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    Jueves | 3 Sep, 2026, 15:19

    Nostalgia noventera y lazos que perduran: Una mirada a la segunda temporada de "Nadie nos va a extrañar"

    Nadie nos va a extrañar está situada en los años noventa y sigue la historia de un grupo de estudiantes que encuentra una manera poco convencional de hacerse de dinero: vender tareas y trabajos a sus compañeros

    Yazmín Espinoza, colaboradora La Voz de Michoacán

    Hay fines de semana en los que una no necesita hacer nada trascendental. Después de semanas de correr de un lado a otro, contestar mensajes, trabajar, resolver pendientes, cuidar hijas y tratar de recordar qué era eso de tener tiempo libre, lo único que una necesita es descansar. Desconectarse un ratito de esa vida adulta que, en ocasiones, se siente como si nos tuviera prisioneras. Necesitaba eso.

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    Volver a disfrutar de algo sin complicaciones y sin prisa. Tirarme en el sillón, poner una serie y dejar que alguien más me contara una historia mientras yo descansaba de la mía. Fue uno de esos fines de semana en los que le di play a la segunda temporada de Nadie nos va a extrañar, una serie que desde su primera entrega me había apretado el corazón de una forma inesperada.

    Porque sí, aparecen adolescentes, pero no estoy tan segura de que sea una serie pensada solamente para ellos. Creo que quienes tenemos más de treinta años la vemos desde otro lugar. Y entonces volvemos.

    Volvemos a ser esa chava de la prepa con su gloss de fresa y liguitas de colores. Regresamos a la fila de la cooperativa durante el descanso, al Boing que comprábamos para sentarnos en las banquitas a platicar con los amigos. A compartir audífonos con la mejor amiga mientras nos pintábamos las uñas con corrector. Sí, con corrector. Buenos tiempos.

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    Nadie nos va a extrañar está situada en los años noventa y sigue la historia de un grupo de estudiantes que encuentra una manera poco convencional de hacerse de dinero: vender tareas y trabajos a sus compañeros. Son los nerds, los inadaptados, los que aparentemente nadie mira demasiado. Pero entre tareas, fiestas, primeros amores y todos esos dramas que en la adolescencia parecen capaces de acabar con el mundo, terminan encontrando algo mucho más importante. Se encuentran unos a otros. Quizá esa sea la razón por la que la serie funciona.

    Los videocasetes, los uniformes escolares y la música son parte fundamental de su encanto, claro. La nostalgia está cuidadosamente construida y nos permite regresar por un momento a una época que parece mucho más sencilla cuando la miramos desde aquí. Aunque, pensándolo bien, probablemente tampoco lo era. Solo éramos adolescentes y todavía no sabíamos todas las cosas que después iban a doler.

    La segunda temporada llega después de la pérdida de Memo. Y no quiero detenerme demasiado en lo que sucede porque, si todavía no han visto la serie, esta columna puede funcionar también como una invitación. Pero Memo es una de esas personas que llegan a tu vida y cambian algo dentro de ti. Alguien con una historia propia, con heridas, con una manera particular de ocupar un espacio entre los demás. Y después se va.

    Entonces los demás tienen que aprender algo que nadie quiere aprender. Que puedes extrañar profundamente a alguien y aun así volver a ser feliz. Que una persona puede seguir viviendo dentro de ti aunque ya no esté. Que el dolor no desaparece porque vuelvas a reír. Que no olvidar no significa vivir detenida en el pasado.

    La serie respeta muy bien esa contradicción que a veces resulta tan difícil de explicar: no dejas de extrañar a las personas, pero aun así sigues adelante. Hay momentos en los que las recuerdas con más fuerza. Una canción, una fotografía, una fecha, un lugar. Y de pronto vuelve todo.

    Pero también hay días en los que te ríes hasta que te duele el estómago y, por un instante, te olvidas de que alguna vez pensaste que nunca volverías a sentirte bien. Supongo que así funciona la vida. No dejamos atrás a quienes quisimos, aprendemos a llevarlos con nosotros.

    Si la primera temporada hablaba, de alguna manera, sobre encontrar un lugar al que pertenecer, esta segunda se enfrenta a otro de los grandes miedos de la adolescencia: descubrir que aquello que parecía eterno está a punto de terminar. La preparatoria se acaba. Y después, ¿qué?

    La pregunta puede parecer sencilla cuando ya somos adultas, pero recuerdo perfectamente tener esa edad y pensar que decidir qué estudiar era una decisión capaz de definir el resto de mi existencia. No sabía que la vida cambiaría tantas veces. No sabía que una podía elegir algo y luego cambiar de opinión. Que podía perderse y encontrarse. Que podía convertirse en una persona completamente distinta y, aun así, seguir siendo ella misma. Tampoco sabía que algunos de los amigos que veía todos los días dejarían de formar parte de mi rutina.

    Yo tenía un gran grupo de amigos en la preparatoria. Y digo grande por la calidad de nuestra amistad, no porque fuéramos especialmente numerosos. Éramos cinco adolescentes intentando apoyarnos mientras decidíamos qué hacer con nuestra vida. Nos veíamos todos los días, compartíamos todo. Los descansos, los problemas, los secretos, las primeras decepciones y esos planes enormes que una hace cuando tiene diecisiete años y cree que sus amigos estarán presentes en cada uno de los momentos importantes que todavía no han ocurrido. La vida, por supuesto, tenía otros planes.

    Actualmente solo tengo contacto frecuente con una de ellas; Vivis.

    Viviana ha sido, sin duda, mi relación más estable desde que tengo quince años. Fue la primera persona con la que fui a un concierto y estuvo conmigo después de mi primer corazón roto. He ido con ella a la playa, de compras, al cine. Las dos fuimos damas de honor en nuestras respectivas bodas. Las dos hemos tenido a los bebés de la otra en nuestros brazos. Y también nos hemos abrazado en nuestras pérdidas.

    Han pasado tantas cosas desde que nos conocimos que a veces me cuesta creer que todo comenzó con dos adolescentes que probablemente no tenían idea de quiénes iban a ser cuando crecieran. A veces pasan semanas, incluso meses, la vida adulta nos atrapa.

    Hay trabajo, hijas, pendientes, casas que atender, cosas que organizar y un montón de cosas que parecen urgentes hasta que un día te das cuenta de que llevas demasiado tiempo sin hablar con una de las personas que más quieres. Pero sé que siempre puedo mandarle un mensaje, proponerle un café, y ella irá.

    Porque cuando nos vemos no solo se encuentran estas dos mujeres adultas que ahora tienen responsabilidades y pelean contra el SAT. También aparecen aquellas adolescentes, las que cantaban juntas en el carrito morado que sus papás le compraron. Y eso es algo que me conmueve muchísimo de las amistades que sobreviven al tiempo. No necesitan que sigas siendo la misma persona, no te exigen regresar a quien eras, pero tampoco olvidan. Guardan una versión de ti que existe en muy pocos lugares.

    Hay personas que conocieron a la niña que fuiste antes de convertirte en mamá, antes de tener un trabajo, antes de casarte, antes de pagar impuestos y preocuparte por cosas que ni siquiera sabías que existían. Personas que recuerdan tus sueños de entonces, tus miedos, tus peinados cuestionables, tus canciones favoritas. Y que, cuando te ven, son capaces de reconocer también a esa persona que alguna vez fuiste.

    Quizá por eso me gustó tanto volver a Nadie nos va a extrañar. Porque detrás de la nostalgia por los años noventa hay algo mucho más profundo; la nostalgia por quienes fuimos. Por los amigos que veíamos todos los días, por esa época en la que todavía no sabíamos que un día dejaríamos de vernos. Porque nadie te explica que crecer también significa despedirte de escuelas, de ciudades, de versiones de ti misma. Y, algunas veces, de personas a las que juraste que nunca dejarías de ver.

    La mayoría de nosotros no cumplimos esa promesa, la vida se interpone. Pero creo que hay amistades que encuentran una manera distinta de quedarse. No están todos los días, no conocen todos tus pendientes, quizá no saben qué hiciste ayer, pero saben quién eres.

    Y a veces basta un café para comprobar que, debajo de todas las versiones adultas que hemos tenido que construir, todavía están esas adolescentes que compartían audífonos, secretos y canciones.

    ¿Vivis, quieres ir por un café?

    Yazmín Espinoza, comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.

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