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    Jueves | 10 Sep, 2026, 15:02

    Cuando tenía tres años, quería ser un elefante

    Esta serie, como toda la obra de Kentridge, no ofrece respuestas definitivas ni moralejas. Su labor al hacer cine o arte no tiene una meta final que justifique todo el recorrido.

    Alejandro Sosa

    Las salas de espera comunes en los aeropuertos a las cuatro de la mañana suelen ser frías; a veces huelen a café quemado, a plástico o a aburrimiento. En la terminal del aeropuerto de la Ciudad de México se encontraba Xavier, un joven de 22 años recién egresado de la carrera de Medicina que, sin saberlo, estaba a punto de cambiar la bata blanca por la incertidumbre del arte.

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    Así inicia la historia de alguien que, por azares del destino, ha tenido varios encuentros clave con la vida y obra de William Kentridge, y que recientemente revisó en MUBI la serie de nueve capítulos Self-Portrait as a Coffee-Pot (La cafetera como autorretrato), el tema central de este artículo.

    El avión despegó esa madrugada con destino a Nueva York, con una escala de 24 horas exactas en suelo estadounidense antes de continuar la ruta hacia Barcelona y, desde allí, por carretera hasta una provincia de León y Castilla. A finales de 2002, el equipaje lo acompañó a la capital francesa; se instaló durante cuatro meses en un departamento compartido, ubicado en un distrito muy cerca de la calle Oberkampf, cercano al Sena y al Centre Pompidou. No era un espacio lujoso, pero vivir en París cuatro meses era un sueño realizado.

    Ya en el Centre Pompidou, por esas fechas, se montaba una exposición monumental dedicada a Alfred Hitchcock, una muestra que revelaba la obra del director británico a través de props originales utilizados en sus películas, sonido y carteles. Participar en el manejo y traslado de piezas originales, cargando directamente con objetos tan icónicos como el cuchillo de utilería utilizado en Psycho, se experimentaba casi como un acto límite; cualquier cinéfilo diría que después de eso uno se podría despedir en paz, ya que una experiencia así difícilmente se repetiría.

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    Aquella misma noche de montaje, al salir de una de las bodegas especiales con temperatura inducida y cumpliendo con rigurosos protocolos de seguridad del centro, cargando una caja que resguardaba una pieza original de Hitchcock, escuchó un ruidoso ensayo en una sala lateral. Entre los programas de artes vivas, se presentaba la pieza Confessions de William Kentridge, una combinación de ópera, dibujo en vivo, teatro de sombras, video y performance. Xavier, impactado, presenció un video donde observaba cómo el artista dibujaba, borraba y volvía a dibujar sobre el mismo papel, dejando las cicatrices del carbón acumuladas en cada trazo. En ese momento, comprendió que la creación cinematográfica no tenía que limitarse a un texto escrito ni a una estructura lineal. El arte contemporáneo es un espacio donde el pensamiento se construye mientras se destruye físicamente.

    La magnitud de lo que vivió Xavier esa noche en aquel pasillo del Centre Pompidou se entiende al mirar la trayectoria de William Kentridge. Nacido en Johannesburgo, Sudáfrica, en 1955, en el seno de una familia de abogados defensores de derechos humanos que lucharon contra el régimen del apartheid, el universo del artista está profundamente ligado a la historia política, las cicatrices coloniales y la urgencia de cambio en su país natal.

    Kentridge construyó un lenguaje propio a partir de un medio profundamente análogo y artesanal: la animación con carbón y pastel sobre papel, utilizando una técnica donde un solo dibujo es borrado, modificado y fotografiado una y otra vez. Su impacto abarca los escenarios más prestigiosos del mundo; ha presentado instalaciones inmersivas, óperas y proyecciones de teatro de sombras en la Documenta de Kassel, la Bienal de Venecia, el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, el Museo Reina Sofía de Madrid y el Louvre. Su legado principal es demostrar que la animación puede ser un medio de alta reflexión filosófica, política y poética: un puente donde las artes visuales, el teatro de títeres, la música en vivo y el cine experimental convergen. Kentridge nos enseña que el arte y el cine nacen, a veces, del doloroso acto de borrar la imagen hecha para luego seguir buscando.

    Casi tres décadas después de aquel hallazgo, Xavier repitió el encuentro, pero ahora en una sala de museo en Morelia. Con More Sweetly Play the Dance, una instalación de ocho pantallas simultáneas, acompañada de una instalación especial musical y proyecciones de trazos digitalizados que nacen y mueren sobre los muros, el tiempo se detuvo de nuevo. Xavier pasó horas en la sala 6, confirmando que la obra de Kentridge mantiene la misma vigencia, incluso lejos de la Ciudad Luz.

    Esa misma intensidad se ve reflejada, pero con gran madurez, en el proyecto de nueve episodios Self-Portrait as a Coffee-Pot, una coproducción realizada junto a MUBI y Kentridge Studios. Grabada íntegramente en el estudio del artista en Johannesburgo, cada capítulo inicia con el sonido físico y seco de una claqueta. Mediante el uso técnico de la pantalla dividida, dos o más versiones del propio Kentridge comparten el mismo plano, entablando un diálogo constante y frontal entre el creador y su doble (o triple) escéptico. Discuten sobre filosofía, sobre la memoria colonial de Sudáfrica, sobre los estragos de la historia y sobre el miedo real al bloqueo creativo.

    Lo que vemos en el estudio es un taller desordenado con herramientas, papeles, botes de pintura, carbón y materiales reciclados. Kentridge camina por el lugar, discute con su reflejo, sostiene pinceles amarrados a bastones largos para pintar a distancia y acepta la imperfección técnica como parte fundamental del proceso. No hay efectos digitales complejos que oculten el error; al contrario, este se queda grabado de forma cruda en la imagen final. A lo largo de sus entregas, la obra muestra una narrativa fragmentada donde cada capítulo funciona como un ensayo audiovisual autónomo que dialoga con los demás.

    El espacio deja de ser una simple locación para convertirse en la mente misma del artista: un gabinete de curiosidades donde los objetos cotidianos se transforman en metáforas visuales directas. La multiplicación de Kentridge en el encuadre busca materializar el conflicto propio del pensamiento artístico, donde la duda y la certeza se confrontan cara a cara en el plano cinematográfico.

    La cámara registra sin cortes el acto de dibujar y borrar sobre el papel. Las capas de carbón acumuladas muestran el paso del tiempo y el desgaste físico del material. Asimismo, los episodios incorporan la recreación de juicios políticos y la lectura de documentos de resistencia, utilizando el humor y la acción escénica como herramientas de análisis frente a la violencia institucional y la historia contemporánea.

    Llegando al final de los episodios, la acción sale del estudio y llega a las calles de Johannesburgo con la participación constante de colaboradores y figuras locales. Una banda de música tradicional, con instrumentos de metal y percusiones, irrumpe en el exterior. La cámara sigue el movimiento de los músicos y del propio Kentridge, que caminan entre los edificios de la ciudad. Al final de la procesión, el artista se detiene al borde de la banqueta, mira directamente a la lente y formula una pregunta:

    ¿Con qué fin?

    Esta serie, como toda la obra de Kentridge, no ofrece respuestas definitivas ni moralejas. Su labor al hacer cine o arte no tiene una meta final que justifique todo el recorrido. A veces, la casualidad te hace llegar a creadores o a trabajos que tienen mucho que ver contigo, o nada, pero que conoces, admiras y adoptas en tu vida, mientras justamente la vida va transcurriendo.

    Al final, todo ese largo y complejo trayecto a veces solo sirve para recordar que, cuando tenía tres años, quería ser un elefante.

    Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

    IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris

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