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    Jueves | 15 Oct, 2026, 13:46

    ARTÍCULO | Llegué a visitar… 75 años del poeta y traductor Jorge Bustamante García

    Aquí busco celebrar con esta lectura a Jorge Bustamante García entre los poetas de nuestro tiempo y destacar la presencia del traductor excepcional que suma en su trayectoria una vida ejemplar de 75 años

    Jorge Bustamante García

    Rafael Calderón / Colaborador de La Voz de Michoacán

    Este 2026 resulta especialmente significativo para la poesía colombiana, mexicana y rusa. Lo digo con un regocijo inmemorial: a la vista tengo parte de la obra de una poeta excepcional, Anna Ajmátova, de cuya muerte han pasado ya sesenta años. La estoy leyendo con esa suerte de invitación a la lectura de sus versos y, en particular, con la urgencia de volver a un poema como Réquiem. Para adentrarse en sus poemas —publicados en México, Colombia y Chile desde 1992— destaca una tríada de traducciones hechas por Jorge Bustamante García: Poemas (UNAM, 1992); Voy hacia nunca (Universidad Austral de Chile, 2021); y Cinco poetas rusos (Frailejón Editores, 2024).

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    Aquí busco celebrar con esta lectura a Jorge Bustamante García entre los poetas de nuestro tiempo y destacar la presencia del traductor excepcional que suma en su trayectoria una vida ejemplar de 75 años. Como escribe Marco Antonio Campos a propósito de su libro El tierno vacío de las cosas: «En sus mejores versos, Bustamante fija aquellos instantes que cayeron como llanto en agua ágil», para rematar que el poeta es «muy colombiano, muy ruso, muy mexicano; melancólicamente próximo a los abedules, los sauces y los eucaliptos; a las esmeraldas y el oro de Colombia y a las piedras minerales del centro y del norte de México; a los versos de Pushkin, de Anna Ajmátova y de Aurelio Arturo; a la narrativa de los clásicos rusos del siglo XIX, de García Márquez y de Fernando Vallejo; al vallenato y a las canciones de los Beatles y de los Rolling Stones; a los regresos inútiles y a la luz inextinguible». Porque, al final, siempre hay que suscribir con Campos que Bustamante es, ante todo, «un poeta que habla de la necesidad de salvar lo poco bueno que nos dejan las heridas en las largas batallas y de las pérdidas del naufragio». Bajo esta premisa, la labor de traductor se confirma como un hito fundamental en la recepción del Siglo de Plata ruso en el ámbito hispanoamericano. Esta invitación a la lectura cobra una resonancia entrañable al coincidir con un doble aniversario: Bustamante llega a esta edad, si es verdad, y lleva casi medio siglo de impecable trayectoria literaria. En el poeta colombiano radicado en México, la labor traductológica no es un mero trasvase verbal, sino un acto de alta pasión poética donde la fidelidad al ritmo del original ruso alcanza una impecable y natural musicalidad en castellano.

    Mi propósito es invitar a recorrer parte de la obra de Ajmátova que él ha privilegiado en sus versiones, articulando una geografía afectiva entre México, Chile y Colombia. Más que detenernos en un inventario de la lírica juvenil de la poeta rusa, resulta iluminador observar cómo la sobriedad emotiva y la nitidez de la imagen alcanzan su temperatura más alta en Réquiem. Allí los procedimientos del acmeísmo no se disuelven ante la catástrofe, sino que se depuran. La precisión del objeto y el gesto mínimo se transforman en los únicos medios capaces de nombrar lo innombrable. Frente a la inmensidad del dolor colectivo durante el periodo estalinista, Ajmátova no recurre a la grandilocuencia; contiene el espanto en la inmovilidad de una fila ante la prisión y en el frío glacial de Leningrado, en el pañuelo o las llaves que se tuercen en las manos de las madres. En las versiones al español realizadas por Bustamante García, los pasajes de Réquiem conservan esa tensión entre el despojamiento del tono y el abismo histórico que los sostiene. Comprende que la fuerza de la elegía radica en convertirse en la memoria viva de los mudos. La cadencia en español que nos entrega el traductor —fruto de cincuenta años de devoción a la palabra— transfigura la tragedia personal en testimonio de una época, permitiendo que el lector escuche no solo el lamento individual de la poeta, sino el murmullo de todo un pueblo que le pide a Ajmátova, en aquel célebre prólogo en prosa, que sea ella quien dé testimonio y responda a la pregunta: «¿Y usted puede describir esto?».

    ¿Cuándo leí por primera vez Réquiem? El momento exacto se diluye en la memoria, pero conservo la certeza de que mi primer encuentro con el poema completo fue a través de la traducción de José Manuel Prieto. Tras la honda conmoción de la lectura de un poema como Réquiem, y después de años de rumiar en sus versos aquella experiencia, acudí a la versión de Jorge Bustamante García. La primera impresión al cotejarla fue de desconcierto: el poema no se desplegaba como un cuerpo orgánico e integrado. Tardé años en comprender que esa dispersión de fragmentos no era una omisión, sino una suerte de anatomía desmontada; un desafío que exigía del lector una atención distinta ante la obra de Ajmátova. Fue preciso adiestrar el oído, aguzar la mirada y ejercitar el rigor de la lectura comparada para percibir las modulaciones de su música. Baste como ejemplo este breve pasaje extraído de Poemas (1992):

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    No, no soy yo

    No, no soy yo, es otro el que sufre.

    Yo así no podría y ojalá todo lo sucedido

    lo cubran mantos oscuros,

    o los faroles se lo lleven...

    Es de noche.

    En estos versos fechados en 1940 por Ajmátova, la maestría artesanal de Bustamante se revela con incisiva claridad. Lejos de sucumbir a la tentación de recargar la estrofa o de acartonar el dolor con aditamentos discursivos, el traductor opta por una conmovedora economía verbal. Al fijar el inicio —«No, no soy yo, es otro el que sufre»—, captura de golpe el desdoblamiento de una voz poética desgarrada por la imposibilidad de asimilar la tragedia.

    Allí donde otras versiones apuestan por la gravedad enfática o la solemnidad —pienso justamente en Prieto—, privilegia Bustamante el despojo, la palabra entrecortada y la levedad de una respiración interrumpida. El cierre se sintetiza en una cláusula mínima y desoladora —«Es de noche»— que opera como un hachazo: tres palabras bastan para suspender el tiempo, extinguir el tenue resplandor del alumbrado («o los faroles se lo lleven») y sumergirnos en la tiniebla absoluta. Es esta capacidad para sostener la tensión dramática mediante el silencio y la dicción precisa lo que otorga a su versión ese poder de permanencia en la memoria. Pertenece al «Preludio» del ciclo —catalogado habitualmente como el segundo movimiento de la obra—, que marca el umbral del quiebre: el dolor infligido es de tal magnitud que la identidad se fractura, cediendo el sufrimiento a un extraño para que la conciencia pueda, al menos por un instante, sobrevivir al horror.

    Esta constante búsqueda de difusión y rescate ha sido advertida también por la crítica especializada. Como bien señala Ester Rabasco Macías en Traducción y descodificación de Réquiem y Poema sin héroe de Anna Ajmátova: «En este repaso cronológico, no queremos ignorar la presencia de Ajmátova en América Latina durante esos años, gracias a la extraordinaria labor de Jorge Bustamante García, el poeta colombiano: en 1998 aparecieron en Colombia, editados por el Grupo Editorial Norma, los Poemas escogidos de Anna Ajmátova. Una selección que destaca por su magnífica calidad poética, aunque carezca de introducción y de notas, y que, desgraciadamente, no incluye el Réquiem».

    Este pórtico constituye la puerta de entrada a uno de los monumentos más desgarradores de la poesía del siglo XX: la «Dedicatoria» de Réquiem, que escribió su autora en marzo de 1940. Lejos de concebir un lamento puramente individual, erige en estos versos una voz coral que da testimonio de la marcha de las mujeres soviéticas que —bajo la bruma helada del Neva y el áspero chasquido de los cerrojos— aguardaban noticias de sus seres queridos a las puertas de las prisiones estalinistas. Es la metamorfosis del dolor privado en memoria colectiva.

    Leer esta pieza en la versión de Bustamante permite apreciar uno de los mayores aciertos de la traducción en nuestra lengua. Logra preservar la tensión dramática y la solemnidad elegíaca sin caer en la afectación ni en el artificio retórico. Su traducción captura con maestría el contraste entre la inmensidad del paisaje helado y la opresión física de la cárcel, sosteniendo un ritmo donde cada pausa y cada adjetivo pesan con la fuerza de una sentencia. En sus manos, el castellano conserva la dicción despojada, la música grave y la sobrecogedora contención que hacen de la obra de Ajmátova un testimonio imborrable. Veamos «Dedicatoria», en traducción de Bustamante (publicada en trianarts.com el 23 de junio de 2016):

    Las montañas se doblan ante tamaña pena

    Y el gigantesco río queda inerte.

    Pero fuertes cerrojos tiene la condena,

    Detrás de ellos sólo «mazmorras de la trena»

    Y una melancolía que es la muerte.

    Para quién sopla la brisa ligera,

    Para quién es el deleite del ocaso

    Nosotras no sabemos, las mismas por doquiera,

    Sólo oímos el odioso chirriar de llaves carceleras

    Y del soldado el pesado paso.

    Nos levantamos como para la misa de madrugada,

    Caminábamos por la ciudad incierta,

    Para encontrar una a la otra, muerta, inanimada,

    Bajo el sol o la niebla del Neva más cerrada,

    Mas la esperanza a lo lejos canta cierta…

    La sentencia… y las lágrimas brotan de repente,

    Ya de todo separada,

    Como arrancan la vida al corazón, dolorosamente,

    Como si hacia atrás la derribaran brutalmente,

    Pero marcha… vacila… aislada…

    ¿Dónde están ahora aquellas compañeras del azar,

    De mis años de infierno desnudo?

    ¿En la borrasca siberiana cuál es su soñar,

    Qué imaginan en el círculo lunar?

    A vosotras os envío mi adiós y mi saludo.

    En este otoño prodigioso que reúne los acordes lejanos de la nieve rusa con el tibio resplandor de nuestra lírica, volver a los poemas que traduce Bustamante García es volver a la casa de un amigo entrañable. Reconocer su trabajo es comprender que la traducción, cuando nace en las manos de un poeta de verdad, deja de ser la sombra de una voz ajena para volverse abrazo, estancia compartida, morada común. Su entrega devota a la voz de Ajmátova no sólo nos devolvió la hondura elegíaca de Réquiem con la música limpia y despojada de nuestra lengua, sino que tendió un puente de afecto indestructible entre dos geografías terrenales. Celebrar la vida y la presencia de Jorge entre nosotros —su bonhomía, su oído finísimo, su generosidad callada y esa perseverancia luminosa del diálogo en la palabra— es celebrar una de las fortunas más altas de nuestra poesía: la certeza de que, ante la prisa y el desamparo del mundo, la amistad y la belleza siguen siendo el refugio más verdadero.

    Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.

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