas, emocionantes, casi una aventura. Pero para Marta la experiencia era distinta. Ella, como muchísimas personas, fue educada bajo una cultura del miedo: el miedo al diablo, a las brujas, a los fantasmas. No era un miedo divertido o imaginativo, sino un ecosistema de inseguridades que marcaba la vida cotidiana. Jade heredó parte de eso. Cuando empezamos a vivir juntos, siendo ella todavía una niña, me decía que veía monstruos o que algo la asustaba por las noches. Y fue entonces cuando escribí un primer libro para colorear que se llama Ay nanita, ahí viene el coco. Originalmente lo hice para ella, para que pudiera nombrar aquello que le daba miedo. La idea era darle forma a eso invisible. Después entendí que el libro también podía servirle a otras niñas y niños. Pero lo más sorprendente fue descubrir que el impacto más fuerte terminó siendo entre los adultos. Porque esos escenarios de miedo no pertenecían solamente a la infancia de Marta, sino a toda una generación. Los monstruos no existen… ¿o sí? parte de una idea muy sencilla: los niños de hoy ya no creen en los monstruos. Y eso es buenísimo, porque significa que están más lejos de una cultura basada en el terror. Pero hay algo que ellos y nosotros seguimos compartiendo: la necesidad de cuidado. ¿Qué pasaría si un niño que no cree en monstruos, una noche, en el lugar más seguro e íntimo de su vida —su habitación—, se encuentra de pronto con uno? ¿Qué sucede después de que ocurre lo peor? ¿Qué conversación podría surgir entre un niño y un monstruo? ¿Por qué espanta? ¿Por qué come? ¿Por qué da miedo? No les voy a contar más para no arruinarles el cuento. Pero la respuesta que el libro propone tiene que ver con la escucha. Con sentarse a platicar. Ya lo he presentado en distintos espacios y con personas de edades muy diferentes. Y algo muy interesante ha sucedido: los niños disfrutan la historia, sí, pero los adultos empiezan inevitablemente a hablar de sus propios miedos. Entonces el libro deja de ser solamente un cuento infantil y se convierte en una conversación familiar. Los padres les cuentan a sus hijos qué les daba miedo cuando eran pequeños; los niños se sorprenden, se ríen y, sobre todo, sienten que no están solos. Lo más hermoso de los libros no es solamente lo que está escrito, sino lo que sucede alrededor de ellos: la conversación. Porque los monstruos sí existen. Existen cuando las personas dejan de comunicarse. Cuando un niño o un adulto no tiene con quién decir: “Mamá, tengo miedo”, “Papá, necesito hablar”, “Amigo, me siento solo”. Cuando no hay con quién compartir las experiencias de la vida, eso es lo verdaderamente monstruoso. Y entonces los monstruos, como sucede en este libro, también pueden ser seres que tienen miedo. Y los niños, que muchas veces entienden mejor el mundo que nosotros, son capaces de abrazarlos y cuidarlos. ¿Y cómo se cuida a alguien? Escuchándolo. José Luis Castillo González, es promotor de la lectura y de los derechos de las niñeces, escritor y locutor de radio. Ha colaborado en la Secretaría de Cultura de Michoacán, la Secretaría de Educación, el Sistema DIF y la Comisión Estatal de los Derechos Humanos. Es autor del poemario Vacas y navajas y del proyecto narrativo Ahí nanita, ahí viene el coco.