Adriana Sáenz Valadez I. Las posibilidades de las palabras Las palabras tienen muchas potencias. Según Judith Butler son creadoras. Esta apuesta nos impele a pensar en las múltiples direcciones de estas posibilidades. Podemos asumir que en las palabras tenemos proyecciones creadoras en los marcos que impulsan y generan autonomía, así como fuerzas que limitan y frenan la emancipación. En las palabras, está la potencia de lanzar luces al cielo buscando detonar entendimientos que iluminen las rabias, las búsquedas, los anhelos. Son también telares de cadera que, en su erótica, germinan horizontes de justicia, de amor, de deseo, de esperanza. En otro sentido del recorrido, también son alambres que restringen sueños, truenos que traen al presente miedos, dolores, límites que culminan en la inacción. Las palabras pueden ser esperanza y desaliento, lugar de habitación, músculo que abraza los deseos y proteje de los monstruos. Pueden ser relámpagos que atormentan la dulzura, detienen el crecimiento y paralizan la acción. En todas estas posibilidades las palabras son creación de comprensiones, mundos y seres. Crean espacios de resistencia, telares de sueños y lugares de control, de hostigamiento. Pueden generar raíces como las de enredaderas, que vencen los límites del contacto de la planta con la tierra y se enraizan incluso en la piedra, en el cemento, en lo inanimado y, desde esa resistencia, generan vida. Son, también, lugares que en su fuerza limitan la acción porque fueron dichas con el ímpetu destructor. Hoy, desde esta reseña, las palabras son creadoras de sentidos, de mundos materiales e imaginarios. De justicia, de esperanza, de reconocimiento y de seres que, en ellas, nos hacemos. II. Habitar la esperanza Donna Haraway nos invita a cuestionar la apatía, a pensar y provocar a la esperanza. Plantea que la desesperanza es la “…posición en la que se da por terminado el juego, en la que es demasiado tarde y no tiene sentido intentar mejor nada, o al menos no tiene sentido tener una confianza activa recíproca en trabajar y jugar por un mundo renaciente” (2019, p.22). Si bien es difícil no habitar la desesperanza en un momento en donde las editoriales están cerrando por no poder sostenerse (como parte de los resabios dejados por la pandemia de COVID), donde publicar ficciones es un trabajo que implica doble y triple jornada, si se es mujer. Es importante analizar la esperanza como parte de una forma de morar el mundo. Podemos suponer que la parálisis provocada por la desesperanza conlleva la aceptación de que nada se puede hacer. A pensar que, a partir de ella, se aniquila la resistencia, se desestiman las posibilidades de imaginación, de acción, las fuerzas de la rabia y de la ternura. Pero no es así. Ciertamente, la desesperanza puede conllevar a que nos convirtamos en seres ansiosos, angustiados y, en ello, atomizados. A que, desde esta soledad, busquemos solo los deseos individuales. Esto también es una parte constitutiva de la esperanza. Puede ser que desde este lugar surja la esperanza como una disposición a postular por un futuro, por otra forma de vivir el mundo. Es este lugar desde el que se puede comprender la necesidad de posibilitar cambios. Desde el observar y permitirse sentir es que podemos pensar otras formas de habitar. El filósofo Byung Chul Han contrapone a la esperanza frente al miedo y a la parálisis provocados por la vida de la mera supervivencia. Asume que la esperanza es una apuesta política y ética. No es ingenua, sino creadora. Surge para proporcionar horizontes de sentido. Implica que, a través de ella, el acontecer se impregna de futuro. A través de ella, podemos generar acciones de resistencia. La esperanza conlleva solidaridad, comunidad y señala horizontes de tránsito. La esperanza no es ingenua, no es optimismo. Es una disposición que orienta al futuro, que abre los ojos a lo venidero. Es una decisión que emplaza caminos por peregrinar, aun a sabiendas de las posibilidades negativas que conlleva dicho recorrer. Es una actitud racional que, conocedora de los riesgos, de los márgenes que el destino griego a delimitado para el camino, decide accionar a sabiendas de que el aporte, el giro puede ser pequeño. La esperanza no es alegría, es postular otros mundos que, sólo a través de la enunciación, se pueden manifestar, para, con este ejercicio de libertad, posibilitar que los pies tomen vuelo y que las alas se alineen con el viento. Es a través de este revoloteo que, a pesar del acontecer, se posibilita la reubicación y el gozo, no como quimeras, sino como patrimonios. La esperanza es una fuerza que, aunque pueda partir del miedo y el desánimo, acerca a la acción, a la imaginación y a la comunalidad. Es una disposición que convoca al nosotros como noción que implican conjunción y en ello, trae el futuro al presente. La esperanza habita en el amor, en la consciencia de las oscuridades. Habita en el plural y así desplaza al yo. Para mí, la esperanza es el hilo que teje al colectivo que crea y sostiene Cartografías y plaquettes. III. Ecos desde la Nocturna Sirva para marcar coordenadas desde donde habito. Vengo de la esperanza de mi abuelo y de las palabras de mi abuela. De La región más transparente y del norte, el lugar donde inicia el desierto y se festejan los ríos. En los veinte del siglo XX, mi abuelo, motivado por un profesor que vio en él a un alumno “listillo”, obtuvo una beca para estudiar en la Normal de Saltillo. Un joven que, apenas despegando de la infancia, se trasladó de Torreón a Saltillo, Coahuila. Al regresar a su ciudad, pronto vislumbró esperanza en la educación. Buscó apoyo en sus conocidos, quienes donaron horas de trabajo para iniciar con el proyecto educativo que se conocería como “La nocturna”. Era una escuela preparatoria para trabajadores. En aquellos años en que no había este tipo de escuelas, fue el faro de esperanza para muchas y muchos, quienes, de otra forma, no hubieran podido tener ingreso a la formación que les permitiera ingresar a otros trabajos o grados educativos. Posteriormente, ese espacio de confianza logró obtener el registro de la recién creada Secretaría de Educación Pública y, sobre todo, constiuirse en un territorio de esperanza. La esperanza fue el faro que delimitó el proceder de mi abuelo, y el manto que cobijó a muchos. Fue la lluvia que nos alcanzó a hijes, nietes y, hasta hoy, bisnietes y coordenadas narrativas. La estela que nos reveló que los caminos de esperanza se construyen en plural, son un nosotros, se edifican con las fuerzas del pensamiento, del deseo y la suma del trabajo colectivo. Fotografía del archivo personal de la autora IV. Creándonos en las palabras. Coordenadas narrativas La plaquette Creándonos en las palabras. Coordenadas narrativas, recién publicada por la Secum, deriva de la Cartografía Creándonos en las palabras. Cartografía de escritoras que viven en Michoacán. Es un espacio textual producto y creador de esperanza. Es la coordenada de un diminuto punto y, a su vez, el Aleph desde el que emergen los ejes geográficos que ubican el lugar de nacimiento del volcán. Es el sitio donde emerge el fuego de Prometeo, donde se interceptan la imaginación, la suma de las potencias creadoras de las palabras y la esperanza. En ella, Diana Rodríguez nos sumerge en un mundo que reconocemos, pero que no podemos tocar. La violencia, el amor y las flores que crecen aún en las cicatrices. Con Elizabeth Medrano Chavira, renace una nueva era en la que aprendemos a rehabitarnos desde un nuevo surgir. Con Fernanda González, abrazamos el cuerpo, el vacío y las cicatrices que marcan caminos recorridos. Con Gabriela Mandujano Ch., una foto, la historia personal, los recuerdos y el presente se entrelazan para modificar el espacio y las familias. Kas Molina desgarra el cuerpo y el desierto. El grito de este relato es un silencio que nos atraviesa cada músculo. De la mano de Lily Hernández, experimentamos lo que es perder ese toque que nos guía, nos fortalece y nos abraza, ese roce que hace nuestro mundo único y que a su vez lleva la fuerza que todo ser que vive reconoce tan suyo. Con Martha Julia Ayala Ramos, buscamos el mercurio y pensamos el viaje a donde nada de lo que se tiene sirve; viajamos y aterrizamos en el lugar donde el ruido ensordece la escucha. Con Perla Conchita Peña recorremos el cuerpo femenino como un espacio, un mundo donde la habitación convoca a la remembranza y al futuro. Rebeca Rueda Jasso nos lleva al recuerdo, la música y el agua, espacios de creación y observancia del movimiento. Con Diágora gritamos de rabia: la niña ultrajada baña sus ropas con llanto y nosotros miramos al silencio cómplice para reclamarle, exigirle, impelerle hable. ¡Ni una más!, ¡ni una más! Como observamos, esta pequeña antología es un tránsito de moléculas vivas. Es atalaya frente a la parálisis de la desesperanza, y un faro que, a través de las palabras, imagina, denuncia, desgarra e ilumina futuros. Es la narración de lo indecible, la descripción de lo acontecido, la materia del agua en donde nadan las ballenas, sueños y nacimientos. Son los vientos fríos del desierto donde los ciempiés devoran cuerpos. Es la materialización de la esperanza, de la necesidad de reconocimiento, de las fuerzas creadoras del equipo de quienes conformamos la Cartografía, del equipo de la Secum y de las palabras de quienes escribieron las ficciones que la integran. Es el resultado de las potencias de las palabras. Es acción narrativa y palabras que crean subjetividades. Porque, sin duda, todas las involucradas desde el sueño, el proceso y la lectura nos estamos creando en las palabras. Adriana Sáenz es doctora en Humanidades, trabaja en la Facultad de Filosofía de la UMSNH y usa toda trinchera para desestabilizar las opresiones: desde la academia, la calle, el pensamiento, el amor, la escritura, la irreverencia.