Saúl Juárez Estoy seguro que si me vieras dirías: «La vida debe continuar». O algo así. Aunque ambos sabemos que jamás podremos mirarnos. A cambio, oigo tus pisadas a diario, vienen desde la duela del departamento de arriba. En las noches son leves como si apenas tocaran la madera, ligeras, plumas de garza. Deambulas por todo tu departamento como si fueras por un laberinto del que conoces la salida. A veces creo oír que cantas bajito cuando cae una tormenta. Siento, además, que me proteges desde allá arriba. No es la protección a un desamparado, es estar siempre presente en la existencia de quien te necesita. Ahora mismo estoy acostado en mi cama y la congoja del día se disipa cuando tus pasos van y vienen. Son los de un ser que ahuyenta todo peligro. No tengo la menor duda de que eres mujer, a veces creo caminar a tu lado, pero la mayor parte de las ocasiones aquí permanezco quieto, reconfortado con oírte trajinar como lo haces noche tras noche. Cuando llueve tus pasos se perciben con mayor intensidad. Un poco de sabiduría creo tener en esta duermevela, en la locura que se mueve como la neblina. A veces cuento cada uno de tus pasos hasta dormirme. Yo estoy convencido de que no es cierto lo que aseguran los del edificio, dicen que el departamento de arriba lleva años vacío y que ahí vivía una joven que se lanzó por el balcón. Mejor guardo silencio y me escabullo. Por la madrugada circulas sin parar, ese es mi secreto y mi verdad. Jamás he imaginado tu rostro, pero sí tu cuerpo: ágil y flexible. Creo que aquí el tiempo no cuenta y la respiración se confunde con la marea. Me siento seguro y privilegiado por ser el hombre elegido para escucharte.