HEREJE

Servando describe, afirma, critica, da lugar a un sistema de comparaciones que renuncian a colocarse pasivamente en el lugar del colonizado para dibujar su propio paisaje.

Gustavo Ogarrio

No sería exagerado afirmar que Fray Servando Teresa de Mier (1763-1827) se veía a sí mismo como un Jesús perseguido, un Cristo difamado, cuya honra quedó por los suelos luego de que se le acusara de “hereje” al sostener que la Virgen de Guadalupe había llegado con Santo Tomás de Aquino, grabada en su capa, a tierras americanas en el siglo I, para así resquebrajar el pacto colonial y afirmarse como el precursor de la nueva nación mexicana. Después de su célebre discurso del 12 de diciembre de 1794, Servando es encarcelado y llevado a España, escapándose más de treinta veces para también inaugurar una forma de libertad, la de los perseguidos, como afirmaría el poeta cubano José Lezama Lima.

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            En su peregrinaje europeo, Servando va forjando su crítica insobornable al Viejo Mundo con una narrativa que retoma el antiguo arte de la crónica, pasando por el género de la apología a la manera de un Sócrates mexicano. El cura “hereje”, ese sabio de la “universidad mexicana”, aprendió mediante su sátira de forastero en Europa al arte de la descripción crítica de las metrópolis. Al llegar a Barcelona, Servando le dice a los lectores de sus memorias: “Héteme aquí otra vez en el país del despotismo, a meterme yo mismo en las garras del león, para que devore su presa. No había otro medio para procurar mi regreso a la patria. Desde aquí ya esperará el lector que yo haga, según mi costumbre, una descripción del país”. Servando describe, afirma, critica, da lugar a un sistema de comparaciones que renuncian a colocarse pasivamente en el lugar del colonizado para dibujar su propio paisaje acerbo del absolutismo europeo y así justificar las independencias americanas; inventa su propia Europa para liberarse de ella.