Rafael Calderón, colaborador La Voz de Michoacán 3/3 Descifrar Los adioses del forastero exige ir por partes. El término “adioses” despliega significados en distintos niveles: es la despedida tangible a amigos, ciudades o estaciones del año, pero también una palabra nómada de conexiones místicas. Hay aquí un acierto indudable: el poeta sabe que no es lo mismo decir adiós que invocar a Dios, ni nombrar a las deidades griegas o romanas. Sin embargo, Campos sale ileso de esa posible quebradura de ideas. Como viajero excepcional, su trayectoria entera queda resumida en la condición del “forastero”. Si las largas caminatas han sido su huella desde la primera etapa, aquí confirman su madurez; el acierto habita en los poemas, donde la estancia en las ciudades se vuelve una verdad compartida que las amistades reconocen y celebran. Sus líneas lo relacionan con la religión católica, una presencia sumamente fuerte en su infancia; una verdad vista y entrevista. El viajero recupera esa doble conexión entre la vida y las estancias temporales, tal como sucedió en Jerusalén, latitud que arroja el título para estos poemas. El forastero en la tierra se encamina al encuentro de la unidad poética, resultado y determinación de una larga búsqueda. En su ideario están presentes estructuras fundacionales como Libertad bajo palabra, de Paz; Recuento de poemas, de Sabines; o Tarde o temprano, de Pacheco. Ese imaginario colectivo queda para sus lectores. Se trata de una identidad que remonta también a poetas españoles: a Luis Cernuda con La realidad y el deseo, o a Juan Ramón Jiménez con sus antologías poéticas, donde el autor se presenta como una voz única. Pero en Campos, el título de su poesía reunida es una aspiración lograda gracias a la madurez. Ese proceso reclama unidad: su estilo natural, expuesto sin afeites, registra los nombres de personas y de ciudades para volverlos familiares, parte de su credo literario. Por eso hay que recordar que la Biblia misma es tradición que enriquece, como influencia viva, sus versos. Campos aplica esa búsqueda y sale triunfante. Una década de nuevos poemas integra Viernes en Jerusalén y ratifica que su autor nunca permanece en un solo lugar: está siempre en movimiento. Registra la huella de estancias en países y regiones, transmutando las ciudades en espacios míticos. Para Viernes en Jerusalén, el itinerario es otro rasgo enjundioso. Sigue explorando una madurez lírica ya respetada y confirma la esencia secreta de su credo. La huella ahora es distinta: la contemplación marca el territorio con enfoques diversos, confirmando un lenguaje que renovará su escritura. Su batalla es un itinerario que deja marca. Primero publica los poemas sueltos; luego los reúne y les otorga un título donde la edición individual resulta decisiva; finalmente, los incluye en la poesía reunida para fijar el espacio y conocerse a sí mismo por el camino explorado. Se encamina así al encuentro con la tradición mexicana y la extiende como ejemplo de la transición entre el siglo que termina y el que arranca con el tercer milenio. Al indagar la dimensión poética de Marco Antonio Campos, conviene situar su madurez lírica en El forastero en la tierra. Los poemas que encierra esta obra reunida —la cual sirve para otorgarle un lugar mejor conocido en la tradición de la lengua española— culminan con Viernes en Jerusalén: unos treinta y cinco poemas fechados entre 1997 y 2004, escritos entre los cuarenta y ocho y los cincuenta y cinco años del autor. De sus cuatro secciones, la cuarta resulta emblemática al configurarse como un homenaje a tres poetas terrenales, dos de ellos mexicanos y uno español: Manuel Acuña, José Carlos Becerra y Claudio Rodríguez. Por esa vía, Campos anota parte de su propia biografía, visualizando el tránsito que aquellos han dejado con vivacidad para la escritura de su obra. Son poemas que registran la situación individual y la encarnación de los motivos. Se lanza al encuentro de sus pares porque son poetas de la tierra. Lo hace desde enfoques diversos: reconoce la esencia de uno y otro, así como su lugar exacto en las letras. Pareciera emitir un juicio crítico, pero el encanto de las imágenes alcanza el resumen que ellos mismos dejaron escrito para pervivir. Así se escucha el adiós: los tres son el recuerdo inmediato de lo que indaga, nutren su esencia lírica y aclaran que fueron autores de una sola pieza. Cada uno posee una presencia intermedia, lejana e inmediata. Los nombra con la fuerza de su propio nombre, explora con el lenguaje todo el sentido de sus biografías y ubica ahí esa parte de su vida. Hay otro aspecto donde Campos no deja lugar a dudas: dialoga con los poetas de su tiempo y va al encuentro de lo que escriben. Viernes en Jerusalén está dedicado a Juan Gelman. Hace patente, otra vez, ese recorrido infinito y esa profesión de fe cuando toma de la voz del argentino una imagen: “A quién le matan los plurales donde había una casa…”. De inmediato pienso en Campos y su poema “Mi casa quemada”, que recuerda la pérdida de la morada. Este poema enlaza directamente con aquel de Los adioses del forastero: “Mi casa hacia 1960”. ¿Es la misma casa? ¿La casa donde vivió su madre? ¿Aquella donde Epifanía hace su aparición? A la manera de las semanas, advierte: “El viernes es un día que no tiene exactamente un significado distintivo para nombrar la tradición literaria”. Es viernes y él está en Jerusalén. En esa estancia habla de religión, donde la poesía no guarda lejanía gracias a sus tonos y ritmos. Todo indica que el título nace de esa ciudad y de las vivencias registradas cuando acudió a impartir la cátedra Rosario Castellanos. Pero la poesía es parte de sus viajes: registra ciudades y nombres. Estos poemas quedan grabados como una imagen viva e imborrable de su estancia en Jerusalén. Ante la unidad de la obra surge otra interrogante que atañe a los lectores. Él mismo la interroga con la conciencia de los versos acumulados, por las páginas reunidas y con el orgullo de que la poesía sí surte efecto. Uno de los poemas de Viernes en Jerusalén confirma la búsqueda de una unidad que, ante todo, es exploración del lenguaje. Este título lo hizo merecedor del Premio Casa de las Américas, alcanzando otras fronteras y llevando su voz a una distancia que ya no es efímera. Dialoga con autores de España y de su propia tradición hispánica; su lenguaje logra la hermandad de sonidos y ritmos, mientras su estrofa dinamiza las imágenes. Son efectos personales al dejar sentir las impresiones de la ciudad, del viaje y de la estancia en Oriente. Por eso, ante esa etapa, nos hallamos ante su título más complejo. Debido a su seducción, está lleno de interrogantes que forman parte de lo que dice y de cómo explora en el verso esa aspiración lírica. Acaso estamos ante su visión más personal: las interrogantes son su mejor manera de escribir. Por esto surge viva la metáfora y el sonido del idioma se mantiene en movimiento constante, ya sea por lo que escribe o por el ritmo que refleja una mirada “serena y solidaria”, como bien anota Jorge Mendoza Mendiola, editor de su poesía reunida y uno de los lectores más agudos de Campos. Los poemas de Viernes en Jerusalén conducen a una situación excepcional: señalan la voluntad de reconocer un círculo casi redondo donde ubicar la madurez. En un poema, el autor interroga quién leerá su poesía. Si pensamos en un lector de estos días, el cuestionamiento sirve para hacer el resumen de toda su obra. Ese lector bien puede ser un poeta como Stefaan van den Bremt, asiduo al Encuentro de Poetas del Mundo Latino, quien deja sentir su lectura activa en alguna antología. Especialmente por la respuesta de Campos a su propia pregunta: “¿Quién leerá mis versos?”. La interrogante lanza de inmediato el recuerdo de que vale la pena escribir poesía. Al encontrar un lector de la talla de Campos, es válido afirmar que su poesía está colmada de aciertos. Cierto poema, con el juicio del tiempo transcurrido, va precedido por un epígrafe de Alberto Caeiro y suma una poética que brilla y enaltece el nombre de quien ha escrito no por curiosidad, sino porque rebasa todos los límites de la metáfora viva. En el poema, su autor lanza la pregunta: “¿Qué será de mis versos? ¿Quién los leerá?”. En esa coordenada hay que anotar de nuevo a Mendiola, quien ha arropado con belleza editorial toda su poesía reunida tanto en 1997 como en 2007, celebrando una lectura rigurosa: “Pronto me iré, y así será, y me iré, ¿y qué pasa? Me he resignado a irme, como me resigno a los dolores de la tendinitis, a los cólicos que arquean el cuerpo y a la mala circulación. ¿Qué importan las novelas, los cuentos, las crónicas o ensayos? ¿Pero mis versos? Si en el futuro alguien los lee, tal vez perciba que los escribí con la llama del sol en la hoguera del mediodía sobre los girasoles, con los matices múltiples del púrpura y del violeta en la disminución del crepúsculo, con el grito doloroso del tigre lanceado en el momento de fallar la red, con gotas de sangre del pecho de las golondrinas que no lograron completar el vuelo”. Para escribir poesía nunca se sabe cuál es la mejor época. En la obra de Campos destacan dos posturas escindidas: la poesía y los demás géneros. La novela, el cuento, la crónica y el ensayo poseen una identidad propia; similares entre sí, quizá ya ganaron la batalla o registran una realidad por su condición de obra de prosa. Pero la poesía y la traducción, permanentes, permanecen como la respuesta última a la vida. Ambas mantienen el equilibrio para no olvidar ni dejar de nombrar con precisión el puerto. Escribe Campos: “Me dio otras cosas: una manera de mirar la mirada de los pájaros migratorios, / de armar desde el sueño imágenes de la pintura y del cine, / de apreciar más a fondo la ligereza y la dulzura corporal de las mujeres, / de admirar en las tardes y las noches las hileras de los mástiles / en los puertos, la higuera y el olivo...”. Sigue, registra, anota: “en medio del huerto en la noche azul de Jesucristo azul, / porque el reino de dios no estaba cerca, sino en nosotros mismos. / Pero en serio, es una pregunta en serio para uno mismo / o para cualquier poeta / a cierta altura de su edad: ¿valió la pena el sacrificio, / valió la pena abandonar / la apuesta de la acción para entregarle la vida a la inutilidad de la poesía?”. Ese descenso sereno y solidario, fiel a su estilo, construye la conciencia divina de la poesía ante sus propios poemas. Es una cumbre de dudas e interrogantes que registra la evolución impuesta como ejercicio central y resalta esa condición diferente: aclara alegorías de significados plurales en los versos. Así hay que situar este resumen final: ya sea por el aroma juvenil de Muertos y disfraces y Una seña en la sepultura; por el tránsito de la edad madura con La ceniza en la frente; o por reconocer la plenitud de Los adioses del forastero y aclarar cómo redondea y confirma El forastero en la tierra. Todo esto lo cierra con un círculo perfecto: Viernes en Jerusalén, para decir, una y otra vez, que se logra para toda la poesía de Marco Antonio Campos la imagen equilibrada. La corona de laurel es suya como parte de una presencia inconfundible en la tradición de la poesía mexicana, trascendiendo con fuerza entre los poetas que escriben en español. No es la recta final, sino un acercamiento a la poesía reunida hasta 2007, que recopila la parte fundamental y casi todos los poemas publicados. Los siguientes años transcurridos poseen ya otra presencia y, en conjunto, Campos se demuestra dueño de una obra que registra el lugar inconfundible del autor dentro de la tradición de la poesía en lengua española del siglo XXI. Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.