Jaime Martínez Ochoa Luis es un adolescente al que desde que tiene memoria lo apodan “Luis sonrisas” debido a que siempre anda con una sonrisa en la boca. Como él mismo dice: “Hasta cuando estoy serio sonrío”. Vive en un poblado de Michoacán, con un padre perdido en las calles del centro de Los Ángeles, una madre que se gana la vida vendiendo elotes en la plaza, una hermana que estudia la preparatoria y un hermano discapacitado. Él mismo es estudiante de secundaria y, gracias a su buen humor, es un joven que sabe hacer amigos. Hasta aquí, podemos decir que se trata de una historia que podría ser común a muchos adolescentes michoacanos, cuyos padres emigran en busca de una mejor vida, pero luego se quedan varados en ciudades lejanas, lo que obliga a las madres a inventarse mil empleos para sacar adelante a la familia. Es una vida de esfuerzos, de trabajo, de estudio, en la que sólo se trata de salir delante de la mejor manera posible. Pero en esta vida en apariencia tranquila, que bulle en las calles de un poblado sin nombre, porque puede ser cualquier pueblo, pronto se cuela la violencia, en forma del amigo de un amigo que, sin más, les ofrece trabajo y aparatos electrónicos que, sin duda, no pueden provenir de nada bueno. Junto con estas amistades sospechosas llegan nuevas experiencias, así como el consumo de cervezas, drogas y, también, dinero y regalos que hacen las delicias de los adolescentes. Previsiblemente, “el mal cae y se esparce” y en el pueblo empiezan a suceder cosas malas: desapariciones, secuestros y crímenes. Entonces, la vida se convierte “en un miedo constante”, como dice el joven Luis. Este último tramo de la historia digamos que también es algo común ya en nuestros pueblos y ciudades, debido a la intromisión de estos personajes que un día aparecen con la falsa promesa de una vida mejor, lo que incluye, también, una gran dosis de violencia y esas atrocidades que son ya tan cotidianas en nuestra tierra mexicana. “El corrido de Luis Sonrisas” es una historieta escrita e ilustrada por Artemio Rodríguez, con la que este artista michoacano busca advertir a jóvenes y adolescentes sobre los riesgos de caer en actividades delictivas. Publicada por Cuarta República. Editorial de Michoacán esta obra se concibió como una aportación al Plan Michoacán por la Paz y la Justicia, con el fin de brindar un mensaje que pudiera llegar de manera masiva a jóvenes, y alertarlos sobre los riesgos y violencia que existe en el falso mundo de “éxito” que ofrece la delincuencia. Por lo tanto, es una obra didáctica, que no esconde su mensaje. Siguiendo los preceptos de la historieta de corte social y las ilustraciones de denuncia, la obra es un llamado a desoír esa realidad que hoy se nos ofrece en forma de dinero y regalos instantáneos, que llevan en su carga el costo de violencia y desapariciones. Por eso mismo es una obra moral, que no moralina, que apela a una realidad que de tan cotidiana ya no vemos, donde una atrocidad sólo es el preludio de otra atrocidad, que constituye ya no sólo un agravio psicológico, sino también existencial. Como dice el corrido que da título a la obra “Los muchachos en esta historia se pudieran encontrar en cualquier escuela y pueblo de nuestra amada entidad”, lo que releva la intención de alerta sobre los nuevos monstruos que se han ido apoderando de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, pese a ser una obra con mensaje, no intenta rebajar ni la violencia ni la inseguridad: por el contrario, se detiene en aquellos aspectos que, por repulsivos, no dejan de ser evidentes. Por ello mismo, no es una obra fatalista, que se cierre sobre sí misma, señalándonos que no hay salida posible para la violencia y que tenemos que vivir en este torbellino de crímenes. Al final, la idea que prevalece es que, más allá de las políticas oficiales, hay un sustrato en el que puede tener cabida la paz. El corrido es enfático en este punto: “Palomita mensajera escucha mi canto ya, que mi país necesita, de paz y seguridad”. Todo esto, agrega, “para que la esperanza crezca y chicos como Luis Sonrisas no caigan en la maldad de drogas y armas malditas que minan la humanidad”. Al final, el personaje de este relato lograr escapar de ese círculo de malas amistades a que lo condenaba su realidad. Esperemos que este librito llegue de manera masiva a muchos jóvenes michoacanos para que también ellos puedan evadir esa realidad ominosa que hoy les ofrece una vida fácil pero fatal. Artemio Rodríguez es un artista oriundo de Tacámbaro, migrante él mismo, quien realiza grabados a la manera tradicional, con un trazo limpio y certero, donde se dan cita diversos estilos que van del expresionismo al costumbrismo. Con esta obra, se impone no sólo como grabador sino también como escritor, una doble faceta que hace aún más estimulante su trabajo. Jaime Martínez Ochoa es escritor y editor. Con “Gleba”, libro de cuentos, ganó el Premio Nacional Gilberto Owen. Su libro más reciente es “Altar de cráneos”, editado por Gato Blanco. Es director de producción editorial de Cuarta República.