La Guelaguetza, la fiesta que unió a Oaxaca con Michoacán; Lagunillas, el gran anfitrión

El festival étnico más grande de Latinoamérica se vivió y sintió en Lagunillas, donde años de tradición y herencia cultural fueron palpables este fin de semana.

Foto: Víctor Ramírez, La Voz de Michoacán.

Jorge Manzo / La Voz de Michoacán

Morelia, Michoacán. La fiesta más grande de Oaxaca le ha dado vida al pequeño pueblito de Lagunillas, gestando el hermanamiento de dos culturas que tanta identidad le dan a México. Su gente nunca antes había sido testigo de tantas danzas, bailes y música sincronizadas. “¡Viva Oaxaca!” y “¡Viva Michoacán!” fueron las vivas que se escucharon en una sola voz en la plaza de toros “Cristo Rey”, misma que le dio alojo a miles de personas de este municipio y de lugares aledaños que se convirtieron en turistas y, por lo sorprendente que era, no daban crédito a semejante evento, en donde 450 oaxaqueños procedentes de las ocho regiones se entregaron como lo llegan a hacer en las funciones de los lunes del cerro.

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“Pero, ¿por qué Lagunillas?”, es la misma pregunta que se hacían ida y vuelta los visitantes que caminaban la plaza principal, entre las casas de teja y una que otra que comienza a nacer con nuevas fachadas. Ahí, con sus pequeños stands, decenas de cocineras tradicionales oaxaqueñas ofrecieron tlayudas, mole, birria de borrego y los infaltables mezcales de su tierra. Este municipio no pudo ser mejor anfitrión, a cambio, el estado invitado durante cuatro días le ofreció a Michoacán toda su herencia cultural que, a pesar de la globalización, resguardan en cada una de las regiones originarias.

Foto: Víctor Ramírez, La Voz de Michoacán.

Lagunillas fue el epicentro cultural más importante del estado este fin de semana. En Oaxaca, por asistir a un espectáculo de este tipo se llegan a pagar hasta mil 400 pesos por persona. En Michoacán, fue un intercambio de buena fe y gran voluntad. El alcalde Octavio Chávez tuvo que hacer una “vaquita” para juntar más de 8 millones de pesos para lograr una producción de primer nivel. Entre patrocinios y apoyos de gobierno lograron esa cifra. Era imposible que el ayuntamiento lo hiciera solo, pues al año recibe casi 40 millones de pesos para cumplirle todas las necesidades al pueblo.

La Orquesta Sinfónica de la Secretaría de Seguridad Pública de Oaxaca fue la encargada de poner las notas musicales a la festividad. Fandangos, sones y hasta lo más solemne, fue interpretado por las decenas de instrumentistas que, sin importar la lluvia, el Sol o lo que fuera, durante más de 3 horas, introducían cada tarde-noche a los michoacanos en la fiesta étnica más grande de América Latina, misma que inició con ese folclor que hoy se puede disfrutar desde hace 90 años. “Dios nunca muere”, es la pieza considerada himno por los oaxaqueños, quienes no se limitaron y trajeron su indumentaria confeccionada a mano y que representa una de sus principales joyas culturales.

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Foto: Víctor Ramírez, La Voz de Michoacán.

La Guelaguetza que para unos significa compartir o regalar, pero que se deriva del vocablo zapoteco guendalezaa que significa “ofrenda, presente o cumplimiento” inició como un ritual que se le hacía a los dioses antiguos. Hoy, es la fiesta dedicada a homenajear las razas mexicanas. En Oaxaca, danzantes de todas las edades salen al escenario y ofrendan sus bailes y su comida en la cumbre del cerro del Fortín. Ahora, por única ocasión, movieron su sede a una de las cumbres que rodean a Lagunillas, un esfuerzo que se cristalizó tras meses de gestión ante el gobierno de Oaxaca.

Hubo lluvia, pero los músicos no pararon la fiesta. Si acaso se tenían que hacer algunos ajustes a la logística. Los danzantes portando sus huipiles con sus trenzados salieron al escenario y trajeron sus bailes e indumentarias distintivas de las ocho regiones de Oaxaca: Valles Centrales, La Cañada, Tuxtepec, Sierra Norte, La Mixteca, La costa –Pinotepa Nacional-, la Sierra Sur y el Istmo de Tehuantepec. “El jarabe mixteco”, “El sol del toro”, “El son del palomo”, y muchas más fueron entonadas por la banda de música que se llevó las porras de los asistentes. Es una fiesta que involucra desde los más pequeños hasta los viejos.

Cada una de las delegaciones fue subiendo al escenario y, durante más de 20 minutos, dedicaron sus bailes a sus invitados. Los danzantes al terminar su espectáculo ofrendaron comida, bebidas o frutas a los asistentes. Así fue durante más de dos horas. Cada baile era distinto y representaba a ese infinito mosaico de tradiciones. Las ovaciones eran para todos. No había quién se resistiera a bailar y a disfrutar de esos mezcalitos oaxaqueños.