La elección del narco

¿Qué ocurrió en la elección? ¿Qué falló en las encuestas? ¿Por qué más de la mitad del país, presa de incertidumbre, sigue envuelta en las nieblas de la duda?

Leopoldo González

Según estudios y proyecciones que circularon de forma masiva, las elecciones del 6 de junio serían un referéndum en el que los mexicanos calificarían con su voto la gestión de Morena y López Obrador, y al mismo tiempo decidirían qué clase de país querrían para el futuro.

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Los despachos de consultoría y los análisis prospectivos publicados antes del proceso electoral, dejaban claro que la decisión de ese día era para eso: para medir qué tanto respaldo tenía Morena, saber cuánto de ese apoyo había perdido y determinar cuál era el rumbo que seguiría el país.

Evidentemente, el núcleo de la elección era entre dos colores y dos formas de mirar al país: los que buscarían apuntalar el personalismo populista y clientelar de Morena, pensando en el beneficio personal o mafioso que les acarrea, y quienes optarían por cerrar el ciclo de sucio autoritarismo que vive el país y consumar una vuelta a la democracia.

¿Qué ocurrió en la elección? ¿Qué falló en las encuestas? ¿Por qué más de la mitad del país, presa de incertidumbre, sigue envuelta en las nieblas de la duda? ¿Dónde estuvo la mala vibra y la mala tenebra que alteró el resultado electoral? La clave para responder cualquier pregunta está en el conocimiento, pero también en seguir la temperatura de los intereses y las rutas del dinero.

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Luego de que se han acumulado las evidencias, como se llama en los tribunales a las pruebas que demuestran un hecho o una afirmación, puede decirse que la credibilidad y el prestigio del INE aumentaron en la elección, no así la imagen y percepción que la ciudadanía tiene de ciertos actores políticos.

Incluso el INE, tan denostado y vituperado por la mafia del poder, de acuerdo con México Elige tiene una aprobación del 62 por ciento, muy por encima de la que tienen otros actores.

La oposición aliancista, y no sólo la integrada por PRI, PAN y PRD, sino el MC, sabían con certeza que el punto de quiebra del morenazgo y el obradorismo sería la cita electoral de junio, cuyo resultado -de no haber muchos moretones de por medio- podría ser el pasaporte al 2024.

Morena y su jefe de gobierno no sólo sabían que caían en la intención de voto; también sabían que en la elección se jugaban su legitimidad, una mayoría de legisladores amanuenses, su implantación territorial y el proyecto político de la llamada 4t.

Es posible que nunca sepamos la cantidad exorbitante de miles de millones de pesos que bajó a bolsillos y chequeras bajo sospecha el poder presidencial, con tal de que la derrota de su proyecto no fuese tan mayúscula y espectacular. Sabemos, en cambio, que fue dinero de los contribuyentes, y que ni remilgos ni escrúpulos morales inquietan a los encargados de su operación.

La otra clave para conseguir que la derrota no fuese tan amplia y aparatosa, fue alinear a impresentables y poderes atípicos en toda la cuenca del Pacífico, que no por casualidad es corredor y centro de abasto de cualquier cantidad de químicos y agroquímicos, con la idea de que ni la derrota pareciera derrota ni el naufragio pareciera naufragio.

Aún con toda esa masa de poder como aval, que habría sido suficiente para vencer con cordialidad y sin gran esfuerzo a 1000 elefantes juntos, Morena perdió las mayorías que estaban en juego, el presidente de la República se quedó con puntales, pero sin pueblo y la 4t perdió la fuerza de impulso que traía de 2018.

En materia electoral y partidista, aceptar y tolerar apoyos de dudosa procedencia y trayectoria equivale a poner en riesgo la cultura política y el sistema democrático, porque es lo mismo que intentar limpiar con sarro y cochambre las avenidas de acceso al poder.

En Colombia, después de todo lo que pasó por esa turbia relación mafia-poder, la sociedad aprendió y pronto dio una vuelta de tuerca hacia la restauración del sistema democrático.

En Panamá también aprendieron, luego de la captura por la DEA del General Manuel Antonio Noriega. Aprendieron, pero también rectificaron a tiempo.

En Venezuela no han aprendido aún, y la mejor prueba de ello es que Diosdado Cabello sigue ahí, en la cima del poder, como mensajero y amortiguador de intereses que suelen no decir su nombre.

Nicaragua también sigue sin aprender, no sólo porque el masoquismo crea y refuerza cierto apego hacia la mala vida, sino porque ver de frente a la oscuridad nunca es agradable, menos aun cuando esto se da a golpe de vista.

En el caso de México, dan ganas de pensar que no todo está perdido. Las clases medias que hicieron la Guerra de Independencia, fueron artífices de la Guerra de Reforma y dieron su aporte para la culminación de la Revolución de 1910, son hoy la reserva crítica y moral de la República.

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Dice el libro de los Proverbios, 13, 16: “El hombre sensato lo hace todo con reflexión, pero el necio manifiesta su insensatez”.

leglezquin@yahoo.com