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    Jueves | 17 Sep, 2026, 12:35

    Volver a Poniatowska hoy

    Un reencuentro con la escritura de Elena Poniatowska desde la nostalgia que recubre recordar el primer acercamiento a su literatura

    Miguel Cansino Assens / La Voz de Michoacán

    El 16 de junio quise sentarme a leer el Ulises de James Joyce. No fue posible: el ejemplar que conservo con devoción —una hermosa edición de aniversario— lo dejé olvidado, por un sutil descuido de la memoria, en otra casa, en otra ciudad lejana donde también he vivido y mudado mis días y sé que ese ejemplar lo conserva uno de los miembros de la escritura oblicua (J. J. Ventura). Así que la lectura física ese día no ocurrió. O no de la manera en que la esperaba. Porque, en su lugar, vencido por la ausencia del tomo, me senté a escribir sobre una lectura pasada, habitada tiempo atrás. Y es que, a veces, leer es precisamente eso: el arte sagrado de volver.

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    Volví entonces, con los ojos de la mente, a las páginas de Lilus Kikus, de Elena Poniatowska. No regresé a su lectura inmediata y palpable, sino a su recuerdo puro: aquel que se fija con terquedad no tanto en la trama de la fábula, sino en las circunstancias vitales que la rodearon. Cuando era estudiante, salíamos de la Facultad y caminábamos —un amigo entrañable y yo— bajo la sombra de los árboles, desde la calzada hasta el corazón mismo del centro histórico. En ese trayecto, la conversación era siempre la misma y era siempre distinta: la literatura como una patria elegida. Los nombres tutelares se repetían en nuestros labios —Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Octavio Paz—, pero jamás se agotaban en la charla. Eran para nosotros una constelación viva más que una lista de autores. Y en ese mapa de nuestras primeras lecturas, Poniatowska ocupaba un lugar de particular reverencia. Nos atraían magnéticamente sus conversaciones, sus crónicas encendidas, sus textos del domingo en las páginas de La Jornada. Había, en el pulso de su escritura, una cercanía distinta, una calidez irrefutable. Por eso queríamos leerla. O, mejor dicho, seguir leyéndola para siempre. Había un libro suyo que se nos imponía con el peso de una catedral: Tinísima. Nunca lo leí completo; aún hoy permanece en mis estantes como una de esas lecturas aplazadas que esperan su hora. Pero no ocurre lo mismo con la pequeña y secreta historia de Lilus Kikus.

    Ese título tenía un magnetismo secreto, algo que nos perturbaba. Tal vez era su origen de imprenta: publicado originalmente en el ya lejano 1954 por las manos sabias de Juan José Arreola dentro de la mítica colección Los Presentes, una serie editorial que para nuestra juventud tenía un aura casi sagrada. Ahí habían comenzado muchos de los grandes; o, al menos, ahí se había legitimado por primera vez una voz nueva en nuestras letras.

    Volver hoy a Lilus Kikus es también volver a esa primera voz, al balbuceo germinal de la escritora. Y no solo a la infancia de Poniatowska, sino a la infancia del lector que uno fue en aquellas calles michoacanas. La edición que guardo en la memoria —aquella bella impresión de Ediciones Era, incorporada después con acierto a los Libros del Rincón— estaba ilustrada magistralmente por Leonora Carrington. Ese detalle visual no era menor ni accesorio: el texto y la imagen parecían dialogar y fundirse en una misma zona de extrañeza y maravilla surrealista. Como si el objeto libro no se limitara a narrar una peripecia, sino que insinuara en el lector otra forma, más alta, de la percepción. Y, sin embargo, el núcleo de todo residía en la milagrosa escritura. Esas sesenta y dos páginas exactas contienen algo difícil de precisar con la fría razón. Suele decirse con ligereza que Lilus Kikus es una niña común y corriente. Pero la lectura atenta desmiente, o al menos matiza con delicadeza, esa afirmación. No porque la protagonista sea extraordinaria en el sentido evidente o heroico, sino porque su mundo interior está construido con una sensibilidad tan honda que descoloca y subvierte lo cotidiano.

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    Ahí radica, quizá, toda su fuerza perdurable. No se trata aquí de tramas complejas de relojería, ni de estructuras narrativas desbordadas. Son relatos breves, apenas doce si uno se empeña en contarlos uno a uno, pero en cada fragmento habita una forma de mirar el universo que se sostiene con soberanía por sí misma. Es una mezcla perfecta de inocencia pura y extrañeza madura, de juego infantil y revelación poética. ¿Es eso la maestría? Tal vez lo sea. O, mejor dicho, asistimos al inicio deslumbrante de una maestría. Porque leer este libro hoy, a la distancia de los años, implica reconocer algo más que su indudable valor literario: implica advertir conmovidos el momento exacto en que una voz original comienza a fijarse en la página. Y, al mismo tiempo, es recordar que esa fijación, en la literatura, es siempre provisional, siempre viva. Por eso la experiencia de la lectura se vuelve doble, como un juego de espejos: se lee el libro, sí, pero también se lee el fantasma del recuerdo de haberlo leído por primera vez.

    Y en ese cruce perfecto —entre el tiempo que fue y la memoria que vuelve— ocurre algo misterioso que ya no depende del todo del texto impreso: una epifanía del reconocimiento. Descubrimos entonces que leer es avanzar hacia adelante sobre la página en blanco, asumiendo el hermoso riesgo de regresar siempre al origen.

    Miguel Cansino Assens (León, Guanajuato, 1983) es poeta, ensayista y editor. Cofundador de La escritura oblicua. Su poesía y ensayos indagan en el erotismo y la heteronimia; ha publicado en medios locales y nacionales y desarrolla actualmente el proyecto ensayístico y poético El taller blanco.

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