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LA VOZ DE LA FE

13 de diciembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Hoy, domingo 13 de diciembre, en sintonía con el Gobierno del Estado de Michoacán, los cristianos vivimos la Jornada del Migrante en espíritu de oración y compromiso.

Más allá de las fronteras y de las diferencias culturales, los pueblos del mundo entero están llamados por Dios a formar una sola familia. Nadie ha de ser despreciado por razón de su origen. En nuestra época más que nunca, son muchas personas las que, como observa el Papa Francisco “emprenden el arriesgado viaje de la esperanza, con el equipaje lleno de deseos y de temores en búsqueda de condiciones de vida más humanas”.

No es raro que la llegada o el paso de un extranjero provoque desconfianza y hasta rechazo. Sin embargo, el mandamiento bíblico nos pide superar los recelos y prejuicios y más bien acoger con respeto y solidaridad a toda persona sin distinción de raza o nacionalidad.

Todos hemos de practicar la cultura de la acogida sin considerar a nadie como despreciable o inútil. Los cristianos, siguiendo las enseñanzas, de Jesús debemos reconocerlo a Él en la persona de los forasteros que salen lejos a buscar trabajo o huyen del peligro, de quienes son víctimas de la violencia y la explotación.

Por falta de sensibilidad o por razones egoístas, con frecuencia marcamos distancia y cerramos los ojos a los dramas humanos que sufren nuestros prójimos. Son lamentables los abusos y las vejaciones que padecen muchos centroamericanos al transitar por nuestro territorio tratando de llegar al País del Norte.

En ocasiones los gobernantes y legisladores establecen políticas y normas que desconocen la dignidad y los derechos de las personas, especialmente de los niños negándoles las posibilidades de educación o atención médica, o bien obligándolos a vivir lejos de sus padres. La globalización tendría que manifestarse también en un esfuerzo por hacer más humanas las condiciones de los emigrantes y refugiados.

Por otro lado lo deseable y lo ideal sería que la gente no tuviera necesidad de abandonar su propia tierra para conseguir un empleo digno y poder sostener a su familia sin el peligro de un desarraigo. Pensando en el niño Jesús que, con María y José, sufrió el exilio en Egipto, pidamos a Dios que puedan regresar los ausentes y vivir en paz y con dignidad en medio de los suyos.

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