Mechoacan Tarascorum: Fuego y humo en la frontera tarasca

El Cerro del Chivo, en Acámbaro, hoy estado de Guanajuato, fue fundamental para el establecimiento de la frontera entre el Estado Tarasco, triple alianza nahua y la Gran Chichimeca.

Fotografía: Jorge Orozco Flores

Rodrigo Daniel Hernández Medina

El Cerro del Chivo, en Acámbaro, hoy estado de Guanajuato, fue fundamental para el establecimiento de la frontera entre el Tzintzuntzan Irechekua (estado tarasco), la Excan Tlatolloyan (triple alianza nahua) y la Gran Chichimeca. Al menos desde el epiclásico (650-1000 d.C.), la cima del cerro se encontraba poblada por grupos chichimecas, posiblemente pames, con patrones de ocupación temporal. En el transcurso del Posclásico tardío (1200-1521 d.C.), después de la conquista mexica de Xilotepec, ocurrieron algunos reacomodos político-poblacionales de la región de Acámbaro, como la llegada a este espacio de familias otomíes procedentes de Hueychiapan. No obstante, los chichimecas preservaron sus tradiciones materiales, como la cerámica que hoy se reconoce como parte del Complejo Lerma.

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Aunque su origen era distinto, los otomíes no rompieron con el entorno en el que se insertaron, ya que adoptaron las formas materiales presentes en el lugar; es decir, la tradición cerámica de los habitantes de la cima. A pesar de eso y a diferencia de los chichimecas, se asentaron en las laderas del cerro y, en la del lado sureste, construyeron una pequeña plataforma para realizar ciertas funciones rituales o administrativas en el centro de un asentamiento de al menos cien personas. Sobre ella, edificaron un espacio con un muro donde empotraron un panel tallado en piedra cuyas formas remiten al encendido ritual del fuego nuevo por parte de un importante señor. Esta marcación ritual del tiempo se representó (de abajo a arriba) con los signos “señor”, “fuego”, “humo” y “nube” usados por aquellos prestigiosos señores de Xochicalco, quienes empleaban signos semejantes para señalar la renovación de los ciclos calendáricos y la apertura de nuevas etapas. Muy poco después de esto, durante la expansión del gran poderío de Tzintzuntzan, llegaron algunas familias tarascas que se establecieron del otro lado del Río Grande, en el Cerro del Toro. Esto reconfiguró el equilibrio político de la zona.

Tras cierto lapso temporal, los tres grupos hicieron un acuerdo en el que se estableció que otomíes y chichimecas preservarían su gobierno y religión, pero entregarían tributo a los tarascos y defenderían sus fronteras en tiempo de guerra. Con el tiempo, los habitantes otomíes de las laderas del Cerro del Chivo comenzaron a usar objetos cerámicos de los tarascos recién llegados; es decir, la cerámica que circulaba en torno al lago de Pátzcuaro. Fue ahí cuando el panel del señor-fuego-humo-nubes adquirió un nuevo sentido: como marcador ritual de un “fuego nuevo”, pasó a señalar el tránsito hacia un orden político-territorial distinto. Su iconografía inscribió al Cerro del Chivo y sus habitantes, en la hegemonía P’urhépecha.

* El panel del Fuego Nuevo fue descubierto en la década de 1970 durante las excavaciones de Shirley Gorenstein en el Cerro del Chivo. Ver Shirley Gorenstein, Acámbaro: Frontier Settlement on the Tarascan-Aztec Border, Vanderbilt University, 1985.

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Rodrigo Daniel Hernández Medina es Licenciado en Antropología por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y Maestro en Historia Internacional por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Actualmente estudia el Doctorado en Historia en El Colegio de Michoacán, además de que forma parte del grupo de investigación Mechoacan Tarascorum y el Grupo de estudios de religión y cultura (GERYC).