Marco Antonio Campos, colaborador La Voz de Michoacán Magali había invitado a Francisco a Xalapa para dar la charla inaugural de los cursos de la carrera de Literatura. Se quedaría en un pequeño hotel en Coatepec, pequeña ciudad situada a ocho kilómetros de la capital veracruzana. En Coatepec Magali tenía casa con su marido César, muy buen poeta, y también era la ciudad donde vivía Esther, una mujer lúcida, entrañable. Se sorprendió lo mucho que había crecido Coatepec desde los años ochenta cuando estuvo por última vez, pero algo tenía aún sabor a pueblo. La población ya era de cerca de 100,000 habitantes. Esther los recibiría en su bella casa, como adentrada en un bosque, para las comidas. En el terreno estaban también separadas las casas de su hija Alejandra y otra de la cantante Natalia Lafourcade. Francisco daría una charla sobre Octavio Paz y Jorge Luis Borges en el auditorio de la universidad y la noche del día siguiente tendría con César una lectura en un Café. Ambas ocasiones Esther presentó a Francisco. La parte de la charla sobre Borges se las quedó a deber y la debe todavía. Han pasado ya varios años. La rememora, por un lado, como una estancia veracruzana muy agradable, pero lo que más recuerda con un sobrecogimiento, son las comidas en casa de Esther. La escritora e investigadora tenía tres hijas. Por el asesinato de la mediana, era una mujer rota. Parecía que un “¿por qué a mí?”, para ella incomprensible, la consumía a causa de esa muerte. Obsesivamente en las comidas relataba los hechos y todo lo que lo rodeó. Su hija Irene, entonces de 26 años en 2010, y su marido, Fouad, se irían a vivir a Estados Unidos en unos días. Habían ido aquel 8 de junio a la sede del club de futbol americano, los Zorros Plateados, del que Fouad era dueño. Irene, que estaba al volante, lo esperó. Llegaron hombres armados de un cártel y le dispararon. Seis balazos quedaron en su cuerpo. El marido, al regresar del club, lo secuestraron; al otro día encontraron el cuerpo con el cuello cercenado. En versiones periodísticas varían detalles de los hechos, pero en esencia el acontecimiento fue así. Mientras en la comida Esther iba relatando los asesinatos, Francisco advertía en una silla del comedor el delineamiento del rostro y la mitad del cuerpo de una mujer joven. “¡Irene!”, se dijo. Nadie, ni Esther, ni Magali, ni César, ni Beatriz, la hija menor, parecían darse cuenta. El fondo del asunto es que el padre de Fouad iba a construir un edificio de diez pisos en la avenida Araucarias y una célula delictiva aportó parte de la inversión. En 2007, para aplaudir el anuncio de la obra, que tardaría veinte meses, llegaron el gobernador Herrera y el alcalde jalapeño Ahued. Pero empezaron pronto los obstáculos que se volvieron insalvables: donde pretendían construir era un terreno frágil que no soportaría el peso del predio. Pasaron los veinte meses sin avances. Varias veces los criminales lo amenazaron y pidieron su inversión; el empresario no tenía dinero porque él también había perdido con la obra. Una y otra vez solicitaba una posposición. Hartos, los criminales advirtieron: “Te vamos a pegar donde más te duele”. Toda la comida acompañó a Francisco la figura en líneas de quien creía que podía ser Irene. Se levantaron. Esther, mostrándole una foto, le dijo: “Mira, esta es mi hija”. Francisco fijó bien la vista, y dijo: “Una muchacha bella”, y lo era. La tarde del otro día Esther los sentó a la mesa, pero en la silla que quedaba vacía, Francisco vio de nuevo delineada la figura. Mientras comían, entró en algún momento Alejandra, su hija mayor. “¿No te acuerdas? - me sonrió Esther-. Cuando apenas tenía meses estabas en Xalapa y te dije que fueras a conocerla, y dijiste, al verla en la cuna, que tenía cara de niña antigua”. “¿Por qué no te sientas con nosotros?”, le preguntó Francisco. Alejandra se despidió. Esther volvió al tema de Irene, pero él sólo veía obsesivamente las líneas del cuerpo femenino. El gobernador Herrera y la procuraduría del estado - dijo Esther - prometieron que los criminales no escaparían a la justicia. Quienes asistieron a la conferencia de prensa sonrieron entre sí, y alguien dijo: “¿Cuántas veces hemos oído eso?” ¿La carpeta de investigación? Aún hoy, trece años después, está vacía. Francisco preguntó a Esther por su consuegro. “Murió de tristeza a los pocos meses”, repuso. Francisco dijo: “Emblemáticamente murieron con la pareja las dos familias”. Sí, repuso Esther, pero somos dos de las miles en Veracruz y en todo México que han sido quebradas por los cárteles, aliados con políticos y policías, quienes trabajan como actores o cómplices. Los políticos ganan dinero de dos fuentes: de la nómina oficial y de los criminales. Para desahogar su dolor, Esther escribió un libro Diario de una madre mutilada, con el que ganó el premio Bellas Artes de Testimonio Carlos Montemayor. El libro lo escribió no con palabras, sino en un solo grito. Dijo que al publicar el libro se quitó la h de Esther para despersonalizarse. Francisco recuerda esto hoy, 12 marzo de 2023, cuando lee en los periódicos, que murió la muy querida Esther. Tenía setenta años. Como ahora, siempre que Francisco recordaba la estancia en Coatepec, le era imposible disociar el relato desgarrado de Esther y la imagen sólo de líneas de una joven en una silla. *Cuento sin ficción, inédito.