Yazmín Espinoza / La Voz de Michoacán Hay algo extraño en cumplir años. Durante semanas sabemos que se acerca la fecha, hacemos planes, pensamos en el pastel, en la gente con la que queremos celebrarlo y, sin embargo, el día llega casi como si nos hubiera tomado por sorpresa. De pronto estamos frente a otro número y toca reconocer que, aunque el calendario sólo cambió una hoja, nosotras llegamos hasta aquí con todo lo que pasó en los meses anteriores. El domingo cumplo 36. Y creo que este año, más que pensar en todo lo que quiero conseguir, me he quedado pensando en todo lo que quiero llevar conmigo. Porque también hay algo de despedida en los cumpleaños. No necesariamente una despedida dramática, de esas que requieren música triste y mirar por la ventana. A veces es simplemente reconocer que hay cosas que pertenecieron a un año de nuestra vida y que quizá ya no queremos cargar en el siguiente. Costumbres, preocupaciones, culpas, pendientes imposibles, versiones de nosotras mismas que funcionaron durante un tiempo pero que ya no nos quedan igual. A los 35 me pasaron muchas cosas. Algunas las elegí y otras simplemente sucedieron. Hubo días en los que sentí que podía con todo y otros en los que apenas podía con lo indispensable. Hubo proyectos que me emocionaron, decisiones que me hicieron dudar, momentos en los que sentí que estaba avanzando y otros en los que tuve la sensación de estar corriendo en círculos. También hubo mucho cansancio. Supongo que crecer tiene algo de aprender a distinguir entre lo que vale la pena sostener y aquello que solamente estamos sosteniendo por costumbre. Por eso, mientras pienso en los 36, no me interesa demasiado hacer una lista de propósitos. Me gustaría, más bien, hacer una selección. Quiero llevar conmigo a las personas con las que puedo ser completamente yo. Las que conocen mis versiones más cansadas, las más emocionadas, las que llegan tarde y las que quieren organizarlo todo con tres semanas de anticipación. Las que no necesitan que les explique demasiado para saber cómo estoy. Quiero llevarme los libros que todavía no he leído y los que quiero volver a leer. Las conversaciones que empiezan hablando de una novela y terminan hablando de nuestras propias vidas. Las historias que llegaron en el momento preciso y aquellas que todavía me están esperando en algún librero. Quizá por eso me hace tanta ilusión que, un día antes de cumplir 36, vuelva a reunirme con Tribu de Letras. Hace tres años que estas mujeres forman parte de mis meses, de mis lecturas y de una parte importante de mi vida. Hemos hablado de libros, sí, pero también de maternidad, amistad, miedo, deseo, pérdidas, trabajo y de todas esas cosas que una termina contando cuando se siente en un espacio seguro. Este año, además, nos pasó algo que también forma parte de la vida: dejamos de vernos durante un par de meses. El ritmo se rompió un poco. Yo estaba metida en otras cosas, ellas en las suyas y el calendario siguió avanzando. Pero volver a encontrarnos me hizo pensar que quizá algunas cosas importantes no necesitan suceder perfectamente para seguir siendo importantes. Esta semana nos veremos otra vez. Y hay algo que me parece especialmente bonito: una de las mujeres de Tribu cumple años el mismo día que yo. Las dos somos Virgo, las dos tenemos cierta tendencia a organizar hasta lo que supuestamente debería ser espontáneo y, por supuesto, ya habíamos hablado de cómo vamos a celebrar nuestros cumpleaños. Porque si algo hacemos bien las Virgo es planear nuestra propia fiesta y luego fingir que todo ocurrió de manera natural. Me gusta compartir el cumpleaños con ella. Me gusta pensar que, entre todas las casualidades posibles, ésta me tocó. También me gusta cumplir años en septiembre. Quizá porque septiembre siempre me ha parecido una especie de puerta. Como si el año, después del verano, comenzara a cambiar de ritmo y de pronto todo se llenará de cosas que me gustan. Llegan los libros y la Feria Internacional del Libro y la Lectura de Morelia, que además tengo la suerte de cubrir por trabajo. Después viene octubre con el Festival Internacional de Cine de Morelia, otro de mis momentos favoritos del año. Hay música, películas, calles llenas de gente, planes que se acumulan y esa sensación de que todavía queda mucho por vivir. Después llega Halloween, que probablemente sea mi celebración favorita, y luego el Día de Muertos. Y cuando apenas hemos terminado de poner flores, velas y papel picado, aparece diciembre con sus luces, sus cenas y esa nostalgia inevitable que acompaña al final del año. Me gusta que mi cumpleaños ocurra justo aquí, en esta parte del calendario que parece decirme que todavía queda mucho. A los 36 no quiero convertirme en otra persona. No quiero empezar de cero. Quiero ser esta misma mujer, pero un poco más consciente de qué cosas merecen mi tiempo. Quiero dejar en los 35 algunas culpas que ya no me sirven. La idea de que debería poder con todo. La sensación de que descansar es perder el tiempo. La exigencia de hacer cada cosa perfectamente para sentir que hice suficiente. Quiero dejar algunas preocupaciones que ocuparon demasiado espacio y aprender a no confundir responsabilidad con cargar el mundo entero sobre los hombros. No sé si se puede entrar a un nuevo año de vida más ligera. Supongo que eso también se aprende. Pero sí sé algunas cosas que quiero llevar conmigo. Quiero seguir leyendo, aunque a veces lea menos de lo que quisiera. Quiero seguir escribiendo. Quiero seguir haciendo preguntas. Quiero seguir encontrando historias que me muevan algo por dentro. Quiero seguir teniendo amigas con quienes pueda hablar de un libro y terminar hablando de la vida. Quiero seguir haciendo planes que me emocionen y también aprender a disfrutar los días en los que no pasa nada extraordinario. Quiero llevar conmigo a mis hijas creciendo, con sus preguntas, sus ocurrencias y esa manera que tienen de recordarme que el tiempo pasa mucho más rápido de lo que una quisiera. Quiero llevarme los abrazos que todavía caben completos alrededor de sus cuerpos pequeños, antes de que dejen de serlo. Quiero llevarme a Morelia en otoño. Las librerías, los cafés, las películas, las calles que empiezan a cambiar de color, las conversaciones después de una presentación de libro, los encuentros inesperados y esa sensación de que la ciudad también tiene sus propias temporadas y una aprende a esperarlas. Y quiero llevarme a las mujeres que han estado. No necesariamente a todas las personas que conocí a los 35, sino a quienes hicieron que ese año fuera más habitable. Tal vez eso sea cumplir años: mirar hacia atrás sin intentar cambiar lo que ya ocurrió y mirar hacia adelante sin exigirle al futuro que se parezca a lo que imaginamos. A los 36 no sé qué voy a encontrar. No sé qué libros voy a leer, qué historias voy a escribir, qué proyectos van a funcionar y cuáles voy a tener que soltar. No sé qué conversaciones me van a cambiar, qué lugares voy a conocer, qué cosas voy a aprender de mis hijas ni qué versión de mí misma voy a encontrar cuando vuelva a mirar hacia atrás. Pero sí sé que quiero llegar acompañada. Un día antes de cumplir 36 voy a sentarme con mi Tribu. Quizá sea una forma sencilla de cerrar los 35: alrededor de una mesa, hablando de libros, riéndonos, poniéndonos al día después de estos meses y recordando que hay cosas que, aunque el calendario cambie, vale la pena volver a elegir. Y no se me ocurre una mejor manera de comenzar. Yazmín Espinoza, comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.