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    Jueves | 17 Sep, 2026, 13:16

    La ventana indiscreta: un filme para cuestionar el scroll infinito a las redes sociales

    ¿Es este un mundo de mirones? Un clásico del cine de suspenso de Alfred Hitchcock que nos detiene a pensar nuestro consumo en internet

    Juan Pablo Arroyo Abraham / La Voz de Michoacán

    Nos hemos convertido en una raza de mirones. Lo que la gente debería hacer es salir de su casa y mirar hacia adentro para variar

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    Stella (Thelma Ritter)

    Lo primero que hago en cuanto me despierto, todos los días, sin excepción alguna, es ver mi teléfono celular. Más allá de ponerle una etiqueta a esta acción en cuanto a que si es sano o insano, si afecta mis ojos o es puro mito, si este hecho me hace un ser despojado de ambiciones en la vida o no, o si me está alejando cada vez más de la realidad, quisiera enfocarme en el acto mismo, es decir, en la automatización de abrir los ojos, inclinarme hacia mi buró y tomar el celular. Aquí trataría de diferenciar entre la voluntad propia o la inercia de hacerlo sin ni siquiera pensarlo. Yo en lo personal lo hago por inercia. Nunca lo pienso dos veces, simplemente lo hago.

    Probablemente por mi edad, mi aplicación favorita es Facebook. Mis hijos me critican por ser tan anticuado y me invitan constantemente a adentrarme más en el mundo de Instagram. Me tomó años dar de alta una cuenta en esta app e inclusive yo, mientras me rehusaba rotundamente, una de mis hijas me abrió un perfil y subió unas diez fotografías de ella. Y así estuve más de un año, con un perfil a mi nombre, pero con fotos de una niña de 15 años. Comencé a recibir solicitudes de amistad, acepté algunas de ellas (como si este entorno virtual fuera selectivo al estilo de tu pandilla de la secundaria) y me olvidaba por largos periodos que yo existía en ese mundo virtual. Hasta que un día mientras yacía postrado en una hamaca en la playa, subí mi primera foto: mis pies en primer plano, llenos de arena, con el mar al fondo. De pronto mi celular comenzó a hacer ruidos raros, no una, sino varias veces. Yo, en mi total ignorancia, no sabía qué sucedía. Hasa que me di cuenta de que varios “amigos” le estaban dando “like” a esa foto. Y más allá de sentir bonito, comencé a sentirme angustiado, como si a partir de ese momento tuviera la responsabilidad de ser recíproco con esas muestras de afecto, como si tuviera que contestarles “gracias por tu like”. Es decir, para mí, el ser correspondido en redes era igual a ser correspondido en la vida real, en las calles, donde uno se encuentra a algún conocido y le das un buen apretón de manos.

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    Pero mi duda era, ¿cómo le das la mano a alguien que existe solo a través de ese aparatejo? En fin, cosas de viejos.

    Ya después, con el tiempo, entendí que esa cortesía no era necesaria en esta nueva realidad, que si a alguien le gustaba la foto de mis pies probablemente no era porque los tengo muy bonitos, sino porque simplemente el hecho de hacerme presente en Instagram ya era una razón suficiente para darme la bienvenida por medio de manifestaciones a través de símbolos con manitas hacia arriba o hacia abajo, o corazones palpitantes o caras sonrientes. Ya una vez entendido este lenguaje desprovisto de formalismos terrenales, comencé a ser más desfachatado y la ansiedad por corresponderles se disipó. Tanto el Instagram, como el Facebook, así como el TikTok se convirtieron en simples ventanas donde cada mañana veo a través de ellas todo tipo de información, desde influencers que recorren el mundo juzgando la gastronomía local standuperos con chistes sádicos y racistas, cápsulas de noticieros tendenciosos, hasta la vida íntima de conocidos que apenas conozco y que no veo en persona desde hace años. Me he transformado en un voyerista en potencia. Ya no interactúo, solo observo, en silencio, como si el hecho de no comentar las fotos de los demás me hiciera invisible, y al final de cuentas así me siento más cómodo, sin compromiso alguno.

    Hace unos días volví a ver La ventana indiscreta, dirigida por Alfred Hitchcock en 1954, en la cual, con su estilo único, este cineasta, autor de 53 largometrajes de suspenso, nos narra la historia de L.B. Jeffs (James Stewart), un aventurero fotógrafo profesional quien está confinado en una silla de ruedas con una pierna enyesada debido a un accidente que sufrió mientras cubría un evento automovilístico. En su pequeño departamento en Greenwich Village, Jeffs, obsesionado con sus vecinos, los observa día y noche desde su ventanal que da al patio trasero del complejo habitacional. Con sus recurrentes y magistrales planos secuencia, Hitchcock hace un barrido de cada uno de los habitantes que le darán sustancia a la película: una extravagante bailarina a la que apoda “Miss Torso”; una mujer soltera de mediana edad que él llama “Miss Lonelyhearts” (corazón solitario); un compositor-pianista talentoso, soltero y de mediana edad; varias parejas casadas; una escultora; y Lars Thorwald (Raymond Burr), un vendedor ambulante de joyas con una esposa postrada en la cama. Y es sobre este último personaje en el que se enfoca la trama.

    Transcurridos los primeros 40 minutos de la película, una vez que estamos habituados a la cotidianidad de los moradores de ese lugar, al hartazgo de nuestro protagonista por estar atado a su silla, quien solo se distrae con las visitas de su novia Lisa Fremont (Grace Kelly) y su enfermera particular Stella (Thelma Ritter), una noche lluviosa se escucha un grito proveniente del apartamento de Lars; Jeffs reacciona, se asoma por la ventana y ve que algo extraño sucede. Es a partir de este momento, de este punto de quiebre, donde la historia toma un nuevo sentido.

    En compañía de su escéptico amigo detective Tom Doyle (Wendell Corey), su novia y la enfermera, con no más evidencia que un grito, un marido con comportamientos raros y la repentina ausencia de la señora Thorwald, el protagonista inicia una investigación sobre el posible asesinato perpetrado por Lars en contra de su mujer, pero con todo en contra y nada a favor, sus argumentos parecieran inverosímiles. Cada día, usando un teléfono y unos binoculares, él se empeña en espiarlo tratando de atar cabos. Un día lo ve haciendo una maleta, otro día limpiando una sierra y un cuchillo, otro más hurgando en la bolsa de su esposa, algunas veces lo observa salir de madrugada cargando un baúl, y es así como logra convencer a sus incrédulos aliados de investigar más a fondo. Improvisan un plan y finalmente, después de una serie de acciones accidentadas, logran esclarecer el crimen y el asesino es sometido por la policía neoyorkina. Uno pensaría que aquí debiera cerrar el arco dramático, al estilo hollywoodense, donde las películas policiacas siempre terminan con una grúa que se eleva a lo alto y nos muestra a las patrullas en la calle con las torretas prendidas, al delincuente esposado y a las víctimas abrazándose por haber sido salvados, pero no. En el caso de Hitchcock, y no esperaba menos de él, su cierre es como una apertura: un barrido a través de todas las ventanas de los vecinos, mostrándonos de nuevo su cotidianeidad: la bailarina bailando, el pianista tocando, la mujer solitaria compadeciéndose de sí misma, pero ahora con una diferencia, un departamento vacío, oscuro y con las persianas cerradas, aquel donde antes vivía una infeliz pareja que terminó en tragedia.

    Volviendo a la larga introducción sobre mi incursión en Instagram, y a la poca pero obsesiva importancia que le doy a las redes sociales, La ventana indiscreta me hizo reflexionar sobre la frivolidad de todo eso que vemos a través de esa pequeña pantalla diariamente, que por muy insignificante que parezca lo que ahí se publica, a veces, casi siempre, le damos un valor que no merece, y más sabiendo que gran parte de esa información está sesgada, que por medio de algoritmos se nos dice lo que queremos escuchar, y que al final de cuentas es de aquello de lo que carecemos.

    Recientemente vi una noticia sobre Jacob Coxon, quien después de advertir que la inteligencia artificial está poniendo en riesgo a la humanidad, renunció a su cargo como investigador de Anthropic. Más allá de que tenga razón o no, la inquietud que en mí generó, es que efectivamente estamos atados a un sistema virtual que, en diversos niveles, nos tiene maniatados y se ha convertido en una realidad totalmente irreal. Ojalá todo fuera como una historia de Hitchcock, pen donde después de la tormenta viene la calma, pero pues como no soy experto en la materia y considerando que después de más de un lustro de ser usuario de Instagram solo tengo 20 fotos en mi perfil, creo que soy el menos indicado para dar una opinión certera, pero lo que sí les puedo decir es que La ventana indiscreta, a sus 72 años de haber sido realizada, no se aleja mucho de lo que hoy vivimos: un mundo de voyeristas obsesionados con lo que pasa afuera, una realidad de seres confinados cuya introspección cada vez está más alejada de nuestro propio sentir. Estamos adoptando la vida de otros olvidando la propia.

    Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

    IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris

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