El tostón

Jaime Darío Oseguera Méndez El diciembre de 1971, el presidente de la República era Luis Echeverría Álvarez y el gobernador Servando Chávez Hernández. México experimentaba una transformación que se fue materializando en los siguientes años. Gozaba las mieles del famoso “milagro mexicano”, economía con estabilidad, crecimiento sin precedentes y desarrollo sostenido. PUBLICIDAD La población era …

Jaime Darío Oseguera Méndez

El diciembre de 1971, el presidente de la República era Luis Echeverría Álvarez y el gobernador Servando Chávez Hernández. México experimentaba una transformación que se fue materializando en los siguientes años. Gozaba las mieles del famoso “milagro mexicano”, economía con estabilidad, crecimiento sin precedentes y desarrollo sostenido.

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La población era de 50 millones, menos de la mitad de los que se calculan hoy. Entre 1960 y 70 había aumentado más de cuarenta por ciento la población, siendo México uno de los países con mayor incremento poblacional del mundo.

Michoacán seguía una lógica similar. De acuerdo con el Censo teníamos en el estado una población de 2 millones 400 mil habitantes, la mitad de los 4 millones 800 que los datos nos marcan en la actualidad. Así de diferentes eran las cosas.

A finales de los sesenta la población había aumentado notablemente como consecuencia del crecimiento económico en todo el país y la incesante urbanización e industrialización de algunas zonas. Se consolidaba el tránsito de un país rural a zonas urbanas muy definidas en las principales capitales.

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El Producto Interno Bruto fue de 4.3 por ciento en 1971, el año de mi nacimiento, pero ya veníamos creciendo a tasas promedio de casi el siete por ciento a finales de los sesenta. Nunca más se han vuelto a ver. En los ochentas inició la crisis económica recurrente que ha marcado a nuestra generación, con falta de expectativas, neurosis, pesimismo y mucha frustración.

En la música en español, ese diciembre de 1971 Mari Trini es la número uno con “Amores”, Micky cantaba “El chico de la armónica”, Jeanette “Soy Rebelde”. Roberto Carlos triunfa con “Amada Amante”; Lennon lanza la histórica “Imagine”; Carol King destaca con “You Got a Friend” y Led Zeppelin tiene dos grandes éxitos ese año “Black Dog” y Strairways to Heaven”.

Ese año, el libro de ficción más vendido fue “El exorcista”. Se inventó la pantalla líquida y el signo de arroba tan manejado hoy en las redes sociales.

La movilidad social provocó el advenimiento de clases medias que abarrotaron sus casas de hijos, las universidades de alumnos y profesores, las industrias de trabajadores y las calles de jóvenes ansiosos de transformar su entorno, de bailar y disfrutar; pelo largo y minifalda; desafío a la autoridad. Acababa de pasar el movimiento estudiantil de Tlatelolco y no cabe duda que tienen mucha razón que quienes dicen que lo mejor que dejó 1968, fue el 69.

Me gusta citar una frase que le atribuyen al gran Albert Camús “un vicio de conocimiento de los contemporáneos es pensar que su tiempo es el mejor, el más importante” y así nos pasa a muchos de quienes estamos llegando este año al medio siglo. Dicen bien que cuando se llega al tostón, se acabó el peso.

Nunca escribo en primera persona, pero es un día importante porque no siempre se cumple medio siglo. Me detengo solamente para compartir con los lectores algunas de las cosas que hemos presenciado estos cincuenta años.

En lo particular distingo cinco grandes transformaciones que se han experimentado en México y en el mundo este medio Siglo y que nos ha tocado vivir, disfrutar y padecer en carne propia. Son sólo reflexiones al vuelo.

Primero, nos tocó vivir la revolución ambiental, que ha puesto el acento en nuestra responsabilidad para lograr una sobrevivencia como especie en el futuro. En estos cincuenta años, como consecuencia de la irresponsabilidad de la dinastía humana, hemos deteriorado a tal grado el medio ambiente que si no tomamos medidas extremas, el asunto se acaba. Pero hace medio siglo esta no era una preocupación central para los padres y menos para los hijos. A nosotros nos tocó por primera vez reciclar la basura, tratar el agua, luchar contra el calentamiento global y hoy afortunadamente tenemos una educación ambiental diferente.

Segundo, la revolución informática y la llegada generalizada de los microprocesadores y sus poderosos derivados a todos los ámbitos de nuestras vidas. Para mi generación de niños, el teléfono celular, la comunicación virtual, las computadoras personales y el internet, fueron literalmente asuntos de ciencia ficción. Hoy son la parte central de nuestra vida y la han transformado. Nosotros lo vivimos antes y después.

El amor libre de la generación previa, termina con la llegada del SIDA a mediados de los ochentas y aquella libertad sexual ganada en los sesenta quedó para siempre amenazada por el miedo y el conservadurismo. Las relaciones entre hombres y mujeres se transformaron en esta misma generación. La simple amenaza de la enfermedad y su contagio marcó sin duda una diferencia con las generaciones anterior y posterior, quienes ya no tuvieron de manera tan dramática el peso de la guillotina sobre las relaciones libres.

La revolución ideológica consecuencia de la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética fue un momento emblemático en los adolescentes de los ochentas, mi generación. La desaparición del estalinismo soviético como consecuencia de la atrocidad de sus delitos y el incremento de la desigualdad en los países del capitalismo liberal, marcó ideológicamente a quienes iniciábamos la militancia en las causas progresistas y provocó un vacío transitorio, pero nos hizo más escépticos, acaso más realistas, a diferencia de la generación previa que soñaban con la transformación a través de un sistema económico diferente. Hoy seguimos siendo responsables de transformar el país y el mundo desde cualquier trinchera que nos encontremos.

Finalmente la pandemia que nos agarra ya en los cincuenta, ha marcado otra gran transformación para mi generación. Nada será igual después de la COVID-19 y sus variantes. No lo será siquiera el saludo o la convivencia. No seremos nunca los mismos.

No hay un dejo de pesimismo ni mediocridad o frivolidad en estas palabras. No es un análisis. Sólo reflexión con quienes generosamente nos leen. Y gratitud a quienes me han acompañado este tiempo a vivir lo vivido. Habrá que seguir trabajando por lo soñado, cumplir lo prometido y culminar lo iniciado.