“Ella quiere ir a París”, el viaje de Mariana Elizondo convertido en novela

Reseña de ‘Ella quiere ir a París’: una obra honesta y valiente de Mariana Elizondo que expone las sombras de la cultura y la belleza de recomenzar.

Libro Ella quiere ir a paris de Mariana Elizondo publicado por Editorial Jus
'Ella quiere ir a París', primera novela de Mariana Elizondo presentada en la FIL de Minería.

Erandi Avalos

que mi vida fluya como el Sena

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— Mariana Elizondo

Mariana Elizondo nació en uno de los entornos intelectuales más reconocidos de México. Hija del escritor Salvador Elizondo y de Michèle Albán, creció rodeada de artistas, músicos y escritores. Pero habitar un apellido célebre no significa carecer de una voz propia. Así lo demuestra en Ella quiere ir a París, su primera novela, publicada por Jus y presentada en 2026 en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

Como se cuida un tesoro muy preciado, Mariana guardó recuerdos, cartas, sueños, que se convirtieron en el material para escribir, en 2016, una primera edición de autor. Con una prosa fluida, libre de pretenciones, cuenta la historia de Ella, una adolescente que, cansada del caos de una vida familiar compleja inmersa en la crema y nata de la intelectualidad capitalina mexicana, convence a sus padres de que la manden a estudiar clavecín a París a finales de la década de los 70 y principios de los 80. Con el peso de un apellido por todos conocido en la historia del arte mexicano, Ella busca encontrarse a sí misma, y a la vez —típico a los 17 años— a seguir a un amor salvaje que esconde, tal vez, un apego ansioso.

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Antes de ser una ciudad concreta, París suele ser una idea. En el caso de Ella, París fue una promesa de amor adolescente que representaba el arte, la libertad, la posibilidad de comenzar de nuevo o de convertirse en alguien distinto. Sin duda, la capital francesa concentra todas esas promesas, pero también las somete a la prueba de la experiencia. Igual que el amor. Pero Ella, aunque durante toda la novela no se apropia de su sangre francesa, la tiene.

¿O que, antes de pertenecer a una ciudad, necesita encontrar un lugar propio dentro de sí misma?

Migración, familia y hambre

Ensimismados en sus propias vidas, sus padres aceptan enviarla a París. Ella “huye de su casa, de una guerra doméstica, de una dictadura familiar donde la locura, el desorden y el caos rigen a pesar de ser encubiertos por una doble moral que ni dios entiende. Todo es confuso”, cuenta el narrador. Aún adolescente, deberá encontrar por sus propios medios la manera de subsistir en una ciudad lejana. El hambre se convierte entonces en uno de los centros de la novela, pero no aparece únicamente como una carencia física: “porque siempre está ahí ese hueco que no se llena con nada y que a esa edad se confunde con el hambre”, escribe Elizondo.

El París veraniego que ella recordaba, de la mano de su abuelo muchos años antes, no es el mismo que en ese crudo invierno. Ahí, la soledad y el frío son crueles compañeros, pero cuando el hambre se une, lo que resulta es una prueba de vida que Ella librará con la fuerza que dan los sueños: llegar a ser una excelente clavecinista.

La amistad constituye otro de los ejes de la trama. A falta de una familia que la sostenga, Ella construye una con retazos. Su relación casi formal con el misterioso F, la amistad con Z, algunos amores pasajeros, su profesora de clavecín y una amiga española forman una red afectiva que le permite resistir el frío, el hambre y la soledad.

El capital cultural de Ella, su fuerza y pasión lograrán mantenerla a flote.

París de los años 70, París ahora

Leí esta novela entre cafés y parques parisinos. Me pregunto si habría producido en mí el mismo efecto de haberla leído en México. Probablemente sí, aunque ciertas sutilezas solo se revelan cuando se reconocen las calles, las distancias y la manera en que el invierno modifica la ciudad. Pero es seguro que Mariana consigue capturar una esencia parisina que persiste más allá del tiempo y de sus transformaciones.

Sin embargo, esta historia no podría haber tenido lugar en cualquier otra época. Las comunicaciones digitales han transformado nuestra relación con la distancia: mientras exista una conexión a internet, es posible escuchar una voz, ver un rostro o enviar un mensaje al otro lado del mundo. En los años de Ella, la separación entre México y Francia también estaba hecha de esperas, cartas y silencios. Algo semejante ocurre con la música, que Ella escucha en discos, y con las formas de conocer personas, leer, aprender o incluso conseguir comida. La existencia del teléfono inteligente no ha eliminado el desarraigo, el hambre ni la soledad, pero habría modificado radicalmente la manera en que Ella los enfrenta.

Eso no quiere decir que no existan historias similares, pero sí que la historia de Ella tal cual Mariana la cuenta, solo es posible en el París de los años 70.

La música, el sueño

El clavecín y la espineta funcionan como hilos sonoros del relato. Instrumento antiguo, oscuro y poco habitual en el contexto mexicano, refleja la singularidad de una joven que tampoco encuentra fácilmente su lugar. No es únicamente aquello que va a estudiar: es una extensión de su identidad, una compañía y una forma de ordenar el mundo, de ordenarse a ella misma. 

Junto con la música antigua aparece también la banda sonora de su tiempo. Bach convive con Leonard Cohen, Janis Joplin y John Lennon en la educación sentimental de Ella, mientras persiste la búsqueda de su maestro ideal: el clavecinista neerlandés Gustav Leonhardt, tan cerca de París y todavía tan lejos de ella.

El animal que asecha

Uno de los aspectos más perturbadores de la novela es la exposición, sutil pero implacable, de la podredumbre que puede ocultarse bajo un ambiente supuestamente culto. La tensión avanza como un hilo delgado hasta descubrir una madeja de violencia, abuso y acoso entre personas consideradas refinadas, talentosas e incluso intocables. A través de Ella, Mariana Elizondo desnuda a esos depredadores y hace tambalear la respetabilidad de ciertas figuras de la cultura mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Lo hace sin complacencia, pero también sin convertir el dolor en espectáculo.

Ella recuerda reuniones, fiestas, funciones de teatro y encuentros con personajes perversos como parte de lo que la empujó a salir de su país. En uno de los pasajes más fuertes de la novela se lee:

“Ella ahí, apenas adolescente, entre muñequita y ninfa, una belleza que todos querían tocar y, en un gesto ambiguo de cariño, pasaban muy pronto al manoseo sin pudor que garantizaba el contacto de la piel suave y perfecta. Noches de fiesta donde en el fondo a nadie le importaba si la niña piensa o si siente o si sueña o si cree o si sabe, importaba que ponía sus nalguitas perfectas sobre las piernas tullidas de borrachos infectos, artistas de día, perversos de noche”.

Mariana, la escritora

Mariana Elizondo me pregunta qué pienso de su novela. Exige sinceridad porque todavía quiere corregir hasta el más pequeño error, a la manera de Gustave Flaubert, siempre en búsqueda de la palabra precisa. Le respondo: lograste una novela valiente y honesta. Articulaste recuerdos lejanos —siempre difíciles de reconstruir— con destellos de ficción que sostienen el relato y le imprimen ritmo. Logras que el lector acompañe a Ella en ese viaje transformador.

Escribe. Muéstranos todo lo que tienes por escribir, que lo haces muy bien.

Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com