Karmele Jaio: Cómo el acto de narrarse permite sanar el pasado y reconstruir las identidades femeninas

A veces me pregunto sobre qué están escribiendo las escritoras. Es una pregunta compleja e imposible de responder de una sola vez

I. Temas

A veces me pregunto sobre qué están escribiendo las escritoras. Es una pregunta compleja e imposible de responder de una sola vez. Observamos, pasada la primera cuarta parte del siglo XXI, la afortunada presencia, cada vez más grande, del feminismo en los productos culturales y en las manifestaciones en búsqueda de derechos. Por otro lado, el apabullante avance de las ideologías de derecha. En ese complejo devenir cultural la escritura de las mujeres no tiene un solo vértice.

Para complejidad de la respuesta, habría que tomar en cuenta geografías, sistemas políticos, edades y qué se considera por ser mujer. En la conciencia de que la respuesta es inconmensurable, puedo arrullar algunas posibilidades o acercamientos.

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Alcanzo a responder que cada vez es más frecuente encontrar textos que hablen sobre lo antes callado. Como las maternidades y paternidades. La violencia vivida al interior de los vínculos, los trabajos de cuidados, las consecuencias psicosociales de haber vivido abandono, violencia, marginación. Las tensiones existentes entre lo aprendido desde las exigencias patriarcales y los nuevos esquemas de convivencia, de existencia y de manifestación. Muchos temas que cuestionan, traen a lo público temas antes silenciados. De igual forma, presenciamos el cuestionamiento a las opciones dicotómicas como únicas formas de vivencia.

En otra cima de esta revisión se encuentra el cómo escriben. En convivencia con la lectura que se realiza desde los aparatos electrónicos que caben en la bolsa de los jeans, encontramos a la literatura del yo. Una narrativa que da voz a la subjetividad y al monólogo auto referenciado. Esta literatura es una propuesta que permite tocar, apretar con el pensamiento los vocablos. Acariciarlos para darles forma de barco, de luna o de grito. Representaciones que vinculan en un encuentro las emociones, en tanto sentipensares y las reflexiones sobre quién se debe ser o qué se debe hacer. Desde esta quiasmo se diluyen los dualismos sobre lo debido y lo realizado para dar voz a un ser que se piensa, se relata y se posiciona como un ser que quiere narrarse.

II. La ficción

Las manos de mi madre de Karmele Jaio, publicada en euskera en 2006 por Elkar, y en castellano por ediciones Ttarttalo en 2013, nos invita a sentarnos en el sofá de la escucha para observar con alegría que esta reflexión no se sustenta en las oposiciones de actuar bien o mal, sino en la narrativa de seres atravesados por emociones, por situaciones económicas, sociales que en la reflexión del contar(se) encuentran la relevancia del sentir, de los afectos y del narrar(se) para construir(se).

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No me acostumbro al olor a puré y medicamentos de los hospitales. Nada más olerlo, el mundo se me vuelve frágil, y ni siquiera me atrevo a pisar con fuerza el suelo de esos largos pasillos blancos, por miedo a que se derrumben de un momento a otro. Por eso avanzo por el pasillo casi de puntillas, como si la superficie fuese de celofán. Como si lo construyeran por las noches con el celofán de los ramos de flores que regalan a las recién estrenadas madres. (Jaio, 2013, p.9)

La vida de Nerea se ha volcado desde que su madre ingresó al hospital. El frágil balance entre la vida laboral, los cuidados que realiza como madre y los vínculos afectivos con su pareja apenas se mantienen. Si bien la conciliación trabajo, cuidados y afectos es un sueño que se debe acariciar, pero que rara vez es una realidad, en la vida de la protagonista parece una quimera que por el momento debe postergarse. Sus días transcurren, entre escribir por su trabajo como periodista, recorrer la ciudad, turnarse con la tía para acompañar a la madre hospitalizada, y llegar a casa exhausta entre emociones y auto-reclamos, porque desde hace tiempo sólo ve a la hija dormida.

Nos dejamos todas las energías en nuestros trabajos. Dejamos para nuestra relación las sobras del plato. Nos dedicamos el tiempo en el que ya estamos cansados, tras una jornada de trabajo. Siempre es tiempo de sobra, energía de sobra, sonrisas de sobra. Para cuando nos vemos, estamos casi vacíos, como si alguien nos hubiese robado el contenido. (Jaio, 2013, p.125)

Esta situación, que lleva al límite el cuerpo,la salud y las emociones, es el contexto que le permite reconstruir su pasado, narrar(se) desde ese pretérito que, en la velocidad del transcurrir, ha acompañado su presente. Cada vez que el ayer asoma la cabeza lo vuelve a colocar en el baúl del mañana te pienso, te siento.

III. Carlos y Germán

Carlos y Germán son parte del pasado de Nerea y su mamá. La madre en coma nombra a Germán. La tía sabe quién es, pero ha sido un nombre silenciado a lo largo de toda la vida de Nerea. La hija se sorprende ante esta moción no conocida. Desde esta duda debe (re)conocer que la madre fue joven, que no fue siempre madre, que amó a otra persona que no fue el padre, que tuvo otras ilusiones,  que hubo tormentas que se llevaron la ternura y trajeron silencio y dolor.

Germán era un joven marino enamorado de Luisa (la madre). Ambos soñaban y platicaban sobre el futuro. Un día el mar le dio un susto a Germán y le robó a su amado a Luisa. Aquella joven que buscaba cualquier motivo para ir al faro a observar el mar, un día no quiso ir más. A manera de la ballena que se tragó a Jonás y lo devolvió, el océano se englutió a Germán. Devolvió el cuerpo, pero ya no era el mismo joven. La relación se rompió no se supo por qué.

Carlos era un joven activo políticamente. Nerea admiraba su fuerza y compromiso. Cuando tuvo que irse y desaparecer, el dolor fue enorme. La tristeza, la ausencia de noticias, el silencio fueron parta de lo que se debía vivir. Aquellos tiempos así lo pedían. La vida continuó, mas pequeños atisbos de vez en cuando asomaban. Cada que se escuchan noticias de esos grupos, de esos personajes, surge el miedo, las preguntas, el deseo de que siga vivo.

Un día después de muchos años aparece. Sigue igual. Claro, ahora tiene canas, han pasado los años. Esa historia la silenció incluso de sí. El regreso remueve al pasado. Calló el recuerdo y cuando asomaba por la esquina, lo desdibujaba con el presente. Lewis, que no es de la misma nacionalidad, desconoce la historia de Carlos. Nerea siente que debe contarle para poder narrarse y cerrar esa llaga que continúa abierta. Lewis sabe que algo la inquiere y que ella busca callar algo que la constriñe.

Madre e hija descubren que existen partes de su pasado que no se han contado. Historias que sorprenden por su similitud. Vivencias que han tatuado sus cuerpos. Alegorías sobre el amor y sobre su impacto en sus presentes. La madre sabe de Carlos, pero no de la estampa que habita el presente. Nerea nunca ha escuchado de Germán. Construir la historia de su madre como Luisa es un trabajo que empieza a realizar. La tía fluye en palabras, que finalmente brotan como lo hacen las burbujas del agua, funge a manera de Hermes en esta reconstrucción. Nerea puede empezar a imagina a una madre joven, enamorada, transgresora. Una joven ilusionada que espera del mar amor, ternura y no la furia que las olas también pueden traer. Ahora puede imaginarla en sincronía con el faro, mástil ante el viento, iluminando el camino.

IV. Las manos de mi madre

Con el tiempo, la madre empieza a hablar. Su cuerpo está muy débil, pero surgen los recuerdos y con ello se puede tejer el pasado, el presente y el adiós. Le pide a la hija la lleve al faro. Los médicos lo contraindican, no le permiten salir del hospital ni para las fiestas de Navidad. Nerea lo habla con el hermano. Él no está de acuerdo con concederle a la madre este deseo. La tía, que intuye los motivos, accede a ayudar. Con la complicidad de otras mujeres, logran llevar a la madre al faro. Ahí las tres mujeres son atalayas del devenir.

El mar es la fuerza que trae el pasado y ellas, con el ímpetu del tacto, están hermanadas con el faro. Hablan con él, bordan un relato donde el pasado no se esconde y se enrama con el presente y con el movimiento de las olas. Han transgredido los deberes médicos, han conciliado los silencios. Desde este quiasmo, los cuestionamientos sobre el deber ser y hacer madres iluminan nuevas relaciones.

Mi madre suelta mi mano y suspira, como se suspira cuando se termina un trabajo. Recorro con la mirada sus manos, apoyadas ahora sobre sus rodillas, y sus venas, que parecen carreteras llenas de curvas, y sonrío, porque siento que por fin, de tanto mirarlas, las manos de mi madre me han hablado, tal y como un día creía que iba a llegar a ocurrir. (Jaio, 2013, p. 156)

Desde el yo, esta ficción reflexiona sobre la relación pasado-presente-futuro, los trabajos de cuidado, los silencios y las nuevas formas de vivir las relaciones. En ella, las subjetividades se construyen desde los vínculos, las emociones, la reflexión y las manos que son historia viva.

Adriana Sáenz es doctora en Humanidades, trabaja en la Facultad de Filosofía de la UMSNH y usa toda trinchera para desestabilizar las opresiones: desde la academia, la calle, el pensamiento, el amor, la escritura, la irreverencia.