Alas

Narración corta

Lo miró aparecer como quien presencia un prodigio. Fue en el granero abandonado. El primer día le llevó leche de cabra, un pollo y pastura. Así ocurrió a partir de esa jornada y la criatura creció saludable. Él se sentía orgulloso de esa crianza secreta.

   Desarrolló alas de cóndor, mirada de socavón de mina y una cresta bermeja que medía casi medio metro. Sabía hablar y lo hacía con medida como si meditara cada palabra.

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   Después del año quiso caminar fuera del granero, lo hizo a medianoche. El deseo de aventura creció: deseaba volar y logró hacerlo entre las torres de la iglesia. La situación se agravó cuando descubrió que podía nadar y, con el paso de las semanas, gustaba de dormir en el lecho de la laguna.

   Ya poco recalaba en el granero, no obstante, una madrugada el hombre la escuchó y salió a verla. La criatura tenía el plumaje desplegado, sólo había venido a despedirse. La vio volar con rumbo al océano, quizá ya no regresaría.

   Así parecía, no se le vio durante medio siglo completo. El mundo cambió en aquellos lustros, pero la criatura, al fin, regresó y su vuelta fue definitiva. Aquella mañana, el individuo la encontró en el granero. Había perdido su mirada paralizante y el plumaje estaba marchito como palmera moribunda. Apenas podía sostenerse en pie y su cresta caía grisácea. Aseguró que había llegado el tiempo. Dos minutos después se derrumbó como un árbol talado.

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   El individuo entendió que la criatura tenía razón: el tiempo había llegado. A tumbos logró acercarse y se acostó sobre una de las alas. Se sintió más fatigado que nunca, seguro de que ya no podría incorporarse. Así llegó la noche al granero. Olía, créanme que olía a tristeza.

Saúl Juárez