Víctor E. Rodríguez Méndez El Teatro Mariano Matamoros no sólo cuenta una historia como edificio recuperado, sino como una obra pública que durante años se convirtió en símbolo de las promesas incumplidas de la ciudad por parte de las autoridades gubernamentales. El cine, ubicado en el número 48 de la calle Abasolo, cerró en 1995 y el espacio quedó en abandono hasta convertirse, con el paso del tiempo, en una de las imágenes más persistentes de la desmemoria urbana de Morelia. En el corazón del Centro Histórico de Morelia, el Teatro Mariano Matamoros carga una historia mucho más larga que la de su inauguración hace más de cinco años. El inmueble ocupa el sitio de una antigua casona colonial y recuperó la vocación cultural que tuvo, décadas después, el antiguo Cine Colonial, construido a finales de los años treinta e inaugurado en 1952. Tras más de una década de obras, controversias y recursos públicos, el teatro abrió finalmente sus puertas en 2021. Actualmente, bajo una nueva administración, enfrenta el reto de convertirse en un espacio cultural verdaderamente público para Morelia, tal como lo reclaman algunos integrantes de la comunidad artística y cultural. Durante años fue un espacio cerrado y cubierto en medio de unos portales cada vez más ocupados por comercios, restaurantes y turismo. Esa imagen cuenta, en pocas líneas, la tensión entre patrimonio, negocio, cultura y espacio público que atraviesa actualmente al Centro Histórico moreliano, cuyo contraste lo muestra el vecino Hotel Virrey de Mendoza, hoy desahuciado. El proyecto para convertirlo en teatro comenzó en 2009 y originalmente debía estar listo para los festejos del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, en 2010. No ocurrió así. Durante más de una década, la obra acumuló retrasos, modificaciones, controversias y un creciente costo económico que en su momento generó sospechas y dudas entre la población. En 2009 el Gobierno del Estado inició un esquema para la construcción, equipamiento, mantenimiento y operación del teatro mediante un fideicomiso. De 2009 a 2020 la obra permaneció inconclusa y requirió diversas etapas de inversión estatal para concluirla, hasta que el 15 de marzo de 2021 fue inaugurada oficialmente como un recinto cultural —anunciado como de clase mundial— con capacidad aproximada para 550 personas, tecnología Dolby Atmos, pantalla de cine removible y equipamiento escénico especializado. Cuando finalmente abrió sus puertas habían pasado seis gobernadores por cuatro administraciones estatales y el proyecto había adquirido una dimensión casi simbólica: la de una obra cultural atrapada entre la burocracia, la política y la falta de continuidad institucional. El Teatro Mariano Matamoros fue reabierto luego de más de 12 años desde que inició su construcción. Mientras el entonces gobernador Silvano Aureoles Conejo presidía la ceremonia de apertura, a unos metros del teatro, integrantes del Sindicato Único de Empleados de la Universidad Michoacana se manifestaron sobre la avenida Madero para demandar el pago de salarios y prestaciones que tenían más de un año de rezago. La apertura significó, sin embargo, algo más que el final de una obra interminable. El antiguo cine dio paso a un recinto multifuncional, equipado para teatro, conciertos, cine, festivales y otras expresiones artísticas, pero aquí aparece la pregunta crítica que todavía acompaña al Matamoros: ¿basta con construir y equipar un gran espacio cultural para que una ciudad tenga o consolide una política cultural? El régimen de propiedad está registrado como inmueble propiedad del Gobierno del Estado de Michoacán, cuya administración durante aproximadamente cuatro años estuvo a cargo de la asociación civil Moreliarte. Posteriormente, el 6 de junio de 2024, fue dado en comodato al Centro de Convenciones y Exposiciones de Morelia (CECONEXPO), organismo público descentralizado de la administración pública de la entidad. Desde entonces, la nueva dirección habló de darle un enfoque menos orientado al negocio y más social. Además, existen fideicomisos vinculados al teatro y estados financieros públicos hasta 2025, lo que permite hacer preguntas concretas sobre dinero, operación y resultados. Sin embargo, quedan por contestar varias preguntas sobre el porcentaje de la programación correspondiente a creadoras y creadores michoacanos, cuántos artistas locales han presentado obras allí durante el último año y si el Matamoros funciona realmente como un teatro público o como un inmueble público que se renta para espectáculos y eventos escolares. Un teatro de la gente Su historia obliga a mirar más allá de su sello arquitectónico y preguntarse por la programación, el acceso ciudadano, la presencia de las y los creadores locales y la capacidad de las instituciones para mantener vivo un recinto que costó años y recursos considerables. El Matamoros puede leerse, así, como una metáfora de Morelia: una ciudad que sabe conservar fachadas, monumentos y edificios, pero que enfrenta el desafío más difícil de conservar —y renovar— la vida cultural que esos espacios deberían contener. Su verdadera historia quizá no terminó con la inauguración de 2021; apenas entonces comenzó la prueba de si aquel largo paréntesis de abandono podía convertirse realmente en una historia de apropiación cultural y vida pública. En entrevista sobre el tema, Tamara Sosa Alanís, secretaria de Cultura del estado de Michoacán, asegura que desde su llegada a la titularidad de la dependencia sabía que llegaría el momento en que el Gobierno del Estado tendría nuevamente en sus manos el Teatro Mariano Matamoros a través del Centro de Convenciones. “Para nosotros lo importante no era que la Secretaría de Cultura (SECUM) tuviera directamente la administración, sino que el teatro fuera realmente de la gente”. Agrega que nunca se concibió que el hecho de que la SECUM no lo administrara significara cerrar la puerta a la comunidad artística. Al contrario, dice, “creemos que el Matamoros debe estar abierto al gremio teatral y a las artes escénicas, y la Secretaría puede desempeñar un papel de facilitadora y gestora para que los proyectos culturales tengan acceso al espacio”. Eso ya se hace, por ejemplo, con el Teatro Stella Inda, mediante un convenio que permite al gremio utilizarlo de manera gratuita, “y algo similar puede suceder con el Matamoros”. Por su parte, Liliana Gil García, directora general del CECONEXPO, señala que, al recibir la instrucción de hacerse cargo del teatro, en junio de 2024, su responsabilidad “fue darle continuidad a una operación que ya estaba posicionada”. Apunta: “Sabíamos que mantenerlo no sería sencillo: es un teatro de alta tecnología, con infraestructura y equipamiento que requieren mantenimiento permanente y que, por sus características, representa un costo importante. Pero también entendimos que la manera de sostenerlo era mantener una agenda constante, de enero a diciembre, combinando el arrendamiento para conciertos, congresos, coloquios, funciones y otros eventos con estrategias propias, como los recorridos, los cursos de verano y el ciclo de micro teatros”. En este sentido, cabe señalar que apenas el domingo pasado el grupo musical Son Media Luna emitió un posicionamiento público sobre el robo de sus instrumentos y equipo de sonido (el 29 de agosto) y lanzó una crítica fuerte crítica sobre el Teatro Mariano Matamoros, al que definieron como el teatro “más caro” de Morelia. Media Luna aseveró en su mensaje: “¿Por qué un teatro que los michoacanos pagamos con nuestros impuestos es un teatro al que no podemos acceder? Porque (…) hay que pagar la suma ridículamente alta de 100 mil pesos por una renta de apenas 12 horas. ¿Qué artista michoacano puede pagar esa cantidad, que ni siquiera se recupera cobrando las entradas del concierto?”. Y remataron: “Seguimos exigiendo que ese teatro sea público puesto que público fue el recurso que se utilizó para pagarlo”. Tamara Sosa asegura entender la inquietud de quienes ven en la infraestructura del Teatro Matamoros “una oportunidad extraordinaria para el teatro, la danza y otras disciplinas, pero estoy segura de que el CECONEXPO tiene claro que ese teatro posee un perfil distinto al Morelos y que no puede reducirse simplemente a un espacio para eventos sociales”. Añade que la SECUM seguirá colaborando en los proyectos culturales que tengan relación con el teatro, como lo hacen en otros espacios. Liliana Gil añade sobre la inquietud del sector cultural respecto de los costos de utilización del teatro: “Nos gustaría apoyar más, pero nuestra propia normativa nos impide condonar completamente los servicios, porque el Centro de Convenciones se financia con los ingresos que genera mediante la prestación de sus espacios y servicios”. Aun así, la instancia queda abierta “a valorar las solicitudes y a facilitar aquello que no represente un gasto operativo, como recorridos o determinadas actividades, siempre dentro de nuestras posibilidades y facultades”. Al momento, dice, la experiencia les ha demostrado que sí es posible mantenerlo sin pérdidas. “El primer año proyectamos ingresos por un millón y medio de pesos y terminamos captando alrededor de tres millones. Los recursos que genera el teatro se reinvierten en su propia operación: mantenimiento, personal, equipos e infraestructura. No somos una empresa ni buscamos una utilidad; somos gobierno y nuestro objetivo es que el recinto se mantenga vivo, funcional y en las mejores condiciones posibles”. Agrega que en este periodo se han invertido, por ejemplo, alrededor de 700 mil pesos para complementar el sistema de aire acondicionado, porque las condiciones de la sala generaban incomodidad en ciertas temporadas. “También tenemos que cuidar proyectores, consola, elevadores, centro de carga y todos los elementos tecnológicos, porque tienen una vida útil y, llegado el momento, tendrán que ser sustituidos”. Un espacio multifuncional De acuerdo con la información proporcionada por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP) del Gobierno de Michoacán, encabezado entonces por Silvano Aureoles, se rescató el inmueble del abandono y su habilitación como espacio multifuncional se hizo con el fin de integrar “una agenda artística de calidad mundial y para el encuentro entre la sociedad y las artes”. El Ejecutivo michoacano de entonces invirtió 162 millones de pesos, distribuidos en seis contratos de acuerdo con las diversas etapas de trabajo, para la terminación definitiva del programa arquitectónico, que comprendió trabajos de restauración y obra civil en el interior del recinto, la fachada y el portal exterior, así como los acabados, instalaciones, equipamiento y mobiliario. La distribución del espacio entregado —que ocupa una superficie de construcción de 4,809.66 metros cuadrados— comprendió el sótano con camerinos y área de entretenimiento alternativo, donde se ubicaron los módulos de sanitarios del inmueble; planta baja, de acceso a la sala y zona lounge; un nivel mezzanine con un mural multimedia emitido por ocho proyectores de ultra alta definición; zona lounge para ser utilizada previo a los eventos al interior de la sala, así como la proyección permanente de mapping sobre los canceles ubicados en la segunda altura del vestíbulo. También cuenta con un nivel de usos múltiples, con dos áreas de coworking, innovación digital, mirador panorámico al Centro Histórico y azotea. La sala principal contiene la pantalla de cine más grande de América Latina, de 180.98 metros cuadrados, removible y destinada a la proyección láser de última generación y tercera dimensión. Cuenta con infraestructura escénica y tecnológica de vanguardia, entre la que destaca un sistema de sonido Dolby Atmos de 43 bocinas, diseñado para ofrecer una experiencia envolvente de 360 grados, así como butacas ergonómicas y antiflama, concebidas también para favorecer la acústica. Su espacio escénico es flexible y puede adaptarse a tres configuraciones mediante una plataforma mecánica para el foso de músicos: orquesta, a nivel del patio de butacas —con capacidad de hasta 544 espectadores— y escenario largo, que amplía la superficie escénica y reduce el aforo a 484 personas. Para Liliana Gil, el Teatro Matamoros “es un espacio que tiene vida y no queremos que se convierta en un elefante blanco ni dejar que su tecnología se vuelva obsoleta”. Nuevas interrogantes Es importante señalar que la responsabilidad de construir o rehabilitar arquitectónicamente el nuevo teatro estuvo a cargo de los gobiernos estatal y municipal mediante el fideicomiso creado en 2009, con intervención de instancias como la SCOP para las obras y el equipamiento. Las reglas del fideicomiso establecían precisamente mecanismos para dar seguimiento a la construcción, mantenimiento y operación del recinto. El papel de Moreliarte, A.C. llegó después de la apertura del teatro, en marzo de 2021, cuando asumió la operación y gestión del recinto durante casi tres años. La asociación estuvo a cargo hasta el 5 de junio de 2024, periodo en el que desarrolló actividades culturales, turísticas y educativas y promovió la utilización del espacio como recinto para espectáculos y otras iniciativas. Esta experiencia resulta relevante porque constituye el primer periodo prolongado de administración del Matamoros una vez terminado el largo proceso de obra. Al dejar la gestión Moreliarte, ésta pasó al Gobierno de Michoacán, a través del CECONEXPO. El 6 de agosto de 2024, el actual gobernador Alfredo Ramírez Bedolla anunció que CECONEXPO sería la entidad administradora del Teatro Matamoros, con lo que concluía el manejo que realizaron empresas privadas durante los tres años siguientes a la conclusión de su remodelación. El gobierno estatal señaló que este recinto artístico-cultural tuvo una inversión total para su rescate de más de 300 millones de pesos y una duración de 13 años para su rehabilitación, la cual inició en la administración de Lázaro Cárdenas Batel y concluyó en el gobierno de Silvano Aureoles Conejo, en 2021. De acuerdo con información pública, existen fideicomisos vinculados al teatro y estados financieros públicos hasta 2025. Después de más de una década de obras, retrasos y recursos públicos, el Teatro Matamoros enfrenta ahora una pregunta distinta a la que acompañó su construcción: ¿qué papel juega realmente en la vida cultural de Morelia? CECONEXPO tiene ahora el desafío de demostrar que el recinto puede funcionar como un verdadero espacio público para la cultura, tal y como lo han dicho diversas autoridades gubernamentales. Y como, seguramente, es el deseo de la comunidad cultural y artística de Michoacán. La discusión pasa inevitablemente por el dinero y por las decisiones que se toman detrás del escenario: cuánto cuesta mantenerlo, cuánto genera, qué parte de su operación depende de recursos públicos, quién decide la programación y con qué criterios. Pero también por una cuestión menos contable y quizá más importante: ¿para quién existe el Matamoros? Saber quiénes acuden, cuánto cuesta acceder a sus espectáculos y qué lugar ocupan los artistas michoacanos permitiría medir si el teatro está construyendo públicos y fortaleciendo la escena local o si, simplemente, funciona como un inmueble disponible para la renta de espectáculos. Colofón Para la directora de CECONEXPO Liliana Gil, el Teatro Mariano Matamoros es uno de los inmuebles más importantes de Morelia, “una verdadera joya de la corona”. Después de una larga historia de proyectos, polémicas y vicisitudes, señala que finalmente abrió sus puertas como un recinto con enorme valor histórico y cultural, ubicado además en el corazón del Centro Histórico. Añade Liliana: “Es un inmueble que todos los morelianos pueden reconocer y recordar, particularmente quienes lo conocieron como el antiguo Cine Colonial. Tiene una ubicación privilegiada, una enorme riqueza histórica y cultural y, sobre todo, sigue estando vivo. Hemos tenido el privilegio de administrar y espero que podamos seguir haciéndolo”. Tamara Sosa ve al Teatro Mariano Matamoros como un patrimonio cultural de Michoacán. Su ubicación, su historia y lo que representa para Morelia lo convierten en un inmueble que debe estar al servicio de la sociedad, según dice. “También nos recuerda que las obras públicas deben hacerse en tiempo y forma; los muchos años que tomó concretar este proyecto generaron expectativas y también enseñanzas sobre lo que no debería ocurrir en la administración pública”. Con todo ello, al día de hoy el Matamoros enfrenta una segunda prueba. La primera fue construirlo e inaugurarlo; la actual consiste en llenarlo de sentido cultural y de vida ciudadana, así como en no dejar perder su valor histórico y su infraestructura tecnológica en bien de las michoacanas y los michoacanos. La verdadera medida de su éxito no debería estar solamente en el número de funciones o en sus ingresos, sino en su capacidad para convertirse en un lugar que la gente reconozca como propio. Después de los más de diez años que tomó terminarlo, de los recursos públicos que se invirtieron y de los distintos modelos de administración que ha tenido, queda la interrogante de qué tiene que ocurrir para decir que el Teatro Mariano Matamoros finalmente cumplió la promesa cultural con la que fue concebido. El Matamoros ya no necesita ser contado como la obra que tardó trece años en terminarse; ahora habría que preguntarse si la ciudad obtuvo finalmente el teatro que pagó. Ahí comienza la historia que todavía está pendiente de contar. Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.