Yazmín Espinoza / Colaboradora de La Voz de Michoacán Cada año digo que no voy a ponerme triste durante la Noche de Muertos. Que esta vez voy a disfrutar los preparativos, las flores, el papel picado, el olor a copal y las visitas al panteón sin dejar que la nostalgia me gane. Y cada año, de una u otra manera, termino extrañando a mi mamá. Supongo que es inevitable. En Michoacán, estos días tienen una forma muy particular de acercarnos a quienes ya no están. Preparamos sus altares, colocamos sus fotografías, cocinamos lo que les gustaba, visitamos los panteones y nos detenemos a recordar. Durante unas horas, o quizá durante varios días, hacemos espacio para su regreso. Nos gusta pensar que vienen a visitarnos, que encuentran el camino de vuelta a casa y que, de alguna manera, vuelven a sentarse con nosotros. A mí me gusta creerlo. Voy al panteón, adorno su tumba, preparo el altar en casa y pienso que durante estos días mi mamá está un poquito más cerca. No es que el resto del año la olvide. Al contrario, aparece en momentos inesperados: cuando escucho una canción, cuando preparo algo que le gustaba, cuando encuentro un objeto suyo o cuando quisiera contarle alguna cosa que me pasó. Pero en estos días su ausencia adquiere otra dimensión. Es imposible no extrañarla y no desear, aunque sea por un instante, que nunca se hubiera ido. Este año, entre las fotografías, las flores y las veladoras, decidí poner uno de sus libros: Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Es un libro que muchas mujeres me han recomendado a lo largo de los años. Siempre he tenido curiosidad por leerlo, pero, por alguna razón, no me he atrevido a hacerlo. Este ejemplar, sin embargo, tiene algo que los demás no: está lleno de anotaciones de mi mamá. Cuando lo abrí para colocarlo en el altar, me encontré con sus subrayados, sus marcas en los márgenes, las partes a las que decidió volver y aquellas frases que quiso destacar. Me detuve a mirar su letra, a tratar de entender por qué había señalado ciertas páginas, qué había encontrado en esas palabras, qué le había provocado detenerse a escribir junto a ellas. Por unos momentos dejé de mirar el libro como un objeto que había pertenecido a mi madre y empecé a verlo como una ventana hacia la mujer que ella era. Porque una conoce a su mamá de una manera muy particular. La conoce desde el lugar de hija, desde los recuerdos de la infancia, las conversaciones familiares, los consejos, los regaños, las costumbres y todas esas pequeñas cosas que parecen definir una relación. Pero también hay una mujer detrás de esa figura. Una mujer con preguntas, inquietudes, deseos, miedos, contradicciones y búsquedas que no necesariamente compartió conmigo. Y ese libro me la mostró un poquito. Me abrumó pensar en todo lo que pudo haber encontrado en esas páginas, en las cosas que estaba trabajando dentro de sí misma, en las preguntas que quizá se hacía y en las respuestas que estaba buscando. Me dio curiosidad conocerla desde ese otro lugar. Y también sentí una especie de tristeza por todas las conversaciones que ya no podremos tener. Hay libros que llegan a nuestras manos para contarnos historias y otros que, sin proponérselo, terminan contándonos algo de las personas que los leyeron antes que nosotros. Hace tiempo leí La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, un libro que nació de la experiencia de la autora ante la muerte de su pareja y que, a partir del duelo, se convierte también en una reflexión sobre el amor, la memoria, la escritura y la vida de las mujeres. Montero entrelaza su propia experiencia con la historia de Marie Curie y sus diarios, y encuentra en ellos una manera de hablar de la pérdida sin reducirla únicamente al dolor. Me gusta esa posibilidad que tiene la literatura: acercarse a la muerte para hablar, en realidad, de la vida. De lo que fuimos, de lo que amamos, de lo que permanece cuando alguien se va. Pienso también en Hamnet, de Maggie O'Farrell, y en la manera en que una historia puede explorar el duelo de una madre, el silencio y las distintas formas en que cada persona atraviesa una pérdida. O en El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, donde la escritura se convierte en una búsqueda para recuperar la historia de una hermana y devolverle su nombre, su voz y su vida más allá de la violencia que terminó con ella. Son libros distintos, con pérdidas distintas, pero todos me hacen pensar en la necesidad que tenemos de contar a quienes ya no están. De no permitir que su historia se reduzca al momento de su muerte, ni que la ausencia termine ocupando todo el espacio que alguna vez llenó su vida. Quizá por eso me gustan tanto los libros que hablan del duelo. No porque encuentre en ellos una respuesta sobre cómo se supera una pérdida. Desconfío un poco de esa palabra, superar. Como si un día pudiéramos terminar de extrañar a alguien, guardar su recuerdo en algún cajón y continuar como si nada hubiera pasado. No creo que funcione así. Más bien aprendemos a vivir con la ausencia. A reconocerla en ciertas fechas, en algunas canciones, en las celebraciones familiares y en los momentos en que nos gustaría levantar el teléfono para contar algo. Aprendemos que el dolor cambia de forma, aunque no necesariamente desaparezca. Y que recordar también puede ser una manera de seguir queriendo. A veces pienso que, más allá de las tradiciones y de todo lo que significa la Noche de Muertos, hay algo profundamente humano en ese gesto de preparar un lugar para alguien que ya no está. En poner un plato, una fotografía, una bebida, un objeto querido. En decirle, aunque sea simbólicamente: aquí sigues teniendo un espacio. Este año, en mi casa, ese espacio también lo ocupó un libro. No sé cuándo voy a atreverme a leer Mujeres que corren con los lobos. Quizá necesite tiempo. Quizá primero quiera volver a mirar las anotaciones de mi mamá, detenerme en sus subrayados e imaginarla leyendo, pensando, encontrándose con algo que le hizo sentido. Tal vez algún día pueda recorrer esas páginas y descubrir qué significaron para ella y qué pueden significar ahora para mí. Por lo pronto, me gusta saber que ese libro existe. Que sus marcas siguen ahí. Que, entre tantas cosas que dejó, también están sus lecturas. Y me gusta pensar que algún día mis hijas podrán encontrar algo parecido en mis propios libros. Una frase subrayada, una nota escrita con prisa, una página doblada, alguna ocurrencia en el margen. Quizá entonces descubran algo de mí que no alcanzaron a conocer o entiendan una parte de las cosas que me importaban. Porque los libros también guardan rastros de quienes somos. A veces conservan nuestras preguntas mejor que nuestra memoria. Quizá de eso se trata también la memoria: de descubrir que las personas no permanecen solamente en las fotografías o en los recuerdos que conservamos de ellas. A veces permanecen en las cosas que tocaron, en las palabras que subrayaron, en las historias que nos dejaron y en todo aquello que todavía podemos descubrir. Yazmín Espinoza, comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.