Saúl Juárez Había un sueño que se repetía, lo padecía desde que tenía quince años. Era una pesadilla extensa, tan acuática como la laguna. Debía remar con toda mi fuerza, las criaturas me perseguían por el oleaje y por el viento para devorarme. Me esforzaba cuanto podía, pero estaban a punto de atraparme, sus caras de arpías ya estaban frente a mi rostro. En ese instante lograba despertar bañado en sudor. Empezaba a buscar refugio en la realidad. Pasaron los veinte y los cincuenta y los setenta años. El sueño se repetía varias veces al mes. Al fin, ya anciano, decidí ir a un psiquiatra. El médico aseguró que así ocurre con los miedos no resueltos. No quedé conforme después de varias sesiones. Acudí con una hechicera. Ella sí se interesó por el sueño. Pasó sus manos por mi cabeza con ramas y letanías. Después se colocó de frente a mí con su rostro descompuesto de calavera, y aseguró: “Solo tengo una verdad: en la muerte ya no soñarás”. Cuando salí deslumbrado a la luz del día, pensé que lo único que deseaba era seguir vivo y dejar de soñar. Pero no tuve suerte, ocurría casi a diario. Me seguían en la laguna. Imposible acostumbrarse, menos ahora que ya no eran criaturas sino mujeres y hombres que iban tras de mí. Humanos con lenguas bífidas u hocicos de jabalíes salvajes. Decidí dejarme morir permitiendo que los días me llevaran en su corriente. Hoy siento que empiezo a agonizar y ya no recuerdo bien el sueño, olvido la pesadilla a cada minuto. Creo estar cerca de la muerte con la mente en blanco. No sé si ahora estoy en el otro mundo, lo único seguro es que, en el vacío, quisiera soñar, aunque fuera un poco, con la persecución de la laguna.