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Foto: Notimex. En Donetsk, la principal ciudad del rebelde Donbass, se considera sospechosa cualquier cosa que tenga que ver con Occidente en general y con los Estados Unidos en particular.

Los cristianos en Donetsk viven bajo permanente amenaza

12 de septiembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Donetsk, Ucrania, 12 Sep (Notimex).- Los cristianos no se sienten perseguidos solo en Iraq y Siria, donde el Estado Islámico nos ha acostumbrado a una indescriptible carnicería. Incluso en la civilizadísima Europa algunos grupos protestantes han sido presionados, si bien con otros métodos.

¿La razón? Sus miembros son acusados de ser espías de los Estados Unidos, agentes a sueldo de Washington en la zona más conflictiva del viejo continente: el Donbass. Desde hace más de un año en esta región del este de Ucrania está teniendo lugar “una guerra civil”, según algunos, “con intérpretes internacionales”, según otros.

En Donetsk, la principal ciudad del rebelde Donbass, se considera sospechosa cualquier cosa que tenga que ver con Occidente en general y con los Estados Unidos en particular. Marcas como Coca-Cola y McDonalds han sido repudiadas. Lo que viene de los Estados Unidos es el mal, lo que viene de Rusia es el bien.

Los separatistas pro-rusos ven conspiraciones por todas partes, incluso en la religión.

Según ellos, entre las iglesias protestantes, y especialmente las evangélicas, que a lo largo de los siglos han tenido un amplio seguimiento en los Estados Unidos, se encuentran numerosos siervos de la causa americana que tienen la intención de boicotear como sea la recién proclamada República Popular de Donetsk, que cuenta con el apoyo, oficialmente no militar, de su amada Rusia.

Con un decreto aprobado recientemente el gobierno rebelde ha prohibido de facto todas las iglesias protestantes, ya que ha formalizado sólo cuatro credos: la Iglesia Ortodoxa Rusa, la Iglesia Católica, el judaísmo y el Islam. Todo lo demás es ilegal.

La única razón dada por los políticos para justificar esta medida es que “se ha querido poner orden” en la religión. Nada más. Pero extraoficialmente hay muchos que aseguran que no es exactamente así.

La gran mayoría de la población de la República Popular de Donetsk profesa la fe ortodoxa. En Donetsk la conocida influencia de los símbolos de la antigua Unión Soviética se ve mitigada por una fuerte adhesión al cristianismo ortodoxo del Patriarcado de Moscú.

Algunos batallones se refieren directamente a la fe como el “Ejército Ortodoxo Ruso”. Hay figuras religiosas por todas partes y están vinculadas también al paneslavismo de la “Santa Madre Rusia”, protectora de los pueblos eslavos.

En resumen, los ortodoxos gozan de una situación privilegiada, y sin duda no es casualidad que desde que se aprobó el decreto de sólo cuatro religiones la archimandrita de la Iglesia Ortodoxa Rusa de Donetsk se niegue a dar entrevistas.

“La primera iglesia evangélica del Donbass fue fundada hace más de 130 años. Desde entonces ha tenido una cierta difusión. Somos ancianos. Me encantaría saber lo que tenemos que ver nosotros con los Estados Unidos”, exclama Ivan Tavanic, que desde hace 26 años es pastor de la Iglesia Evangélica Metodista.

Y continúa: “De repente una milicia cuyo nombre desconozco se presentó a mi iglesia, en el distrito de Petrovskiy, y con las armas nos ordenó que nos fuésemos para siempre. Desde hace meses toda la estructura está abandonada”.

“Tengo miedo incluso de pasar por delante, me dijeron que si me veían me dispararían. El verano pasado encontraron misteriosamente asesinados a pastores de otras iglesias evangélicas y a sus hijos”, añade.

Desde cuando la Iglesia Evangélica Metodista fue secuestrada por las milicias de la República Popular de Donetsk, el pastor Tavanic y sus hermanos se reúnen clandestinamente.

A veces rezan en la casa del mismo pastor; otras veces, cuando son más numerosos, en iglesias evangélicas que extrañamente no han recibido ninguna orden de cierre. Hasta ahora estas actividades no han recibido ningún toque de atención, pero los creyentes temen cada vez más las represalias, de manera que cada vez son menos.

“No tengo ni idea de por qué mi iglesia no ha sido cerrada. Cada día temo que puedan presentarse a nuestra puerta soldados armados. Pero hasta ese día vamos a continuar con nuestro trabajo”, dice Vladimir Velgus, que desde hace 23 años es el pastor de la Iglesia Cristiano Evangélica Bautista.

“Esto no es sólo un lugar de culto. Acogemos a 28 familias de Petrovskiy que por los combates han perdido sus hogares. Antes de la guerra nuestra iglesia tenía más de 600 creyentes, ahora son menos de la mitad”, afirma.

Pero parece que detrás de este tipo de “restricciones” no habría sólo las acusaciones de espionaje.

Lo dicen en voz baja, siempre en el anonimato, los católicos, según los cuales los rebeldes quieren dar más privilegios a la Iglesia Ortodoxa Rusa. Expulsar el catolicismo de la escena religiosa sería un gesto demasiado llamativo, con consecuencias políticas obvias, ya que estamos hablando de un país europeo.

De hecho, levanta sospechas que el techo de la iglesia católica de San José, en una zona de Donetsk casi del todo libre de bombardeos, haya sufrido graves daños como consecuencia de un proyectil lanzado por quién sabe quién.

Mariamna, una creyente, refiere que “hace meses que estamos sin sacerdote. El padre Nicolás fue llamado a Kiev, a la sede central. La razón es obvia: la guerra. Pero no estamos desmoralizados, permanecemos unidos. Es cierto, nos hemos reducido considerablemente en número, pero seguimos orando. Yo y un pequeño grupo de oración, de cuatro o cinco personas, nos encontramos todas las mañanas”.

Señala que “además de orar por el fin de la guerra, mantenemos la iglesia limpia y viva. Todos los domingos a las once, sin embargo, vienen más fieles a la iglesia. Una misa sin sacerdote”.

En Donetsk también las sinagogas y las mezquitas se han vaciado. La Gran Mezquita está cerrada desde hace meses por un tema de seguridad: al comienzo del conflicto algunas de sus partes fueron alcanzadas por proyectiles y el gran imán tuvo a bien cerrar sus puertas. Al menos hasta que vuelva a reinar la paz.

Actualmente los creyentes, pocos, se reúnen en un pequeño centro cultural, con un minarete, dirigido por un jovencísimo imán, Erazm Averinot.

“El primer musulmán llegó al Donbass en el siglo 18 para trabajar como minero. Luego, después de la Segunda Guerra Mundial llegó una oleada de musulmanes de Tatarstán, también para trabajar en las minas. Por aquí han surgido pueblos enteros de mineros habitados sólo por musulmanes. Los musulmanes siempre hemos vivido en paz”, dice el imán.

Abre un enorme cuaderno con números, lo hojea y continúa: “Antes de esta guerra los musulmanes del Donbass eran más de 150 mil, provenientes de Tatarstán, Azerbaiyán y Turquía”.

“Pero actualmente, a causa de la guerra y del consiguiente desempleo, los creyentes se han reducido drásticamente. Se han ido al extranjero. No dispongo de datos actualizados, pero puedo decir que los que vienen aquí a rezar los viernes no son más de veinte”, agrega, abatido, el imán Averinot.

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