Trilogía

Primo Levi fue uno de los testigos narrativos del exterminio judío en los campos de concentración nazi.

Gustavo Ogarrio

En el Prefacio de su libro “Los hundidos y los salvados”, último de la ahora identificada como “Trilogía de Auschwitz”, Primo Levi escribe: “después de haber sido centros de terror político, luego fábricas de muerte y, sucesivamente (o al mismo tiempo), una ilimitada reserva de mano de obra esclava continuamente renovada, los Lager se habían hecho peligrosos para la Alemania moribunda, porque guardaban el secreto de ellos mismos, el mayor crimen cometido en la historia de la humanidad”. Levi fue uno de los testigos narrativos del exterminio judío en los campos de concentración nazi que se había empeñado en evocar los ultrajes y las propias vergüenzas del terror hasta sus últimas consecuencias: un narrador “forzado” a moverse en la zona gris del testimonio como sobrevivencia vergonzosa; un “testigo privilegiado” que debía también encarar, “como un acto de guerra contra el fascismo”, la todavía más vergonzosa estrategia “negacionista” de aquellos “vencedores” que también querían ganar el combate por la interpretación de la historia reciente.

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            Si bien son sumamente diversos los modos en que el territorio del genocidio nazi se ha narrado, en el caso de los campos de concentración, todavía más intrincada es la pregunta ¿cómo relatar el horror? o la interrogante de si es posible vincular narración, testimonio y exterminio; lo cierto es que las consecuencias de estos relatos han dejado una zozobra sobre la misma definición contemporánea de “literatura”. Los narradores de Auschwitz (Primo Levi, Victor Klemperer, Joseph Roth, Jean Améry, Imre Kertész, entre otros), se mueven trágicamente entre el exceso de memoria evocativa y la falta de memoria narrativa; entre la obligación de una palabra sin artificios literarios y la necesidad de testimoniar su experiencia también con elementos estéticos.