Mara Rahab Bautista Cada 9 de agosto, el mundo vuelve la mirada hacia los pueblos indígenas. La fecha fue establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1994 y recuerda la primera reunión del grupo de trabajo sobre Poblaciones Indígenas, celebrada en Ginebra en 1982. Hoy, la ONU estima que existen alrededor de 476 millones de personas indígenas en 90 países. En México, la conmemoración adquiere una dimensión particular. De acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2023 del INEGI, 39.2 millones de personas se identificaron como indígenas y 7.4 millones de personas de tres años y más hablaban alguna lengua indígena. Siete millones reunían ambas condiciones, esto se convierte en millones de voces. ¿Dónde están los libros de estas voces? La pregunta conduce hacia un territorio mucho menos explorado: el de la edición en lenguas originarias. ¿Cuántas editoriales mexicanas publican de manera constante en estas lenguas? ¿Cuántos títulos aparecen cada año? ¿Qué tirajes alcanzan? ¿Cuántos ejemplares salen de las comunidades donde fueron escritos? ¿Cuántos llegan a las librerías de las grandes ciudades? ¿Cuántos encuentran un lugar en las bibliotecas públicas? ¿Cuántos lectores pueden adquirirlos? ¿Y cuántos escritores tienen la posibilidad de vivir, o siquiera de sostener una trayectoria, a partir de su trabajo literario? No hay una cifra nacional única y actualizada que responda a todas estas preguntas. Y quizá esa ausencia sea, en sí misma, una noticia. México no es un país monolingüe. El catálogo del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas reconoce 68 agrupaciones lingüísticas y 364 variantes lingüísticas. Náhuatl, maya, tseltal, tsotsil, tu’un savi, diidxazá, mazateco, mixe, purépecha, rarámuri y tantas otras lenguas son lenguas contemporáneas. Se hablan en las casas, en los mercados, en las escuelas, en las ceremonias, en las redes sociales y, cada vez con mayor fuerza, en la literatura. Sin embargo, cuando una lengua llega al libro enfrenta una paradoja: existe como lengua viva, pero su producción editorial continúa siendo pequeña, fragmentaria y, muchas veces, difícil de encontrar. El problema no está necesariamente en la falta de escritores, está también en la cadena del libro. Escribir es apenas el primer paso. Después vienen la edición, la corrección, el cuidado lingüístico, la traducción cuando corresponde, el diseño, la impresión, el registro, la distribución, la comercialización y la promoción. En cada uno de esos pasos puede aparecer una barrera. Durante años, buena parte de los materiales publicados en lenguas originarias han estado vinculados a la educación, la documentación lingüística, la antropología o la preservación de la tradición oral. Son trabajos indispensables, pero la literatura no puede quedar confinada a esos ámbitos. El propio INALI mantiene un espacio dedicado a publicaciones en lenguas indígenas donde reúne materiales producidos por instituciones públicas, universidades y editoriales privadas. Ahí conviven estudios lingüísticos, materiales para la enseñanza, recopilaciones de tradición oral, poesía, relatos y otros trabajos. Entre las instituciones y editoriales participantes aparecen, entre otras, CIESAS, la Universidad de Guadalajara, UNAM, El Colegio de México, Fondo de Cultura Económica, Editorial Resistencia, Artes de México e INPI. Es decir: el ecosistema existe, pero todavía es pequeño. Necesita, incluso, libros que no tengan que explicar permanentemente que están escritos en una lengua originaria. Una lengua no debería entrar al mundo editorial únicamente como objeto de estudio, también debe poder entrar como lengua de creación. Hay proyectos editoriales que desde hace años han entendido que publicar en lenguas originarias no es una concesión cultural, sino una manera de ampliar el horizonte de la literatura mexicana. Pluralia Ediciones, por ejemplo, ha construido una colección de libros bilingües y monolingües relacionados con las culturas indígenas de México. Otros proyectos trabajan desde territorios y comunidades concretas, como Gusanos de la Memoria, por ejemplo, se define como un colectivo indígena pluricultural, editorial y autogestivo de la Montaña de Guerrero. Trabaja con comunidades mè’phàà, na savi y nahua, y desarrolla talleres de creación literaria, filosofía, fotografía y otras disciplinas, además de registrar memoria oral y creación en lenguas originarias. Hay proyectos más recientes que muestran que existe una nueva generación de editoriales dispuestas a asumir el riesgo. Una de las dificultades más importantes no parece ser únicamente producir libros, sino conseguir que circulen, un libro que se queda en la comunidad no necesariamente es un problema. Puede ser una elección comunitaria y una forma legítima de circulación. El problema aparece cuando el libro quiere circular y no encuentra los caminos para hacerlo, ahí entran las librerías, las bibliotecas, las ferias, las universidades, las plataformas digitales. Hablar una lengua y encontrar libros en ella son dos derechos culturales distintos, aunque profundamente relacionados. Una lengua se fortalece cuando puede ser hablada, pero también cuando puede ser escrita, publicada, enseñada, traducida, leída y transmitida a las siguientes generaciones. Traspatio Librería es un proyecto de promoción de la bibliodiversidad, la edición independiente, la literatura y la escritura de mujeres. 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