Gustavo Ogarrio En su prólogo a la novela “José Trigo”, del escritor mexicano Fernando del Paso (1935-2018), Artur Lundkvist señala algunas de las claves de este libro: “Del Paso construye su obra conscientemente sobre el modelo en su estudiada técnica estilística, manteniendo como fabulador una independencia total. Tiene también, naturalmente, precursores más cercanos: en primer lugar, Carlos Fuentes… y, en segundo, (Miguel Ángel) Asturias con sus vehementes aceleraciones estilísticas”. Los dos temas de la novela “José Trigo”, la figura social y popular del ferrocarril, las huelgas del gremio en los años 50 y 60 del siglo XX –como herencia de la revolución mexicana– y que fueron derrotadas, así como la cruzada cristera, un movimiento armado y religioso de signo contrario a la revolución, van a ser también los “puentes” sobre los cuales va a surgir el espectro de José Trigo y la interrogación sobre su identidad: “¿José Trigo? / Era. / Era un hombre. / Era un hombre de cabello encarrujado y entrecano. Tenía cuántos años. Treinta y cinco, cincuenta. Cincuenta y cuatro trenes salen todos los días de la vieja estación de Buenavista y yo los cuento como cuento los años”. José Trigo: un símbolo, una interrogación que se va respondiendo con rumores, con miradas y testimonios fugaces que arman también su condición de espectro. Afirma Lundkvist: “¿Quién es José Trigo, que ha dado su nombre a la novela? No es nadie o es todos, cualquiera, una mistificación, un símbolo indefinido. Se pregunta por él a lo largo de todo el libro… A veces parece existir en el mundo de los sentidos como una determinada persona: lleva un cajón en la espalda –que es un ataúd infantil, blanco o negro –, está perdiendo un zapato o acaba de perderlo, lo sigue una mujer… su hijo acaba de morir y ella lleva en los brazos un gran ramo de girasoles. Pero tal vez ese hombre no sea José Trigo”.