Jorge Bustamante García, colaborador La Voz de Michoacán A la memoria de Jairo Esquivel Borda, compañero de andanzas juveniles Cada vez es más raro encontrar periódicos que resistan el paso feroz y tremendo de los acontecimientos desde sus ediciones en papel, aunque con su respectiva y afortunada versión digital logren soportar mejor el embate de los tiempos cambiantes; y cada vez es más extraño que dediquen incluso un suplemento a los diversos aspectos culturales y artísticos, sean locales, nacionales o universales. Lev Tolstói solía afirmar “pinta tu entorno y serás universal”, asunto que logró entre nosotros Juan Rulfo magistralmente. En este contexto, me he preguntado cómo nombrar esta columna que hable de lo leído y desleído, lo vivido y desvivido, la memoria y desmemoria de la vida que se queda atrapada entre los intersticios de las palabras de los libros viejos y nuevos, los que leímos hace décadas, los que adquirimos ayer o los que compramos o nos regalan hoy. ¿Qué nos queda de todo ese trajinar, hay algo ahí que nos sea útil para continuar aquí? ¿Entonces como nombrar ese desvarío? Quizás ir en contravía a lo que afirmaba Tolstói, escudriñar lo universal para comprender lo local, caminar hacia adelante para estar siempre aquí, leer al revés, deconstruir, volver a vivir en lo leído, y por fin morir sin término en estas lecturas y deslecturas. ¡Ah!, por fin encontré el título para esta columna. Para disipar el vacío, para esclarecerlo, no hay nada mejor que un viaje a pie: “En agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a pie a través del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí”. Ese caminar para disipar el vacío lo refleja W. G. Sebald (1944-2001) en su novela-crónica-ensayo-introspección-historia-anécdota-autobiografía Los anillos de Saturno, apoyándose en un peculiar tratamiento del lenguaje, que al decir de Susang Sontag es “maravilloso, delicado, denso, inmerso en la naturaleza de las cosas” y que conduce a que las ficciones “proyecten el efecto de lo real a un extremo fulgurante”. Ir a pie, subir montañas, atravesar un bosque, sentarse a la orilla de un lago, mirar a los otros y reconocerse, distinguir las hojas, los insectos saltarines, los minerales y las rocas que nos miran extasiados en su aparente eternidad, extraer del paisaje las cosas imposibles y las más deseadas. Caminar así para saber mejor e indagarse a sí mismo, mientras resuena en uno, quizás, -aunque Sebald no lo conociera, -el poema rubendariano: “Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura porque esa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. Muchos escritores y escritoras han imaginado sus libros mientras caminan, de viaje, en movimiento, ya sea en Rusia como Knut Hansum cuando recorrió el Cáucaso en 1902 con una libreta en la mano y de ahí surgió Por el país de los cuentos; o ese regreso a pie desde Stuttgart a Zurich (más de 200 km por veredas y caminos) que emprende el enigmático Robert Walser en 1896, y que encontró reflejo en sus escritos, como El paseo, en el que un poeta sale a caminar y ante su mirada se alternan la belleza de la vida y el absurdo de todo, el sonido de una voz que canta y el espectáculo del gran teatro del mundo; o en el Vietnam de la Indochina francesa de Marguerite Duras en donde a golpe de recuerdos autobiográficos involuntarios reconstruye porciones de su adolescencia en El amante; o en África oriental como Hemingway que durante un safari de diez semanas y su intestino estropeado por una disentería amebiana deconstruye y reinventa Las nieves del Kilimanjaro. Pero el escritor afín más cercano a Sebald quizá sea, extrañamente, el colombiano Fernando González (1895-1964) con su entrañable crónica Viaje a pie, un periplo de ida y vuelta de casi un mes a pie, en mula y en tren, desde Medellín al Nevado del Ruiz en 1929, donde destellos e iluminaciones como "El fin de la vida es adquirir capacidad para morir alegremente" podrían haber reverberado en las interminables imaginerías y caminatas de Sebald por países europeos. El viaje sin premura permite detenerse y mirar con atención. Puede ser una manera más de acceder al deleite de la vida. ¡Cuántos placeres nos ha robado la celeridad del mundo actual! Nos incitan a andar de prisa para que no entendamos nada, para que prime la velocidad y no alcancemos a percibir cómo se descompone y se pudre todo a nuestro alrededor. El paradigma de lo efímero requiere de nuestra permanente y vana distracción, condición indispensable del consumismo feroz de redes sociales (algunas verdaderamente pútridas) que nos aplasta. A Sebald le gustaba caminar por el condado de Seffolk, en donde vivía y enseñaba, y esos largos paseos a pie le permitían desentrañar nuevas formas en los paisajes que veía, aunque estuviera seguro de que “sobre cada forma nueva ya se cierne la sombra de la destrucción”. Sobre eso es que trata este libro extraño y delicioso, que leí hace más de 20 años, y que ahora retomo y desleo y pergeño para disipar el vacío. ¡De algo ha de servir la relectura! En Los anillos de Saturno el narrador Sebald va a pie por un bosque, se detiene, observa y se deleita al distinguir los variados rasgos, dimensiones, colores y olores de birimbaos, secoyas y sicomoros, robles turcos e ingleses, fresnos, hayas, tilos, tuyas, tejos, avellanos, acebos, rododendros, convólvulos y arbustos de laurel. Y cuando arriba a la costa, en las aguas frías del mar boreal, es capaz de ver gádidos, congrios y bacalaos engullendo vorazmente arenques en los alrededores de viejos clíperes sin rumbo. En su paseo a pie el narrador Sebald también va entretejiendo relatos que conforman una red que resulta ser un abanico prodigioso e inesperado de situaciones, personajes, autores y libros: el médico Sir Thomas Browne y un cuadro de Rembrandt; Chateaubriand durante su exilio en Inglaterra; la infancia en el exilio de Joseph Conrad; Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius de Borges, aludido por “un tal” Bioy Casares; o tragedias y masacres que nunca se debieran olvidar, como las perpetradas por los turcos contra los armenios, o la de los croatas contra los serbios, judíos y bosnios en los años cuarenta, o la de los serbios contra los croatas cincuenta años después, es decir esas historias voraces de la destrucción con firma del homo sapiens que se repiten sin término por doquier y que constituyen el lado oscuro y trágico de nuestra condición. El narrador Sebald va a pie, camina y camina, porque como dice Claudio Magris “caminando, muchas cosas se derrumban: certidumbres, valores, sentimientos, expectativas que se diluyen”, pero que también se reconstruyen, se reconfiguran, se renuevan, a medida que se avanza. Ir a pie, husmear, pasear sin aparente rumbo, puede significar también volver a mirar, reflexionar, explorar ignotos e inéditos paisajes para llenar con sentidos nuevos las cosas del mundo. Y ahí, en cualquier paraje roto, pueden nacer, también, preguntas de la siguiente envergadura: “¿Qué clase de teatro es éste en que somos escritores, actores, tramoyistas, escenógrafos y público, todo en uno?”. W. G. Sebald fue un alemán que vivió en Suiza y después en Inglaterra, en donde fue catedrático por más de tres décadas. Entre sus libros traducidos al castellano destacan: Vértigo, Los emigrados, Pútrida patria: Ensayos sobre literatura, Austerlitz e Historia natural de la destrucción. Jorge Bustamante García, es geólogo, escritor y traductor. Ha publicado poesía, ensayo, relatos y la novela Las calles de las ciudades ajenas (Medellín, 2018). Sus traducciones de autores rusos han aparecido en México, España, Colombia y Chile.