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    Jueves | 17 Sep, 2026, 10:50

    Conservatorio de las Rosas invita a su 30 temporada de conciertos en memoria de José Luis Gálvez

    El Conservatorio de las Rosas abre su XXX Temporada de Conciertos con un homenaje en memoria al violonchelista y docente José Luis Gálvez

    Jorge Orozco Flores / La Voz de Michoacán

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    La memoria de un músico también puede organizarse en un programa de conciertos. En el caso de José Luis Gálvez Mariscal, el Conservatorio de las Rosas ha elegido esa vía: dedicar su XXX Temporada de Conciertos a su memoria y distribuir el homenaje entre septiembre y diciembre.

    El primer encuentro será este jueves 17 de septiembre, con el homenaje al maestro José Luis Gálvez. Será en la Sala Niños Cantores de Morelia, Michoacán, a las 19:00 horas, con entrada libre.

    Es una circunstancia sencilla: comienza una temporada y se recuerda a un músico que murió el 10 de agosto. Pero el programa permite mirar hacia atrás y encontrar algo menos sencillo. Gálvez no ocupó un solo sitio dentro de la música. Fue violonchelista, profesor, músico de cámara y director de orquesta. En el Conservatorio, esas actividades no estuvieron separadas: convivieron durante años en el mismo espacio.

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    La temporada continuará hasta diciembre. Habrá recitales, ensambles, cátedras y orquestas. El nombre de Gálvez volverá a aparecer directamente en noviembre, en un recital de la Cátedra de Guitarra dedicado a él. El homenaje, sin embargo, no necesita reducirse a un acto conmemorativo. La programación reúne varias de las áreas en las que transcurrió su trabajo.

    Eso permite entender mejor al músico que se recuerda.

    El instrumento antes que la biografía

    Gálvez solía presentarse de una manera directa: “Soy José Luis Gálvez, soy violonchelista”.

    Antes de Morelia y antes de la dirección, estaba el instrumento.

    Su relación con la música había comenzado en la familia. Su madre procuró que los hijos tuvieran educación musical y el abuelo materno era compositor oaxaqueño. Hubo estudios de piano en una academia particular, pero la formación profesional comenzó en 1976, cuando ingresó a la Escuela Nacional de Música de la UNAM.

    Después vino el Conservatorio Nacional de Música. Terminó allí el diploma de intérprete y se encontraba ante la posibilidad de continuar su preparación como solista cuando apareció una beca para estudiar en Moscú.

    La decisión tenía cierta lógica. Sus maestros habían estudiado en Rusia; su última maestra, Zoya Kamisha, era rusa; y buena parte de la técnica con la que había aprendido a tocar el violonchelo provenía de aquella escuela.

    “Entonces fue como continuidad de lo que estaba yo haciendo aquí en México y lo lógico era irme a Rusia”.

    En Moscú estudió seis años en el Instituto Pedagógico Gnesin: un año propedéutico y cinco de licenciatura. La formación era exigente y tenía un fuerte componente pedagógico. También estudió dirección orquestal con Leonid Katz y recibió clases particulares de violonchelo y dirección con Misha Katz.

    Cuando terminó sus estudios, en 1990, volvió a México.

    La ciudad que no estaba en el plan

    Entre 1990 y 1994 trabajó en la Ciudad de México. Dio clases en el Conservatorio Nacional de Música, en la Escuela Nacional de Música de la UNAM y en la Escuela Superior de Música del INBA. También formó parte de distintas agrupaciones, entre ellas la Orquesta Filarmónica de la UNAM, la Orquesta Sinfónica de Minería y la Orquesta Sinfónica de Michoacán.

    Morelia apareció después, mediante una propuesta para incorporarse al Conservatorio de las Rosas y participar en una renovación de los planes de estudio.

    Había un detalle que le interesaba especialmente: la posibilidad de concentrar en un solo lugar actividades que en la capital estaban dispersas.

    “El ofrecimiento era hacer lo que estaba haciendo en México, pero en un solo lugar”.

    Llegó a finales de 1994 para comenzar el ciclo escolar 1994-1995.

    En Morelia encontró, además, la presencia de una maestra a la que tenía en alta estima: Gela, vinculada con la escuela rusa. El proyecto reunía varias cosas que ya formaban parte de su trayectoria: alumnos, violonchelo, música de cámara y trabajo orquestal.

    Lo que inicialmente podía parecer un cambio de ciudad terminó siendo una permanencia de décadas.

    El oficio de formar a otros

    La dirección orquestal llegó por una vía distinta a la de la licenciatura. Gálvez no había estudiado formalmente la dirección como carrera, pero se había formado mediante clases, prácticas y trabajo con directores.

    Su experiencia como violonchelista y violista le daba una relación particular con las cuerdas.

    “La orquesta sinfónica, por ejemplo, el 70 por ciento es la cuerda”.

    Para él, conocer profundamente esa sección facilitaba el trabajo con la orquesta: entenderla, conducirla y comunicarse con sus integrantes.

    Dirigió la Orquesta del Conservatorio de las Rosas, que fundó junto con Luis Berber, y en 2014 fue invitado a fundar una orquesta de alumnos de la Facultad Popular de Bellas Artes de la Universidad Michoacana. Dio clases de dirección orquestal, violonchelo y música de cámara, además de participar en festivales y acompañar a solistas.

    Pero la parte menos visible de ese trabajo quizá fue la más duradera. Los alumnos.

    Lo que queda cuando termina la clase

    Gálvez no medía la enseñanza únicamente por lo que ocurría dentro del Conservatorio. Hablaba de estudiantes que habían salido a trabajar como músicos de cámara, integrantes de orquestas y solistas; algunos habían competido por puestos principales y los habían conseguido.

    Su método incluía algo que puede parecer elemental, pero que tiene consecuencias profesionales: tocar antes aquello que algún día tendrían que tocar fuera de la escuela.

    La orquesta era también una clase.

    “Cuando salgan ya las hayan tocado, ya sepan cómo hacerlo”.

    La música de cámara formaba parte del mismo entrenamiento. Entre los alumnos que recordaba estaba el Cuarteto La Catrina, dedicado a una especialidad que consideraba particularmente difícil y que consiguió realizar varias grabaciones, una de ellas nominada al Grammy.

    El resultado de una escuela, en esa perspectiva, no estaba en la escuela. Estaba en lo que hacían sus alumnos después de abandonarla.

    Una profesión sin frontera

    Gálvez entendía que el músico joven ya no competía únicamente con otros músicos de su ciudad o de su país. La competencia era internacional.

    Hablaba de la presencia creciente de jóvenes de países como China y Japón y de la posibilidad de encontrarlos disputando los primeros lugares en orquestas de Estados Unidos y Europa.

    Por eso enseñar un instrumento no bastaba.

    Había que enseñar una profesión.

    Conseguir trabajo. Conseguir conciertos. Mantenerse activo. Aprender a desenvolverse en un medio cada vez más competitivo.

    “Estamos tratando siempre de educarlos de tal manera que se puedan defender lo mejor posible en el mundo real”.

    La expresión “mundo real” resulta significativa. Para Gálvez, ser músico no consistía solamente en interpretar correctamente una obra. Era también encontrar un lugar profesional dentro de una competencia internacional. Su objetivo era que sus alumnos pudieran hacerlo de una manera honesta y con un desarrollo correcto.

    Después del concierto

    La imagen final que deja su propia descripción de la vida resulta menos solemne que cualquier homenaje.

    En casa hacía partituras, estudiaba, realizaba adaptaciones y buscaba obras. Revisaba materiales para sus alumnos y para las orquestas. Llegaba al Conservatorio y continuaban las clases, la música de cámara y la orquesta.

    No había una frontera precisa entre el trabajo y el resto del día.

    “Es un estilo de vida realmente”.

    La frase podría parecer una fórmula conocida hasta que Gálvez la lleva a sus consecuencias prácticas. La música no terminaba al salir del salón de clases. Tampoco cuando terminaba un concierto. Continuaba en las partituras, en los ensayos, en los alumnos, en las obras que buscaba y en las orquestas que preparaba.

    “Todo es alrededor de la música”.

    La XXX Temporada de Conciertos del Conservatorio de las Rosas comienza este jueves. El programa se extenderá durante tres meses y recorrerá, como cualquier temporada, distintos instrumentos, repertorios y agrupaciones.

    Pero esta vez comienza con un nombre: José Luis Gálvez.

    La temporada empieza el 17 de septiembre.

    Entre una fecha y otra queda una pregunta menos conmemorativa y más útil: qué significa que una vida dedicada a la música continúe apareciendo en el trabajo de una institución, en las manos de sus alumnos y en una orquesta que vuelve a tocar.

    La respuesta quizá estaba ya en una frase suya, dicha sin solemnidad: “Prácticamente toda la vida”.

    Jorge Orozco Flores, es autor del libro “La duda ofende” (2017); fue secretario de Difusión Cultural de la UMSNH.

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