Saúl Juárez Llevo años sin poder salir de las aguas movedizas. Los días avanzan, pero siento que la verdadera existencia sólo pasa rozándome; sigue de largo mientras yo miro su cauda desde la ventana. Todo empezó a cambiar cuando, hace unas semanas, llegó Sonia como nueva analista a la oficina. Era una chica morena que caminaba apresurada, sus tocones sonaban fuerte. Lo distinto es que todos se percataron que sabía observar a las personas a profundidad; en poco tiempo intuyó mi circunstancia y me habló en el balcón fumador. Solía ir al grano de forma clara. —Tienes que enfrentar lo que tanto te lastima —me dijo a la mitad de la charla. —Estoy bien —mentí. —Perfecto —contestó con ironía—, hablemos entonces de la calidad del tóner de la fotocopiadora. Los meses pasaron y salíamos a fumar, a veces permanecíamos callados mirando desde «nuestro balcón» los edificios imponentes. Lo cierto es que, al año de conocerla, estaba enamorado y, desde luego, ella lo sabía. Por las noches pensaba que es posible no tener vida, pero el amor estaba a la mano como un higo maduro. Me alegró cuando la nombraron directora, aunque nunca imaginé que lo primero que hizo fue despedirme. —Quiero que te vayas de estas oficinas y de la ciudad. Sólo así podrás salir del pantano. Su argumento era inapeable, supe que esa mañana sería la última. Fumamos el segundo cigarro entre el humo del silencio. La quietud extendió sus redes y así han pasado diez años desde entonces. Hoy vivo al otro lado del país y recordar a Sonia es como tomar su mano. No sé si he logrado salir de las aguas movedizas, pero puedo sentir la tierra firme al rememorar aquel balcón.