LA CASA DEL JABONERO | Matar al mensajero

Digo las cosas como las pienso, odio los eufemismos, y sin embargo nunca es mi intención agredir a nadie, por muy imbécil o cretino que sea

Jorge A. Amaral

En octubre, el líder estatal del PRD, Octavio Ocampo, arremetió contra el exdirigente panista José Manuel Hinojosa por supuestamente haber movido sus influencias para que los diputados panistas se aliaran con Morena en la votación para designar auditor Superior de Michoacán a Marco Antonio Bravo, compadre del gobernador Ramírez Bedolla. De eso dio cuenta mi compañero Javier Favela en una nota.

PUBLICIDAD

La panista Liz Alejandra Hernández, sintiéndose aludida, lejos de fijar una postura ante lo dicho por Octavio Ocampo, presentó una queja ante el IEM acusando no sólo al perredista, sino también a Javier Favela de presunta violencia política en razón de género.

En el PRD, al recibir la queja, borraron toda evidencia de los dichos de un iracundo Octavio Ocampo. Pero la actuación del IEM, a través de César Edemir Alcántara, coordinador de lo Contencioso Electoral, ha sido sumamente sospechosa, ya que mientras el nombre de Octavio Ocampo se fue desvaneciendo de la queja, el de Javier Favela se fue remarcando, pidiéndosele una serie de requisitos a presentar en tiempo récord. Pero además, desde el área de César Edemir Alcántara se le han dictado medidas cautelares, como prohibirle volver a escribir sobre la diputada, y al medio se le ordena eliminar de sus registros la nota publicada en octubre, así como bajarla de cualquier plataforma digital.

Pero no crea usted que es una cruzada contra la violencia política en razón de género, ya que esto no es sino un burdo uso del tráfico de influencias y conflicto de interés, porque, por si no ha leído las notas publicadas al respecto, resulta ser que la diputada que se dice agraviada tiene entre su grupo de colaboradores a una tal María Veneranda Ceja Vargas, consejera del PAN y asesora en el Congreso local, quien además está casada con César Edemir Alcántara.

PUBLICIDAD

A muchos funcionarios públicos les gusta la idea de que tienen poder y lo tratan de hacer sentir cada vez que pueden, y esta fue una gran oportunidad para la diputada: demostrarle a un reportero que de ella no se va a estar hablando. Sin embargo, aunque la violencia política de género existe, y por eso es que han sido necesarias reformas a la ley, habría que ver hasta dónde, porque se puede caer en excesos y cualquier funcionaria cuestionada en su desempeño, señalada de actos de corrupción o acusada por cualquier irregularidad, puede quejarse violencia política en razón de género y listo, se quita de encima a quienes le ensucian la imagen. Como lo están haciendo ahora desde la oficina de César Edemir Alcántara contra Javier Favela, quien queda más como un chivo expiatorio sólo por recoger las declaraciones vertidas en una rueda de prensa.

¿Por qué el nombre de Octavio Ocampo, el presunto agresor, poco a poco se ha desvanecido hasta centrarse en Javier Favela? La alianza electoral entre el PRI, PAN y PRD, al menos en Michoacán, pende de un hilo. No se quieren pero están juntos por un interés: arrebatarle el poder a Morena, y como no les conviene estar peleados, se busca destensar la relación: un par de llamadas, una reunión en algún café o restaurante y listo, y se recurre a los buenos oficios de César Edemir Alcántara para que se enfoque en el mensajero y deje en paz al remitente.

Ahora, si supongamos que en realidad fue un acto de violencia, pues qué complicado ser Liz Hernández, doblemente agraviada: al final para su partido pesó más la necesidad de una alianza electoral que su condición de víctima, porque se demuestra que a su dirigencia estatal le importan un bledo sus correligionarias cuando hay una agenda político-electoral que acatar y cumplir. “Hija, obedece a tu marido, él sabe lo que es mejor para ti”.

Sólo una cosa, estimado lector: todo lo que usted lea en este espacio es mi opinión, son mis palabras, son mis ideas. Digo las cosas como las pienso, odio los eufemismos, y sin embargo nunca es mi intención agredir a nadie, por muy imbécil o cretino que sea. Esta columna no refleja una línea editorial ni está al servicio de los intereses de nadie.

El Personal: “No me hallo”

Hay bandas de las que nunca me cansaré, y una de ellas es El Personal, sobre todo por el disco que los hizo leyenda: “No me hallo”.

Este grupo nació en una ciudad grande pero provinciana, provinciana como conservadora, tan creyente pero tan libertina a la vez; sede del que fuera el cártel más poderoso de México y de donde saldría el dream team del narco: Caro Quintero, Ernesto Fonseca, Amado Carrillo, El Chapo, El Mayo y toda una pléyade de capos mexicanos.

Conocí a El Personal como se conocía la música antes de la era de Spotify y las descargas legales e ilegales: en el mano a mano, y es que un antiguo conocido puso en mis manos un casete bajo la promesa de que me gustaría… y no se equivocó. Tiempo después pude conseguir una edición de Discos Pentagrama, y aunque suelo escuchar “No me hallo” en la misma tanda que “Tiempos oscuros” y “Mis amigos muertos” (ya hablaremos de ellos), de Real de Catorce, por tener la misma calidad, el espíritu de los comandados por maese Julio Haro es más lúdico que los entonces liderados por José Cruz Camargo.

“No me hallo” inicia con “¡Niño, déjese ahí!”, un canto de censura a la masturbación. En esta cumbia reggae Julio Haro juega con todos los prejuicios, clichés y amenazas del onanismo: quedarse enano, la salida de pelos en la palma de la mano, que se va a caer en pedacitos y todo con que se amenaza a los chamacos: “Que va a venir un roba-chicos, / que va a venir Sigmund Freud, / que va a venir el tacuache, / que va a venir Margaret Tatcher, / que va a venir El Personal / y se van a poner a tocar”.

Considerado de manera no oficial como el primer sencillo de El Personal, “No te hagas” es una suerte de foxtrot a la tapatía en el que se pone de manifiesto el a veces infantil juego del flirteo, y si consideramos la homosexualidad de Haro, podría interpretarse esta canción como la incertidumbre de sentirse atraído hacia alguien y no saber si es, si no es, si nomás parece o no se acepta, pero independientemente de todo, el lenguaje corporal no deja mentir a nadie.

“Dale de comer al conejito”, igual que matar el oso a puñaladas y ponerle mayonesa al camarón, es una declaración de amor y, lo más importante, de intenciones: “Yo no quiero ser tu padre, / yo no quiero ser tu madre, / yo no quiero ser pariente, / ni siquiera un buen amigo; / yo lo que quiero contigo / es asunto muy aparte, / es a picarte el ombligo / a lo que aspiro yo tanto / y por eso yo te canto / para ver si lo consigo”, y esta cadencia, este ritmo, la hacen una excelente letra, y si a eso le sumamos ese ritmo de reggae jarocho, la canción se vuelve deliciosa.

“El menjurje”, bolero arrabalero y sórdido que constituye una súplica para olvidar el amor pero también el desamor, o como dijera Bronco: pastillas de amnesia, aunque obviamente que El Personal lo hace con más gracia: “De ese pechero que hierve, / de ese perol, / de ese alambique que tienes, / de ese licor, / dame una gota / para ayudarme a olvidar a mi amor”. Esto, más el solo de guitarra de Óscar Ortiz, lo transporta a uno a cualquier bar de mala muerte.

De las canciones que más me gustan de este disco es “La tapatía”, y es que cualquiera que conozca a La Perla de Occidente puede viajar con esta canción por las entrañas tapatías: “Vimos bicis, vimos motos / y en la calle, muchos jotos. // Caminamos por la Juárez / rumbo al Cine Variedades, / nos dimos un toquecito y se le abrió el apetito”. Cada que escucho esta rola casi puedo ver a mi abuelo deleitándose con un caldo de pescado en el Mercado de San Juan de Dios, donde podías tomar todo el caldo y bolillo que quisieras mientras no te comieras la carne, lo que para un hombre como mi abuelo, con poco dinero pero con la glotonería característica de los Amaral, era una gran ventaja.

A manera de reggae existencialista, “No me hallo”, la que le da nombre al disco, expresa un trauma ontológico marca Haro, y es que este personaje vivió negando la religión, la política, el futbol, la familia (a la que regresó pero sólo para morir) y todo eso que puede darnos, aunque sea ficticia, una identidad.

“Nosotros somos los marranos” es un canto antiecologista en el que, si tuviera un video oficial, seguramente participaría El Ecoloco, de Odisea Burbujas. No quiero abusar de la interpretación, así que el sentido real de la ironía en este tema se lo dejo a usted.

“Broche de oro”, ideal para cerrar un gran disco, es un delicioso reggae de amor y desamor que además juega con pasajes en las canciones de Agustín Lara, pero sin perder el sentido del humor que siempre caracterizó a El Personal: “Llámame Pedro, llámame Juan, / llámame ahora, llámame ya, / llámame por teléfono / nada más no me llames por cobrar”.

Por eso le recomiendo “No me hallo”, esta joya del rock mexicano que, a pesar de su marginalidad, de tan bueno se volvió un icono.