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    Jueves | 15 Oct, 2026, 13:38

    LECTURAS Y DESLECTURAS | No cualquiera es capaz de guardar silencio 

    En cierta forma la lectura de La velocidad de la luz me salvó, en esos días, del trabajo rutinario aplicado a visitar las minas y minerales de la región de Aquila

    Jorge Bustamante García / Colaborador de La Voz de Michoacán

    En estas deslecturas desveladas vuelvo a La velocidad de la luz, una novela de Javier Cercas publicada en el ya remoto 2005. Y vuelvo a ella porque, me parece, que en la amistad entre el narrador, un profesor español, que viaja a Estados Unidos para trabajar como profesor universitario, y un veterano solitario, inteligente y enigmático de la guerra de Vietnam se plantean preguntas morales muy profundas (algo que ahora parece importar un bledo ante personajes trumpianos depravados del poder mundial). En algunas de las obras posteriores de Cercas este trasunto se convierte en materia de investigación narrativa y reflexión moral, como ocurre inesperadamente en su último libro El loco de Dios en el fin del mundo, publicado en 2025 como resultado de la experiencia extraordinaria de acompañar al papa Francisco en un viaje a Mongolia, donde un escritor ateo y racionalista le inquiere al pontífice sobre la muerte, la resurrección y la vida eterna. En el fondo, Cercas vuelve a hacer lo que caracteriza buena parte de su literatura: investigar una pregunta cuya respuesta es huidiza, improbable de conocer a cabalidad.

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    Sin duda me divertí mucho leyendo hace ya veinte años La velocidad de la luz. La leí a intervalos en las tardes, encerrado en un cuarto de hotel con aire acondicionado, donde me guarecía del calor infernal de Tecomán, después del trabajo de campo. Cada mañana recorría la carretera costera que lleva de Tecomán a Aquila y mientras conducía, ese trayecto se me convertía en una verdadera fiesta. Me maravillaba ese paisaje marino matinal, la olas cercanas revolcándose allá contra la luz vertiginosa que todo lo habitaba, la vegetación a lado y lado de la carretera me parecía más frondosa pintada del verde de todos los colores, mientras yo recreaba mentalmente las páginas leídas la noche anterior hasta caer vencido por el sueño y el cansancio. Me parecía que entre más aprisa fuera por esa carretera, de ida y vuelta, más rápido avanzaba en la lectura de la novela. Durante semanas, día tras día, se repitió esta historia, hasta que, por fin, la terminé y pude aquilatar su sentido zigzagueante y sus ramificaciones afortunadas. En cierta forma la lectura de La velocidad de la luz me salvó, en esos días, del trabajo rutinario aplicado a visitar las minas y minerales de la región de Aquila.

    Javier Cercas

    Leer una novela es siempre una aventura, pero desleerla veinte años después es una aventura impar. La velocidad de la luz trata de la pérdida inherente a cada vida, de la historia carcomida de Rodney Falk —un excombatiente de Vietnam que no puede conciliarse ni con sus furtivos recuerdos dolorosos, ni con unos sentimientos de culpabilidad sólo en apariencia diluidos—, y de los primeros pasos de un narrador aturdido que aspira a ser escritor pero que no sabe ni cómo contar una historia y, cuando lo logra, le acorrala el malentendido del éxito y no lo deja ya en paz, en su España natal (no olvidar que Cercas había publicado su mayor éxito literario Soldados de Salamina en 2001). El narrador conoce al excombatiente durante una estancia en una universidad norteamericana y allí se inicia una amistad que no concluirá ni siquiera con la muerte del segundo. La novela trata, pues, de la historia de esta amistad que deriva a su vez en una multitud atomizada de otras pequeñas historias: las del padre de Rodney, las de los amigos y relatos silenciados y escabrosos de Vietnam que atormentaban al excombatiente, y las de los amigos y las mujeres cercanas al narrador. Rodney poseía un temperamento vehemente y enfático, que parecía exacerbarse con lecturas puntuales y apasionadas de la vieja literatura norteamericana. Le gustaban Thoreau, Emerson, Hawthorne, Twain; en menor estima tenía a Poe, Melville y Henry James; valoraba a Faulkner, Thomas Wolfe, Scott Fitzgerald, pero sólo a Hemingway le era totalmente incondicional. Rodney no escribió nunca, pero aprendió tanto de la relojería intachable de estos autores, que le enseñó al narrador que quería ser escritor todos los secretos de la escritura. De tal suerte que la novela se convierte, por momentos, en una indagación casi despiadada sobre cómo, por qué y para qué empeñarse en escribir novelas. Y gracias a las implacables y nada complacientes visones literarias del excombatiente, es como el narrador incipiente logra, años después de la muerte de Rodney, culminar una obra que parecía imposible.

    Rodney es ante todo un lector. No cree que una historia se pueda contar, ni siquiera esa experiencia terrible de la guerra que carga a cuestas. Confía en el silencio y en la lectura para indagar, por eso no es escritor, y también por eso le aconseja al narrador que quiere ser escritor que todo su arte consiste en saber callarse a tiempo, que paradójicamente la “mejor manera de contar una historia es no contarla”. Deja frío al aprendiz de escritor, que ya se siente un Thomas Mann, cuando le dice que no se haga ilusiones, que hay que saber cuándo rechazar la estridencia, la zarabanda y el bullicio, incluso con el riesgo de la mudez, porque “cualquiera puede escribir un libro si se lo propone, pero no cualquiera es capaz de guardar silencio”.

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    Eliseo Diego, el poeta cubano, solía decir que la poesía es mirar con atención. Rodney va mucho más allá. Se pregunta “¿Qué es un escritor?”, y de inmediato responde: “Un chiflado que mira la realidad, y a veces la ve [...] El artista es el que vuelve visible lo que ya es visible y todo el mundo mira y nadie puede o nadie sabe o nadie quiere ver”. El narrador aprende de su principal contraparte y va escribiendo su propia novela dentro de la novela de Cercas. Y a medida que crece como narrador, llega a descubrir, en permanente contrapunteo con el excombatiente, pero también en perfecta sintonía con sus percepciones literarias, que las únicas historias que merecen contarse, son precisamente las que no se pueden contar.

    Obra radical, La velocidad de la luz termina con el narrador y un amigo de juventud bebiendo cerveza en un bar. El primero le cuenta al segundo de la novela que está escribiendo, de las peripecias y angustias que pasa al intentar escribirla y de los deseos que tiene de abandonarla, tras decepcionarse a cada rato ante las imposibilidades de resolverla. Pero, de pronto, en medio de la conversación, lo ve todo claro: no sólo descubre el final exacto de su libro, sino que también halla la solución que estaba buscando. Y eufórico, con la última cerveza entre las manos, se lo explica a su amigo: “Mentiré en todo, pero sólo para decir mejor la verdad”. Y agrega: “será una novela apócrifa, como mi vida clandestina e invisible, una novela falsa pero más verdadera que si fuera de verdad”. -¿Y cómo acaba? —le preguntó su amigo. El narrador abarcó de una mirada el bar casi vacío y, sintiéndose casi feliz, contestó: —Acaba así.

    Vaporoso y preciso final, para algo que no tiene final, como la vida misma, como la muerte. Divina dualidad del ser humano... creyendo que vivimos para no morir.

    Jorge Bustamante García es geólogo, escritor y traductor. Ha publicado poesía, ensayo, relatos y la novela Las calles de las ciudades ajenas (Medellín, 2018). Sus traducciones de autores rusos han aparecido en México, España, Colombia y Chile.

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