Rafael Calderón En la poesía mexicana, la presencia de Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949)[1] ocupa un lugar definitivo y goza de un amplio reconocimiento entre los poetas de su generación. Es parte fundamental de la tradición de la poesía contemporánea desde hace más de un cuarto de siglo. Su Poesía reunida (1970-1996), publicada en 1997, muestra esa búsqueda y registra una evolución que se encamina a la plenitud de su madurez; travesía que ha seguido enriqueciendo con nuevos títulos. La tradición poética de Campos colinda con el cuento, la novela, el ensayo y la entrevista; sin embargo, la poesía es el punto de partida y el mejor recorrido para conocerlo. Conversar directamente con él desde esa tradición revela cómo la poesía constituye realidades. Lo principal está trazado en su itinerario: partimos de su libro Una seña en la sepultura para recordar las inquietudes que hacen evidente su escritura. Ahí están los poemas que lo destacan y las palabras que afirman su presencia. Sus textos son el sentido de la tradición: la coordenada de una mirada que busca expresarse en la herencia lírica que recibe de otros autores y que devuelve transformada. Basta detenerse en la diversidad de géneros que ejerce para entender que todo, en él, vuelve a la poesía. Rafael Calderón: Quisiera iniciar con su Poesía reunida (1970-1996). Enmarca un cuarto de siglo de escribir poemas. ¿Cómo ha evolucionado su obra hasta llegar a esa suma? ¿Qué es escribir poesía para usted hoy y hacia dónde se encamina? Marco Antonio Campos: Es una pregunta extensa. Empecé con una poesía directa, seca, de poemas relativamente breves. Ahí es muy importante el primer y el último verso: el efecto final. Después, no sé si fue una equivocación, vino Una seña en la sepultura. Ahí busqué incorporar lecturas de los trovadores y de los toscanos: Dante y Cavalcanti. Hice un jugo entre los siglos XII y XIII y el siglo XX. Creí que eran poemas muy autobiográficos, a pesar de la literatura que hay en ellos. Pero la gente ha percibido más la literatura que lo personal. El libro que considero más intenso es La ceniza en la frente. Ahí pude decir más lo que quería decir. Hay mayor riqueza de vocabulario y un mayor juego rítmico. También refleja el vivir un poco desolado; las huellas de escribir diez años de poesía fueron parte de una época difícil. Pero me sentí, sobre todo, muy cómodo en el poema en prosa: mucho más natural. Pienso en los Grabados españoles o en los poemas de París, como “Recuerda”, que es un epitafio. Y es la tercera vez que en un libro mío aparece un epitafio: así es en Muertos y disfraces o en “El testamento” de Una seña en la sepultura; así es en el epitafio de La ceniza en la frente o en “Lápida”, de Los adioses del forastero. Hay un libro especial: Monólogos. Muestra el desarrollo del estilo. Los tres primeros poemas se parecen mucho y fueron escritos antes de los treinta años. Del cuarto al sexto ya cambió mucho la forma de escribir. Son poemas de distintos tiempos y no sé si estuvo bien incorporar los tres finales, porque ya son otra cosa. Lo que los caracteriza a todos es que son poemas simultaneístas y, también, los más largos. Resumen diversas experiencias al pasar de un tema a otro, pero sin que se perciba el corte, para que el lector sea consciente de que ya entró a otro territorio. Son poemas que me cuestan mucho trabajo. Escribo poca poesía. No soy un poeta de todos los días, aunque la poesía toca todo lo que hago. En verso o en prosa hay un rechazo a la esterilidad que no me pasa con la prosa. Escribo prosa porque no puedo escribir poesía todos los días; sería muy aburrido escribir un poema diario y no escribiría como Neruda sesenta libros. Pero también me sorprende encontrar que he escrito bastante. Sobre todo el último libro, que es el que más me gusta: Los adioses del forastero. Ahí está mucho más clara la huella del viaje, la residencia en aquellos países donde viví o estuve. De cualquier forma, hay una evolución con los últimos dos libros. Quedo más satisfecho con estos por su mayor variación y búsqueda. Imagen: Enciclopedia de la Literatura en México. R. C.: El solo hecho de reunir toda su poesía en un volumen, ¿es una manera de ver su itinerario? ¿Hay satisfacción en el poeta? M. A. C.: Ante todo, me he sentido poeta. Cuando vi reunida mi poesía, me sentí muy tranquilo. Lo único que vale en la vida es la obra, y esa es la poesía. Puede seguir creciendo y convertirse en un libro más grande, pero con esa primera reunión me siento tranquilo. R. C.: En la nota de presentación dice usted que la poesía se debe escribir «directa, con la sangre y con la carne». Más allá de eso, ¿qué relación hay entre esas palabras y su propia obra? M. A. C.: No puedo hacer un juicio sobre mi poesía, pero sí puedo decir que es una poesía escrita con los sentimientos del hombre. A veces con amargura, con dolor. R. C.: Usted no escribe solo poesía, sino también cuento, novela, ensayo, y es traductor. Su obra es un referente para la poesía de una generación: la de los cuarenta. ¿Cómo definiría a su generación? M. A. C.: Es una generación variada e interesante. Ha dado un poeta fuera de serie como Francisco Hernández, o poetas como Antonio Deltoro y Elsa Cross. Varios de ellos han escrito una obra que me gusta mucho; unos me gustan más que otros. Están también Gloria Gervitz y Elva Macías, además de Mariano Flores Castro, Francisco Serrano y Carlos Montemayor. Es una generación que ya hizo una obra sólida. Curiosamente, las mujeres están en una raíz alejada de la tradición mexicana habitual: el caso de Elva Macías incorpora más la tradición china; en Elsa Cross está la tradición hindú; y en Gloria Gervitz, una poesía vívida, muy cercana a la tradición judía. El caso de Francisco Hernández tiene que ver con Europa y sobre todo con el mundo germánico —el músico Schumann, por ejemplo, con una biografía inventada en la poesía pero admirablemente concebida—. En Antonio Deltoro vemos pequeñas o medianas cajas de fantasía que guardan sorpresas terribles: uno abre y descubre lo que son. En Carlos Montemayor hay mucha recuperación de su tierra, Chihuahua. El caso de Gaspar Aguilera Díaz es una poesía muy directa y vívida, hecha como un diario de viaje. Y así por el estilo vas encontrando una gran variedad. Pueden ser poemas de viaje o poemas en prosa, o búsquedas de síntesis a través de la experiencia vivida. Por eso es muy importante revisar el pasado para encontrar una explicación: son juegos de espejos en el pasado literario, cultural y personal. R. C.: A través del ensayo, sus aportaciones son importantes para valorar a otros autores. Su libro Señales en el camino gira alrededor de la poesía y los poetas, de la traducción y de otros géneros, sin perder de vista el cuento y la novela. Refleja la presencia integral del poeta. M. A. C.: Sobre todo en los años ochenta, había algo que me molestaba: que dijeran «es un hombre de letras», sugiriendo que era mejor como narrador que como poeta, o mejor como traductor que como poeta. Yo quería que ante todo me reconocieran como poeta, y si no figuraba en las antologías me preocupaba muy poco. Tengo alrededor de dieciocho libros de traducciones y dieciséis deben ser de poetas. Luego está Resplandores del relámpago, totalmente consagrado al ensayo sobre poesía. También dirigí la revista Periódico de Poesía. Dejé a un lado la novela y el cuento durante diez años para que la gente empezara a decir “el poeta Marco Antonio Campos” y no solo “el hombre de letras”. Y aunque he escrito menos narrativa, sigo haciéndolo. Quiero que en los próximos años mi ensayo sea más maduro, para expresar lo que quiero decir con ideas cada vez más firmes. R. C.: ¿El viaje es fundamental en su poesía? M. A. C.: Decía que entre los veinte y los treinta años, quizá hasta los cuarenta, dos cosas me motivaban para escribir poesía: los viajes y estar enamorado. Después solo quedaron los viajes, porque uno se cuida mucho de enamorarse: se vuelve peligroso. Cuando uno está enamorado, casi siempre pierde la batuta y termina escribiendo poemas desdichados. El viaje me da un juego de comparaciones. En mi poesía hablo muy poco sobre la Ciudad de México, no así en la narrativa o en la crónica, donde me sale muy fácil la ciudad y me encanta ver cómo se mueve el cielo o el sol. Si escribo narrativa, voy a los sitios y empiezo a ver cómo llega el crepúsculo, qué árboles hay, cómo es la plaza para colocar ahí un diálogo entre personajes. En cambio, cuando quiero convertir eso en poesía, se me dificulta. Sí hay imágenes sobre la Ciudad de México, pero no con esa precisión y vitalidad poética que tuvo para describirla Efraín Huerta, por ejemplo. En el viaje voy tomando datos que me sirven para la prosa o la poesía. Años después los recupero y los armo como un rompecabezas. Por ejemplo, en “Atenas en el 75”, hice el reencuentro veinte años más tarde sobre la experiencia que viví entonces: cuál era la muchacha de la que estaba enamorado o cómo eran los crepúsculos de aquel momento. También escribo poemas de viajes a sitios donde vivieron autores que admiro: Rimbaud o César Vallejo en París, o Van Gogh en el hospital cuando cayó en alucinaciones auditivas. Veo el lugar y surge el poema que ya tenía concebido. Por ejemplo, cuando iba a París, visitaba religiosamente la calle Molière número 20, donde vivió Vallejo. De pronto me paraba ahí y empezaban a surgir las imágenes. A veces resuelvo el poema en dos o tres días, y luego paso meses corrigiendo. Curiosamente, me salen más los poemas en las ciudades pequeñas que en las grandes; las ciudades grandes son mejores para un cuento. R. C.: Continuando con la tradición del viaje entre los poetas mexicanos —desde Alfonso Reyes y Octavio Paz hasta Hugo Gutiérrez Vega—, ¿podemos decir que en su poesía continúa marcadamente esa constante? M. A. C.: Es curioso: algunos escritores se han sentido muy bien en los países que visitan, viéndose como ciudadanos occidentales. Regularmente, yo me he sentido un forastero. Me la he pasado muy bien viajando, pero nunca me he sentido parte de esos lugares. Incluso cuando viví fuera, siempre estuve atento a lo que pasaba en México. Di clases tres años y medio en Austria, pero cada semestre volvía a México dos o tres meses. Creo que he hecho diecinueve viajes a Europa, y me siento muy orgulloso de ello. Me siento más orgulloso de lo que he caminado que de lo que he escrito. Creo que nadie de mi generación —quizá de varias generaciones— ha caminado como yo he caminado. Podrán conocer más ciudades, pero no caminar así: viendo bien las ciudades. Eso sí está confirmado. R. C.: En una parte de su poesía rememora un viaje en compañía de su padre y lo describe como un antecedente fundamental... M. A. C.: Sí, hay un viaje con mi papá en el 72, cuando viajé por primera vez a Europa. En Venecia fue cuando rompí con él y decidí seguir mi propio viaje. Esa ruptura fue fundamental y muy benéfica. A pesar de tener poco dinero, aprendí a viajar y a aprovechar las posibilidades para los jóvenes con los albergues y la credencial internacional. ¡Imagínese entrar casi gratis a las galerías de Florencia, Roma y París! Para un joven eso es una formación definitiva. También me siento muy orgulloso de la cantidad de pintura que he visto; si me hubiera quedado aquí, todo lo habría visto en reproducciones. En mi poesía hay referencias a cuadros, aunque no demasiadas, porque resulta aburrido describir pintura salvo que se le ponga una dosis vital especial. La mejor poesía y la literatura más perdurable es la del ritmo; suele ser la pesimista, con excepciones como Whitman, el último Neruda o Elytis, que le cantaron a la alegría. A la poesía le importa estar bien escrita y que parezca que se ha sido feliz, no que se ha sido infeliz. Es más importante el parecer que el ser: que resulte verosímil, no que sea real. Además, la poesía se construye de muchas realidades. R. C.: Por último: ¿hacia dónde se dirige la poesía y qué posibilidades hay de que siga esa búsqueda iniciada en el siglo XX? M. A. C.: La poesía se alejó mucho del público en el siglo XX. Si uno compara la época de los trovadores —que decían sus poemas en las plazas y en las cortes—, la poesía era una forma de estar con la gente. Eso prácticamente desapareció. Ahora las lecturas son para quince o cincuenta personas; la poesía se alejó de la gente. Influyó mucho la desaparición del metro y la rima en el intento de ser más accesible, pero creo que hay que volver a ellos: volver al metro, a la rima y a una poesía con preocupaciones más sociales y humanas, no tan intelectual. Vivimos una época en que la poesía no cuenta como un objeto de valor comercial en la sociedad, pero por fortuna ha existido una cantidad suficiente de poetas que la siguen salvando. Mientras la novela mueve miles de ejemplares, de poesía se tiran mil, se regalan cien y se venden doscientos. Pero es preferible que pase eso a que no pase nada. Llegará una época en que la poesía vuelva a ser tan importante como lo fue en Grecia, para los judíos o en el México prehispánico, donde las reuniones de poetas preservaban la historia, la religión y el mundo personal. Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces. [1]Esta entrevista a Marco Antonio Campos originalmente se realizó en el Hotel de la Soledad, en Morelia, hacia octubre de 2001. Tras haber pactado la cita para el día siguiente, diversos imprevistos me hicieron llegar dos horas tarde. Inicialmente, el autor se negó a realizarla por la demora, pero la intervención de Hugo Gutiérrez Vega —quien conversaba ahí junto a Juan Bañuelos y Gaspar Aguilera Díaz— lo hizo cambiar de opinión. Aquí se recupera la esencia de aquella conversación y destaca la vigencia de un creador entregado por completo a la poesía, la traducción y el ensayo.