Saúl Juárez Soy un ilusionista cautivo, ustedes juzgarán: Fui a vivir a Villa Deodati, cerca del lago, para familiarizarme con lo que ocurrió en 1816, hace 200 años cuando los tres escritores deseaban salir del mundo. Pasados un par de meses fui capaz de capturar la atmósfera —el rumor de la pluma sobre el papel y el tictac del reloj—, también logré escuchar los monosílabos de la escritora durante el desafío de los primeros capítulos. Percibí su llanto ártico cuando la criatura de Frankenstein iba por las montañas de nieve. Entendí que había nacido con las más bellas palabras y con los relámpagos. Oí su voz metálica, capaz de rasgar toda coraza. Todo ello era útil para mi presentación y así llegó el momento. Los comensales estaban impacientes y las antorchas ya iluminaban Villa Diodati. Yo había creado el artilugio más artístico para encarnar la sombra del moderno Prometeo. Nada se compara con el miedo de ser otro, pensé al salir. Aparecí en lo alto de la casa y hasta los insectos callaron. Yo era la ceguedad misma y empecé a bajar sin ningún sostén. Hasta mí llegaban los murmullos del publico desde el jardín. Era una sombra refulgente (si es que eso existe) que flotaba hasta bajar a unos centímetros del andador. Regresé con idéntico temblor para subir a la cresta mientras escuchaba los aplausos. Extendí los brazos y alcance a ver relámpagos sobre los picos de los Alpes. La presentación fue trastornadora, pero desconozco qué puerta literaria abrí y así han pasados los siglos y la exhibición se repite. Es verdad que no ocurre con el lustre de entonces, pero hoy se enciende todas las noches en Villa Diodati, en donde sigo atrapado.