Álgebra

Ya sabemos, gracias a algunos científicos futuristas, que algún día este virus será como una simple gripa.

Gustavo Ogarrio

Me preguntó qué destino tendrán todas esas voces. La que me ha contado que en el pueblo de Santa Fe ha muerto mucha gente y que sin velorios las almas andan penando… la que comenta, un poco en broma, que ya no tiene recuerdos de antes del confinamiento… la que me relata minuciosamente sus viajes diarios en el trolebús para ir a trabajar… la que se quiebra porque el contagio llegó a sus padres en la cena de navidad a través de algún hijo… la que me dice con optimismo que ha leído que después de la pandemia vendrá una época de lujuria y carnaval y que más vale llegar vivo… la que me distrae con sus interesantes opiniones sobre la “dictadura capitalista” que se apropiará de las vacunas y que nos someterá a la competencia económica para adquirirlas… la que me habla con pesar de su recuperación después del COVID-19… las que se formaron en mi cabeza y en mis sueños después de escuchar a éstas y a muchas otras y que voy guardando como puedo en mi memoria. Una mujer me dice algo que me estremece: “a veces siento que yo y mi hijo, aquí encerrados desde hace meses, seremos olvidados por los demás poco a poco”. ¿Qué haremos con los que van a enloquecer de soledad? ¿Y con los que se van a ahogar en estas multitudes mortales? ¿Qué pasará con los que se encargaron de buscar al bicho y no lo encontraron? ¿También van a enloquecer? Son los peores días. Seguramente también vamos olvidando cómo entonar las canciones que más nos gustan. Nos sale más cabello del habitual en los brazos y en la espalda. Nuestras manos envejecen. Ya olvidé que extrañaba al sol en su brutal plenitud de miles de años. Ya sabemos, gracias a algunos científicos futuristas, que algún día este virus será como una simple gripa y que tendremos otros problemas más graves que atender. Mientras tanto, estamos aquí, atrapados en el álgebra cada vez más dolorosa de los que se van y de los que se quedan.

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