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    Jueves | 13 Ago, 2026, 14:26

    Rocío Luna: bailar y crear desde el gozo del cuerpo

    Entrevista con la creadora, investigadora y docente especializada en danza contemporánea, reconocida por la UMSNH con la Presea “Vasco de Quiroga”

    Fotografía: Eric Sánchez

    Víctor E. Rodríguez Méndez

    Rocío Luna Urdaibay se ha empeñado por hacer de la danza una forma de conocimiento y creación. Desde Morelia ha formado a nuevas generaciones de artistas como creadora, investigadora y docente especializada en danza contemporánea, educación corporizada e investigación-creación. Este año recibió la Presea “Vasco de Quiroga” de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), reconocimiento a una labor que, lejos de cerrar un ciclo, acompaña una labor que continúa expandiéndose entre la escena, la investigación y la enseñanza.

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    Una idea atraviesa la vida y el trabajo de Rocío Luna: “El cuerpo no miente”. Frente a una sociedad que exige producir más, consumir más, demostrar más y responder permanentemente a modelos de belleza, éxito y rendimiento, la danza aparece para ella como una posibilidad de detenerse, escucharse y reconocerse. Es, al mismo tiempo —según su propia convicción artística—, lenguaje poético, forma de conocimiento y espacio para construir comunidad.

    A sus 51 años ha creado más de sesenta obras en formatos que incluyen danza escénica, videodanza, performance, instalación y propuestas inmersivas. Sus creaciones han sido reconocidas y exhibidas en festivales internacionales de los cinco continentes. Pertenece al SNII, forma parte de la red internacional Designing Embodied Education in Dance y ha participado como jurado en diversas convocatorias y premios nacionales de artes escénicas. Desde 1999 forma parte de la UMSNH, donde actualmente coordina el diseño de la Maestría en Artes y Estudios Transdisciplinarios.

    Para Rocío Luna, el reciente reconocimiento de la universidad nicolaita por su trayectoria en la creación y promoción de las artes tiene un valor especial porque llega después de años de trabajo constante, en una disciplina que durante mucho tiempo tuvo que disputar su lugar dentro de las instituciones de educación superior.

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    Fotografía: Ana Baer

    “No voy a fingir falsa modestia”, dice en entrevista. “Ha sido muy lindo tener este reconocimiento porque una trabaja mucho”. Detrás de la distinción, añade, “hay muchas horas dedicadas a la universidad, a la creación, a la investigación y a la formación de estudiantes; hay mucho compromiso y pasión”. También hay errores —reconoce—, aprendizajes y decisiones que han terminado por darle sentido a un camino que comenzó desde muy temprano y que encontró en Morelia un lugar para desarrollarse.

    Acota: “Siempre hay que moverse, hay que actuar, y la verdad hasta ahora me ha ido muy bien”.

    El origen y el gozo de moverse

    Su primer acercamiento a la danza ocurrió cuando era niña, aunque reconoce que no conserva memoria directa de aquellos primeros momentos. La historia la conoce a través de su madre, quien cuenta que Rocío insistía en estudiar danza y alrededor de los seis años comenzó a asistir a la Casa de la Cultura de Morelia.

    Sí conserva, en cambio, la memoria afectiva de su padre tocando la guitarra y cantando mientras ella bailaba. En esa imagen familiar captura uno de los primeros vínculos entre música, movimiento y placer. Era entonces, sobre todo, el gozo de sentir cómo la música atravesaba el cuerpo y producía movimiento. “Desde niña tuve el gusto por moverme, por sentir mi cuerpo, por sentir la música y la sensación de que atravesaba mi cuerpo y me producía el movimiento. Hasta ahora sigo buscando ese gozo y ese encuentro al bailar”.

    Un año después ingresó a la Academia Toledo. Desde entonces, la danza dejó de ser una actividad infantil para convertirse en una forma de vida. Curiosamente, cuando era niña no decía que quería ser bailarina: decía que quería ser maestra de danza. Con el tiempo comprendería que aquella aspiración tenía una lógica profunda. “Creo que era porque quería diseñar experiencias y coreografías, además de crear posibilidades”.

    Más tarde vendrían el Centro Pro-Ballet de Michoacán, el Centro de Educación Artística (CEDART) y sus primeras experiencias con la danza contemporánea. En el CEDART encontró particularmente la posibilidad de crear, experimentar y entender la danza más allá de la ejecución técnica, según cuenta con mucho entusiasmo. También participó en agrupaciones independientes y en distintos espacios de formación hasta trasladarse a la Ciudad de México, donde estudió la licenciatura en Coreografía en la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea, en los primeros años del Centro Nacional de las Artes.

    Aquella etapa pudo significar el comienzo de una vida profesional lejos de Michoacán; mientras estudiaba comenzó a dar clases y recibió propuestas para continuar su desarrollo profesional en otros lugares. Sin embargo, decidió regresar.

    Así, encontró en Michoacán un proyecto universitario en expansión y una posibilidad que terminó siendo determinante: participar en la formación de las primeras generaciones de estudiantes de danza en la entonces Escuela Popular de Bellas Artes.

    En 1999 ingresó a la institución nicolaita. Y, desde entonces, su vida profesional ha estado estrechamente ligada a Morelia.

    Una danza que no busca obedecer

    La danza contemporánea que defiende Rocío Luna parte de una premisa distinta a la de los modelos tradicionales basados en la reproducción de formas y técnicas. Durante buena parte del siglo XX, explica, el bailarín aspiraba a dominar determinados lenguajes corporales. Técnicas como Graham, Cunningham o el ballet establecían modelos formales a los cuales había que aproximarse.

    La transformación llegó, entre otros caminos, con experiencias como el contact improvisation, el release y distintas prácticas que colocaron el impulso, la percepción y la relación con el otro en el centro del movimiento. “Cambió mucho la cosa”, explica. “Los cuerpos dejaron de forzarse tanto. Diríamos que se estableció una experiencia de batalla con una misma para dejarse fluir más”.

    El cuerpo dejó de ser entendido únicamente como un instrumento que debía ser controlado para convertirse también en un territorio que debía, incluso, ser escuchado. Por eso la improvisación ocupa un lugar fundamental en su trabajo. Señala: “Yo construyo mucho a través de la improvisación, porque es el momento en el que aflora el impulso que siente el cuerpo del movimiento y permites que eso suceda”.

    La danza, desde esa perspectiva, no consiste únicamente en controlar el cuerpo, sino en aprender a escucharlo. Y esa escucha no se limita al oído. Dentro de la práctica dancística, explica Rocío, escuchar significa colocar todo el cuerpo y todos los sentidos en estado de atención: “Tiene que ver más con sentirte y sentir tu entorno”.

    De ahí surge una de sus principales preocupaciones como investigadora: construir una epistemología de la danza desde la propia danza. “No soy la única ni estoy descubriendo el hilo negro. Esto ha venido sucediendo con muchas investigadoras, pero es un proceso que todavía demanda mucho esmero”, refiere.

    Y resalta que, con el tiempo, Morelia y otras comunidades académicas han avanzado en la recuperación de la memoria de sus creadores, en la documentación de procesos y en la generación de investigaciones que permiten comprender la danza desde sus propios protagonistas.

    A pregunta expresa, no concibe a la bailarina o bailarín contemporáneo como un mero ejecutante al servicio de un coreógrafo. El bailarín también crea, dice. “Construir la obra desde quién eres, no en términos de que hables de tu biografía, sino que tus impulsos sean transparentes: desde tu propia individualidad y ser en el mundo. Eso es muy importante para mí.”.

    Para la coreógrafa y doctora en Arte y Cultura, el virtuosismo atlético tiene un valor indudable en la danza, pero existe algo que considera esencial: la autenticidad. Defiende la creación desde la propia individualidad, cultura e identidad, lejos de pretensiones o estatus, con impulsos transparentes que permitan al artista construir desde quien verdaderamente es.

    En esa concepción, la memoria, la imaginación y la experiencia presente se encuentran de manera permanente. “La maravilla de los saberes del cuerpo suceden en un terreno que no es prioritariamente racional, sino que es sintiente, y ahí se teje justo la memoria con la imaginación. Las preguntas en el cuerpo se construyen desde esas tensiones, entre el momento presente, tu memoria y tu proyección a futuro”.

    Para bailar hay que soltar, puntualiza Rocío: los juicios, las pretensiones, las expectativas y la necesidad de controlar cada resultado. “Es una maravilla que la danza sea efímera, sucede justo en este preciso momento y la manera de evitarla es estando ahí sin más”. Quizá por eso considera que la danza puede ofrecer una respuesta poderosa frente al ritmo de la sociedad contemporánea.

    Vivimos, sostiene la también profesora-investigadora, en una cultura productivista y consumista que constantemente empuja a las personas fuera de sí mismas: hay que ser más, lograr más, demostrar más. “El cuerpo termina convertido en otro objeto de exigencia: más delgado, más alto, más joven, más blanco… un cuerpo distinto del que se tiene. Hay una desconexión y una falta de atención al cuerpo. Estamos buscando algo afuera de nosotros cuando nosotros somos nuestro cuerpo”.

    Frente a esa lógica, la danza propone otra experiencia: “Estamos navegando a contracorriente, por lo que uno de los grandes regalos que la danza contemporánea hace a la sociedad actual es detenerse, sentirse, sentir el entorno, sentirnos entre nosotros”. Para Rocío, la danza ayuda a las personas a volver a su centro.

    También por eso su trabajo reciente se ha acercado a experiencias participativas en las que el espectador/espectadora deja de ser únicamente alguien que observa y se convierte en parte del acontecimiento. En el proyecto “Mirasoles en Otoño”, actualmente en proceso de construcción, la creadora mexicana explora la posibilidad de que la danza ocurra directamente en el cuerpo de quienes participan porque “la mayor virtud de la danza no está en ver danza, sino en hacer danza”, dice.

    La propuesta está dirigida particularmente a mujeres maduras y busca poner en el centro la agencia corporal, la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo y la posibilidad de experimentar colectivamente la plenitud.

    Puntualiza al respecto: “El cuerpo no miente. Puedes inventarte mil historias, pero tú sientes lo que sientes, no hay más. Y si le prestas atención y atiendes a lo que tu cuerpo te está diciendo, vas a llevar una vida más sana y más plena”.

    El gozo por bailar

    Para Rocío Luna, crear, investigar y enseñar forman parte de un mismo proceso. Desde la Licenciatura en Danza de la Facultad Popular de Bellas Artes ha defendido una formación que conciba al artista como creador, investigador y agente de transformación social. Su trabajo académico también la ha llevado a cuestionar la desigual valoración de las artes frente a otras disciplinas universitarias.

    La Presea “Vasco de Quiroga” que recibió en julio de este año representa, en ese sentido, el reconocimiento a una trayectoria construida desde la convicción de que el arte tiene un papel sustantivo en la universidad. Esa misma convicción la mantiene al frente del proyecto de la Maestría en Artes y Estudios Transdisciplinarios de la Universidad Michoacana, concebida como un espacio para vincular la creación artística con la investigación y la transformación de las comunidades.

    Al mirar su trayectoria, Rocío Luna se reconoce como una mujer plena, consciente de los tropiezos, pero sin deudas con la vida que eligió. “Me siento supercontenta y supersatisfecha, muy feliz con lo que construido en mi vida y con las decisiones que he tomado”. Está convencida que su regreso a Morelia fue decisivo para articular su vida familiar, artística y académica, y para convertir la docencia en una forma de devolver lo aprendido de sus maestros, a quienes profesa mucha gratitud.

    Hoy día sigue transitando entre la escena, la investigación y el aula, convencida de que bailar es también una forma de estar presente, escuchar, sentir y reconocerse en el propio cuerpo. Y, en medio de todo, mantiene la incansable búsqueda de sentir el gozo por bailar.

    Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.

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