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    Jueves | 3 Sep, 2026, 15:22

    La frontera entre el espectáculo y la tragedia

    Existe una muy delgada línea que divide la crueldad en la que algunos viven y la cómoda ficción en la que otros habitamos

    Juan Pablo Arroyo Abraham, colaborador La Voz de Michoacán

    No hacer nada me convertiría en cómplice

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    Kaouther Ben Hania

    Existe una muy delgada línea que divide la crueldad en la que algunos viven y la cómoda ficción en la que otros habitamos. Antes, refugiarse en una sala de cine era una especie de ritual sagrado, en el cual, los espectadores podíamos desconectarnos y olvidarnos por un rato de nuestra rutinaria realidad: el trabajo, la familia, los problemas económicos, las notas alarmantes en los noticieros, etc. Y no digo que hoy sea muy diferente. El cine sigue siendo un distractor para muchos de nosotros, pero lo que está diferenciando la experiencia dentro de la sala son los contenidos. Aclaro que no todos, solo aquellos que retratan lo que acontece en nuestro mundo, sin tapujos sin filtros. Es ahí en ese instante, cuando la ficción nos alcanza y ese momento sagrado se vuelve un torbellino de emociones.

    En la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Morelia se presentó una película que dio mucho de qué habitar. Entre pláticas festivaleras y los pasillos de los cines, se murmuraba sobre una obra que dejó mudos aquellos que habían tenido la oportunidad de verla. Me refiero a La voz de Hind Rajab, dirigida por la realizadora tunecina Kaouther Ben Hania y que aborda el tan mentado tema de la masacre en Gaza. Y no quiero sonar banal al decir “mentado”, más bien quiero ahondar precisamente en eso: en la insensibilidad generalizada ante una tragedia de esta magnitud.

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    Todos los días escuchamos o leemos en los medios sobre los miles de muertos en esa región. Se ha vuelto una de las noticias más comentadas y automáticamente, lo que inició como una desgracia, hoy solo son números, estadísticas, “otra guerra más”.

    Como casi todos los conflictos bélicos recientes, el de Israel contra Gaza, es uno de esos que se ha televisado tanto que ya no nos impresionamos cuando vemos esos edificios en ruinas. Creemos que es parte del paisaje, que es una nueva realidad a la cual nos tenemos que acostumbrar. Pero no, obviamente no es así (o no debería ser así). La cuestión es que está siendo retratada desde un ángulo muy superficial, noticioso, donde su terrible situación se nos muestra, a los afortunados que vivimos de este lado del planeta, como una película de ficción gringa. Hemos normalizado tanto la tragedia humana que no nos conmueve, a menos que alguien nos la enseñe desde la óptica correcta, es decir, desde su ángulo más humano.

    Antes de entrar en materia con el largometraje de Kaouther, quisiera hacer un paréntesis y narrarles algo que sucedió en la sala de cine Espacio Solaris en octubre del año pasado. Me contactó mi amigo, el cineasta Rafael Rangel, me dijo que quería mostrar su más reciente documental Gaza, la franja del exterminio en este pequeño auditorio, le dije que sí. Vino a Morelia, nos saludamos con un fuerte abrazo y aprovechamos para ponernos al día ya que tenía casi 20 años que no lo veía. Se hizo la acostumbrada promoción en redes y el día del evento, cuando llegué, me sorprendió ver el lugar abarrotado. Las 38 butacas fueron insuficientes y hubo que poner sillas adicionales e improvisar en los pasillos para que nadie de los asistentes se quedara fuera.

    Comienza la función, la cámara transita por las calles de una Gaza que pareciera pacífica. Durante 15 minutos, sin maquillaje, sin trucos visuales, ni ornamentos narrativos, nos volvemos ciudadanos de ese lugar. En su documental, Rangel nos lleva de la mano suavemente sin advertirnos lo que estaba a punto de suceder. Y es que créanme, lo que pasó después es algo que nunca olvidaré. Al escuchar los primeros bombardeos, los gazatíes comienzan a gritar, corres despavoridos sin saber dónde ocultarse, la cámara se agita, los espectadores vivimos en primera persona (aunque desde una butaca, gran diferencia) su propia desesperación.

    De aquí en adelante la masacre no para. Lo que comenzó como un evento cinematográfico, se transformó en un momento lleno de sufrimiento colectivo. No había forma de no sentir, no había manera de permanecer ajeno a lo que de esa pantalla emanaba. Por lo menos yo quería salir corriendo. Rafael Rangel nunca nos advirtió lo que íbamos a presenciar. Pasados algunos minutos, en la oscuridad de Solaris, de pronto, en uno de los pasillos de la sala, veo a un puñado de asistentes que se arremolinaron en torno a una persona. Era una chica que se había desmayado. No soportó la crueldad de las imágenes. De inmediato me dirigí hacia ella y la llevamos a un cuarto aledaño sin gente; después de 40 minutos, se recuperó. Pero ahí no termina esta cadena de sucesos inesperados; a los pocos minutos, otro chico también se desvaneció. Nunca en la historia de Solaris había sucedido algo así.

    ¿Pero qué fue lo que causó estos colapsos?, pues la respuesta es muy clara: una sobredosis de realidad. Una realidad con la cual no estamos acostumbrados a convivir, una realidad que solo habíamos visto en los noticieros, una realidad diluida y filtrada por aquellos poderosos titiriteros que manipulan la información y nos la entregan totalmente sesgada.

    Así como en Gaza, la franja del exterminio se nos obliga a sentir, lo mismo sucede en La voz de Hind Rajab. En este, su séptimo largometraje, Ben Hania nos transporta por un viaje desesperante en el cual, tomando grabaciones de audio reales de una niña palestina de 5 años de edad que quedó atrapada en un automóvil junto con sus familiares muertos por un ataque israelí, mantiene una conversación durante 70 minutos con varios miembros de La Media Luna Roja, una asociación humanitaria cuya función es la de salvar vidas en medio de esta desgracia. De manera magistral, la película mezcla ficción con documental, ya que lo que vemos en pantalla son actores representando a los que atendieron las súplicas de la niña, pero lo que escuchamos en los audios es la voz real de Hind Rajab, quien, desde su inocencia decía: “vengan por mí”, “mi familia está dormida a mi lado”, “afuera hay un tanque disparándonos”. ¿Qué más desgarrador que eso? Y aquí cerramos la pinza con lo que mencioné al inicio de esta entrega. La ficción ya nos alcanzó. Ni en mis más oscuros pensamientos imaginé que alguna vez iba a escuchar las heridas de la guerra encarnadas en la voz de una niña, cuya historia, a diferencia de las películas de acción hollywoodienses con final feliz, ésta no termina bien.

    La voz de Hind Rajab se presentó el 3 de septiembre de 2025 en el 82º Festival Internacional de Cine de Venecia, donde aparte de obtener el León de Plata del Gran Premio del Jurado, recibió más de 23 minutos de aplausos y ovaciones, los más largos de la historia. Esto nos deja claro que más allá del glamour y las alfombras rojas que engalanan estos certámenes, aún nos queda una dosis de humanidad y que antes de perderla por completo, debemos jalar ese delgado hilo y convertirlo en nuestro más poderoso manifiesto.

    Si bien, el cine como disciplina es demasiado amplia e intenta satisfacer todo tipo de gustos y necesidades, hay obras que mueven conciencias y son esas precisamente las que dan de qué hablar, las que inclusive nos hacen sentir avergonzados y nos recuerdan que vivimos en mundos tan diferentes, tan contrastados, que bien valdría la pena hacer de esta herramienta, como lo hace Rangel y Ben Hania, un arma en contra de las armas, un grito desesperado que nos dé un poco de esperanza.

    Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

    IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris

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